viernes, 4 de junio de 2010

Mami mata onda. (Madre es otra cosa)


Las generalidades, cuando son verdaderamente generales pueden ser enteramente soportables. Si la generalidad es conciente de su estructural limitación, convertirá esa ceguera ante los rasgos subjetivos congénita en un poderoso espíritu de grupo, clave para su buen funcionamiento. Sólo así podríamos descansar en la masa acompañados de un numero indefinido de anónimos (o no tanto porque en algo se nos parecen), sin temor a quedar atrapados en un mazacote de subjetividades imposibles de diferenciar.
Un conjunto que agrupe basándose en uno o algunos pocos detalles, es sin duda un recorte arbitrario y limitado, que en sí mismo no es ni bueno ni malo. Son categorías de gran practicidad para ser usadas como referencias o para darle énfasis a nuestros dichos con la enorme casuística que parecen abarcar. Gloriosos podríamos cerrar una exposición pública diciendo: “…..a modo de conclusión podría decirse que todos ellos son…” o en un ambiente menos formal, “Todos parecen cortados con la misma tijera, no hay duda!”. Este final le da potencia a nuestros dichos y el interlocutor (si lo decimos verdaderamente con convicción) queda preso de un tremendo golpe de efecto que podríamos elevar a la condición de inolvidable, si apenas terminamos nuestro enunciado nos salimos estratégicamente de la escena sin darle ninguna posibilidad de derecho a réplica.

Si hiciéramos el ejercicio de enumerar cada uno de los grupos a los que pertenecemos, seguramente la lista sería inmensa. Sin duda podríamos incluirnos entre los que comparten nuestra actividad profesional, los que son fumadores o los amantes del aire limpio, los de tendencia progresistas o los que parecen conservadores. También se puede pertenecer a la rúbrica de las minas fáciles, las mojigatas, los gay, las histéricas, los hombres que sólo quieren eso (como me decía mi madre), las de cuarenta divorciadas, los ovolactovegetarianos, los usuarios de facebook o twitter…
Ser parte de estas colectividades nos genera una sensación siempre ambivalente. La masa, con su inevitable efecto de homogeneización, arrasa con muchos de nuestros rasgos mas distintivos y al mismo tiempo, nos brinda seguridad al sentir que no andamos totalmente descolgados en la vida, que podemos amucharnos con algunos semejantes; aunque más no sea, en el casillero de “otros” o rarezas inclasificables.
Entonces, la tensión entre sentirse un ser excepcional y el no querer estar en la soledad de la exclusión, no es más que el folklore propio de los grandes conjuntos, que nos hacen sentir a gusto con la pertenencia, aunque no plenamente, porque siempre hay algo que nos incomoda de continuo.
Hasta aquí generalidades que invisibilizan un poco, sin borrar del todo los límites entre sus partes.
¿Pero que pasa cuando a la generalidad se le va la mano con la goma? Será entonces cuando surja lo que para mí es una real molestia.
Fervientes partidarios de suponer que es lo mismo la parte que el todo, se tragan la distinción entre el uso del singular y el plural manejándose por la vida como si cada una de las partes fuera idéntica al cúmulo de rasgos (híper esteriotipados) que se le supone a la totalidad. Este torpe proceder podría nominarse “Uso abusivo de la generalidad”, “Caída de la honorabilidad en una generalización” o “generalizaciones de tinte megalómano”. Como máximo exponente de ello tenemos al ultra rococó, empalagante y devorador de intelectos femeninos “grupo de las Mamis”
Hace unos cuantos años, suponía que todas las mujeres con hijos formaban parte de un club, que como membresía exigía pagar con pedazos de lucidez femenina. Me parecían un conglomerado de mujeres monotemáticas, mortificadas por el significante madre, que causaban en mí, efectos similares a los que padecería un fóbico si lo confrontáramos con su objeto tan temido.
Sin embargo, tuve la suerte, de encontrarme con una que no encajaba en esa serie. Ella era vecina de mi depto de soltera. Una mujer que promediaba los treinta, madre de dos niños, dueña de un estilo sencillo y al mismo tiempo moderno. Hermosa para mí gusto, divertida e interesante en sus dichos. Cada vez que bajaban por las escaleras la observaba moverse; relacionándose con esos dos que no alcanzaban los 6 años, de manera clara, simple….se me ocurre también decir liviana y ágil. Ella resquebrajó mí postulado “ser madre mata cualquier onda”, pero ni aún con la fascinación y el asombro que me causaba, pude extirpar de raíz el malestar ante las otras.
A medida que ese mundo se volvía más próximo, me fui resignando con pleno aburrimiento a formar parte de conversaciones sobre lactancia, marcas de pañales, debates óleo vs. toallitas, sueños interrumpidos o complementos alimenticios. Con algunos saberes prestados, me esforzaba por no ser excluida a causa de mi inexperiencia en esos menesteres o por el fulminante sopor que me producían esos diálogos transcurridos los primeros diez minutos. Permanecía cercana, sosteniendo la ilusión ser testigo del resurgimiento de las singularísimas marcas que alguna vez había visto en esas mujeres y que en ese momento parecían haberse evaporado.
Cuando me llego el momento, me sorprendí al comprobar todo el esfuerzo que hay que hacer para seguir sosteniendo los intereses que están por fuera de ése que recién llego a nuestras vidas. Habrá que atravesar esos primeros tiempos donde tenemos la certeza que el universo se ha puesto en nuestra contra, ir más allá del cansancio eterno, del persistente olor a vómito en nuestras ropas y de ese poderoso romance con nuestro hijo, para dar batalla y no morir en el intento de hacer convivir ese novedoso estado, con aquello que hasta el momento de la maternidad, también nos apasionaba.
Nos dejamos llevar un poco y nos adormecemos con canciones de cuna, en unos sueños que sólo serán amables si dejamos el reloj despertador en manos de esa Otra, dueña de nuestros antiguos jeans, que aún puede desear más allá de su ser madre.

Es cierto que los tiempos modernos fueron incorporando lo femenino a la maternidad y ya no hace falta vertirse como niña de orfanato cuando una va armando a su hijo intracorporalmente. Sin embargo, en niveles que creo bastante más complejos que el de la indumentaria, los fundamentos que sostienen la “Mami doctrina”, exceden los límites de su propia comunidad, avanzando sin miramientos sobre integrantes de otras parroquias. A esa que es extranjera, le aguardarán no sólo las luchas con sus propios fantasmas y culpas, sino también el tener que soportar los embates de la imbecilidad ajena.

Para algunos, que una mujer esté embarazada es razón suficiente para reducir toda su existencia a su estado grávido. No hace mucho tiempo, una que se parece a mi antigua vecina, asistió dolorida a una guardia médica con un evidente embarazo en curso:
-“Me duele mucho acá” decía y acompañaba su queja con algunas especificaciones que creía eran pertinentes.
–“No, no, no….hay las primerizas…!.” Respondía sordamente la agente de salud hasta que la insistencia de ésa que estaba encinta (que además portar con un hijo en su vientre era poseedora de un apéndice) logró sacarla de la idiotera. Tuvo que soportar ese irritante forcejeo para convencerla que verdaderamente estaba doblada del dolor y le habilite el acceso a la asistencia médica que necesitaba con urgencia.
Casi en la misma línea, aporto una experiencia personal.
Una instructora de matronatación, observa la siguiente escena: a pocos metros de distancia de mi hijo, lo llamo dos o tres veces por su nombre. Él no contesta, no me dirige ningún gesto. Parecía fascinado ante la aparición de un gato que caminaba sobre el techo transparente de la pileta.
-“Mami no te angusties, vos para él sos lo mas importante” me dice sin que yo siquiera la haya visto acercarse.
Terminamos esa clase y salí de ese agobiante natatorio con la convicción de nunca más volver. Ya estaba agotada de que mi nombre sea reemplazado por el “mami” generalizado y de estar en contacto con gente que creía que una madre tenía grandes posibilidades de desestabilizarse emocionalmente, si su hijo prefería mirar a un elegante gato en las alturas que a su progenitora, luciendo un espantoso gorro de baño con al piel enrojecida por las altas temperaturas de esa agua caldo.

Cada vez que veo algo en exceso se me impone la idea que detrás de tanta cosa algo resulta insoportable o inexistente.
¿Quién dijo que a todas les emociona la posibilidad de ser madres o que estar embarazada es el estado más pleno?
La maternidad podría tomar tantos significados como mujeres hay en este mundo. Podrá ser una elección de vida, la más importante y absoluta o una entre otras de relevancia; podrá ser un castigo, un fenómeno redituable, la encarnación de un gran amor, o lo que dispare un brote psicótico.
Somos seres parlantes que por estar estructuralmente atravesados por el lenguaje, perdimos todo aquello que en otras especies se conoce como instinto. Nada hay del tan promocionada “instinto materno” en las mujeres, es puro bla, bla, bla para obturar lo angustiante que se desprende de la inexistencia de un reflejo de cuidado o alojamiento innato hacia un niño. Los fenómenos corporales pueden activar funciones vinculadas a la maternidad, fundamentalmente esos que están relacionados con lo hormonal, pero aún así, tampoco escapan plenamente a la subjetividad de ésa que acaba de parir.
El general Mami´s Club podría ser perfectamente el nombre de un grupo de autoayuda, dirigido a personas que no soportan la angustia de que en esto de ser madre, tampoco hay nada garantizado.

Dependerá de la elección que se tome, ser capaces de acompañar a los hijos por la carretera donde advienen los sujetos libres o dejarlos circulando por calles de tierra, arrastrando el peso de los temores ajenos.

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A contrapelo del cliché

martes, 11 de mayo de 2010

SIEMPRE ¿no es mucho?

Como todos los lunes a la mañana, caminé por esa calle arbolada de mi barrio por la que ando cuatro veces a la semana, los dos mismos días del calendario, en igual horario, desde hace ya algunos cuantos meses. Ando y desando el camino con diferencia de tres horas. Nunca falto al lugar que voy y tampoco omito esa cuadra por más que varíe el recorrido previo o las últimas manzanas antes de llegar a destino.
Siempre paso por ahí, creo que en un primer tiempo fue pura casualidad, pero ahora es uno más de mis actos voluntarios y no azarosos. Voy por la misma vereda, no por comodidad o eficacia, sino porque esa me gusta mucho mas que la otra. Tiene en una de sus esquinas una casa a la que le están haciendo varias reformas desde que comenzó el año. Gracias a que siempre tiene puertas y ventanas abiertas, puedo introducirme con la mirada en cada rincón visible y comprobar si algo cambio durante los días que me ausente. Me convertí en una gustosa testigo de la metamorfosis inmobiliaria, que contemplo sin pausa ni crítica.
Esa era una esquina de las que pasaban absolutamente desapercibidas. De esas que nunca nos servirían como referencia para orientar a un conductor, porque como la casa de la ochava, hay centenas por los barrios de Buenos Aires. Se la podría arrancar e insertar en otra zona de la ciudad que nunca dejaría de pasar inadvertida.
Los reformistas, tal vez a disgusto con la pobreza de estimulo que encarnaba esa vivienda, están siendo mas que generosos con los cambios exteriores. A fuerza de recubrirla prolijamente con piedra, dejó de ser esa apática casa de final de cuadra para convertirse en Otra. Tal vez se la podría rebautizar como “la casa con piedras de la esquina de una calle arbolada”, “la casa empedrada” o “Uy! Y esa casa?”.

Ayer andaba con retraso y entonces, un poco a las apuradas, repasé lo que creí más evidente, como para no perder mi costumbre mirona. Lo que debía haber sido un vistazo rutinario se transformó en un sorprendente instante de descubrimiento. Un pequeño detalle en unas de las ventanas tantas veces vista, se recortó de la totalidad de ese inmueble y sólo pude ver Eso.
Como no haberlo visto antes?! Sin lugar a dudas eso lleva varios años ahí, hay marcas del paso del tiempo que lo demuestran; sin embargo nunca me había imaginado que pudiera haber tal cosa en uno de los cristales.
En líneas generales odio las calcomanías, no me gusta verlas en autos, puertas o ventanas. Me resultan un estorbo, un adorno innecesario que ensucia el campo visual y por considerar que desarmonizan plenamente en todos los contextos, no escapan a la absurda atención que empeño en este tipo de cuestiones de poca monta estética.
Ese calco lucía un fondo blanco amarillento y unas grandes e híper nítidas letras negras con un corazón del tamaño de todas las líneas escritas.
Seguí, caminé unos veinte pasos sorprendida por el hallazgo y el recuerdo de esas fotos que se pegaban en las vidrieras cuando el Papa Juan Pablo II vino de visita al país. Se me ocurrió que ese merchandising religioso podría ser contemporáneo a esta pegatina recientemente descubierta.
No pude seguir.
Transcribo el texto: “Solo amar para siempre es amar de verdad. No al divorcio!” Y claro, el simétrico y regordete corazón.
Quedé en blanco por algunas cuadras (y a la vuelta le saque la foto).
Con el texto resonando en mi cabeza, caí en la cuenta que mi asociación visual fue instantánea y absolutamente pertinente. Sospeché que quien habría pegado ese calco, muy posiblemente era poseedor de esos stickers papales o que conservaría algunos de los pósters del pontífice que se repartían a los fieles en la víspera de la visita.
Ese texto, que se pronunciaba rotundo, certero como manual de procedimientos no tuvo en mí el efecto que creo hubiera esperado su autor. El enunciado y la enunciación que le supongo, deberían causar un aquietamiento al deambular errático de los pensamientos, sin embargo no sentí encontrarme con una verdad revelada que neutralizara mis preguntas. Me parecía un enunciado poderoso, pero de eficacia vencida.

¿“Amar para siempre” es sinónimo del “hasta que la muerte nos separe”?
Uno podría amar hasta morirse. Si tuvieron el placer de ver una película que se llama “El marido de la peluquera” (Le mari de la coiffeuse) sabrán de que les hablo y sino podrán imaginarlo sin mucho esfuerzo o buscar el DVD en su video club amigo.
También podríamos amar felizmente y mientras lo hacemos morir por cualquier otro motivo bastante menos glamoroso, como un accidente de tránsito, complicaciones cardíacas o a causa de alguna de esas pestes modernas que arrasan con miles.
¿Otra opción? Creer que con un amor que se nos fue, se nos escapa también la vida y entregarnos al abandono hasta materializar nuestra desaparición sobre la faz de la tierra. Un poco menos trágico, sería pensarse muerto simbólicamente y renacer en una novedosa versión de nosotros mismos que nada conserva de aquella que alguna vez amó, salvo porque reencarnamos en nuestro propio cuerpo.
Me esfuerzo un poco más, para resultar menos novelesca y me pregunto por esos lazos que se van destiñendo o deshilachando con el paso del tiempo, sin conservar rastros del esplendoroso entusiasmo del amor joven, ni los indicios del comienzo de ese triste proceso de desgaste que inicia un camino silencioso y muchas veces sin retorno. ¿El “amor para siempre” incluirá también lo descolorido, lo agujereado, remendado o maloliente? ¿Estará condicionado el ”siempre ” a requisitos del estilo: siempre que haya algo que se le parezca a lo que creímos que es el amor? ¿O es “siempre siempre” como irremediable infinitud que podría devenir en tormentosa plomada infernal o cruz a cargar mas allá de los deseos de los amantes (o de los que alguna vez lo fueron)?
La primera de las afirmaciones “Solo amar para siempre…bla,bla,bla”, me resulta un tanto simpática, porque es de esas que podrían ser el centro de mis largas conversaciones de café con un muy querido viejo amigo. Nos imagino desarmándola, re combinándola y cuestionando cada uno de sus elementos hasta caer en alguna conclusión de lo más ridícula o exhaustos por el estéril ejercicio mental.
Pero la enfática afirmación final que corona el cartelito adhesivo es burda, opaca y sin posibilidad de ningún juego retórico. En el texto global y precisamente en esa última oración, hay un término que esta tácito y ese es sin dudas el significante matrimonio.
Necesariamente habrá que pasar por allí para que la prohibición del divorcio tenga algún sentido. ¿Sino para que prohibir lo que no nos compete o carece de valor para las partes? Las prohibiciones siempre recaen sobre aquello que resulta atractivo o fascinante (aunque eso nos lleve al borde del horror); de otro modo serían una total pérdida de tiempo o de recursos valiosos. Entonces la serie “Amor verdadero = Matrimonio + No divorcio” es la propuesta allí planteada. Cada quien sabrá si la toma o la deja pasar.

Personalmente se me impone la idea de que eso es una trampa fatal. Aplasta eficazmente cualquier deseo que ande dando vueltas con su postulado generalizante y torna la ilusión de los que se aman en bien a asegurar para los tiempos venideros. Como si ese amor pudiera transformarse en titanio.
Finalmente el matrimonio o el divorcio son figuras legales de las cuales uno podría hacer uso, sin necesidad de que el amor entre en juego en estos ceremoniales. Pero en aquellos otros casos, donde este vivificante sentimiento es el motor fundamental para que una pareja decida dar cuenta ante la sociedad de que los une el amor, ¿no sería el matrimonio un pasaje formal a la entrada de lo que cada uno recree con el otro en plan amoroso? El germen de ese encuentro es una historia imposible de duplicar por ser tan singular como la combinación misma de esos dos, que sueñan con lo perdurable y que tuvieron a gran dicha de cruzarse en el momento oportuno para que eso les sucediera. De ser así, el lugar para las generalidades sería bastante escaso o al menos no fundante en el advenimiento de ese vínculo.
¿Será por el protagónico papel que cumple en el amor la contingencia que decidimos afiliarnos a instituciones de este tipo para alivianar un poco las ansiedades que surgen de este sentimiento único y falto de garantías?

El matrimonio y el divorcio son una gran dupla. Uno es inevitablemente entrada y el otro la salida. Esta última puerta que para algunos podría ser usada como escape regio para desaparecer de escena, sin dificultad seria una buena salida de emergencias, exitosa para la fuga, pero a condición de dejarles a quienes la traspasen una marca perdurable en el alma.
Sin tener que andar atravesando umbrales, también se la podría pensar como un lugar por donde entra un poco de aire freso. Una puerta de esas que no cierran hermético, de esas que si nos acercamos sentimos una leve corriente de aire que viene desde el otro lado y solo con eso ventila el ambiente en el que estamos. Una señal de que esa elección que se tomó no es irrevocable, que somos libres para cruzarla o contemplarla de tanto en tanto como para corroborar que la habitación en la que estamos es cuarto y no nicho.
Con la elección en nuestras manos, con esa puerta sin cerrojo, la unión que se produjo es lazo entre quienes podrían estar ahí hasta el final de sus tiempos o no. Una puerta que por el sólo hecho de existir quita el rigor mortificante de la eternidad que recae sobre algo que no debería convertirse en un forzoso exceso de equipaje.
En todo caso, en vez del “hasta que la muerte nos separe”, podríamos divertirnos (y también morirnos de miedo) diciendo “Hasta que alguno sienta que hay que abrir esa puerta”.


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domingo, 25 de abril de 2010

La Esperadora


Se sentó y esperó. Esperó días enteros señales de aquel hombre que la había deslumbrado sin tener siquiera un rasgo que le resultara verdaderamente interesante. Mientras esperaba repasaba una y mil veces los motivos de su espera. Tenía una larga lista de puntos irrelevantes que leía cada día de manera meticulosa, sentada frente a esa ventana, cansada, pero con una extraña e incontrolable voluntad que sobrepasaba sus deseos.
A su inútil lista la guardaba celosamente. Nunca se supo de sus verdaderos motivos, claro que tampoco nadie sabía que lo esperaba de esa manera. Lo hacía en soledad, era su ritual privado y seguramente la avergonzaba que otros descubrieran o sospecharan este ceremonial en ella.
El temor a dejar alguna evidencia frente a los que la rodeaban la salvo de quedar petrificada en la fascinación que sentía por ese lugar. Debía despertar de ese inercial estado, para volver trabajosamente a la versión de sí misma que había construido a lo largo de su vida.
Fue luego del encuentro con la ventana que comenzaría a vascular entre aquella versión elaborada artesanalmente y una otra desconocida, que irrumpía sin posibilidad de retoques cosméticos. Solo a condición de volver a aquella que era la original, lograba retomar algunas de sus rutinas, dejando a esa ventana privada de su mirada. La entristecía saber que por un tiempo estaría lejos de allí y la intranquilizaba la posibilidad de que El asomara en su ausencia y sospechara que ya no iba a regresar.
Hubiera estado disponible siempre para el hombre de la ventana, allí sentada como adorando esa abertura, ese recorte por donde se observaban. Pero cuando sus ensoñaciones comenzaban a ceder, cuando ya no quedaba mas remedio que despertar, caía agotada por el cansancio y con la profunda sensación de que se lastimaba salvajemente. Solo entonces, la idea de nunca mas volver comenzaba a dibujarse tímidamente.
Esperaba lo que intuía nunca iba a suceder. Esperaba con un optimismo que le era un tanto ajeno. Crecía sin tener razones y la entusiasmaba a pesar de sus inequívocas racionalizaciones que lo suponían estúpido o enfermizo. Se alimentaba de ella como una criatura de existencia parasitaria, que amaba fervorosamente a la espera mucho más que a su portadora (como si ese esperar pudiera separarse de la mujer y seguir con vida).
Cuando lo esperaba, se transformaba en una auténtica esperadora. Toda ella esperaba, se colmaba de espera, derramaba espera. Esa pausa activa tomaba consistencia y avanzaba cada vez mas, arrasando todas las otras cosas de su vida. No podía detenerlo, odiaba ser la esperadora, pero no sabía como dejar de serlo. El goce que la tomaba era lo bastante perverso como para permitirle ver lo que iba dejando atrás. Cosas que amaba de otra manera, a las que casi ya no podía alcanzar, porque la ventana no era compatible con el resto de las piezas de su vida.
El juego de la ventana, ese amoroso juego que habían inventado alguna vez, los había arrastrado hasta un lugar que nunca hubieran creído. Se habían encontrado sin buscarse y los había conmovido tanto esa contingencia que ya no pudieron dejar de acudir a esa cita que habían acordado sin pronunciar palabra.
Vivía cada vez mas dividida entre el amor que transcurría en sus pensamientos y esos otros; más terrenales, ordinarios o en los que rara vez se detenía a pensar. Así fue que se enamoró de ese hombre con poco brillo, dubitativo; al que ella sospechaba incapaz de tomar el riesgo de quedar atrapado por las pasiones del cuerpo. Un hombre cobarde, ineficaz, obsesivo hasta tornarse femenino; pero que en su dormitar fantasioso se transformaba en otro. En un otro encantador, tangible, y con las fuerzas suficientes para desafiar a su propia suerte con tal de poder tocarla.
Del otro lado ese hombre estaba clavado a los marcos del agujero. No había más que mostrar que lo que se veía desde donde estaba la que lo esperaba. Lo turbaba la idea de que ella pudiera moverse y descubra su insalvable pequeñez o la comedia con la que intentaba retenerla siempre a distancia. Cuando ella intentaba modificar la posición que tenia asignada, aunque sea levemente, se aterrorizaba y como todo acto de gran impotencia, la maltrataba desde lo alto para neutralizar la intención de la esperadora. No soportaba que ella deje de ser eso y no iba a permitirle ningún desplazamiento que pusiera en riesgo el velo con el que se protegía de sus peores fantasmas ¿sería un hombre atormentado por sus pensamientos, inhibido para amar mas allá de lo intangible o simplemente un cretino? Él efectivamente se transformaba en otro cuando asomaba y la miraba. Casi era otro y eso le gustaba.

La mujer que se había creído incapaz de caer en semejantes trampas desde el día que decidió no creer más en el amor, no encontraba las fuerzas para huir. Respondía a los reclamos por sus inapropiados movimientos con solemne obediencia, intentando que eso sea traducido como una demostración más de su devoción.
Quienes más la conocían, notaban en ella un leve extravío en su mirada. Esquiva, porque temía a que pudieran hacerle alguna pregunta, hacía unos intentos desmedidos por mantener ese toque de cinismo que la caracterizaba y que ahora se le notaba como una prótesis reforzada y mal puesta.
¿Sufriría por reconocerse vencida ante un amor ? Un amor del que ella se hubiese reído a lo grande si alguien le hubiera contado los detalles de una historia como la suya. Solía bastardear socialmente ese sentimiento como pasado de moda o abusivamente ficticio. Tal vez no hubiera sufrido si el amor que la atrapaba era un amor de esos que se pueden usar, modificar, acariciar o apretar hasta estrujar. De esos, si quería. Se burlaba por rutina con sus amigos pero los anhelaba con un espíritu crédulo y dóciles ansias por transitar los clichés de los amantes. Gustosa hubiera dejado caer todas sus teorías de militante desamorada del amor.
Paso así meses eternos que podrían haberse agrupado en años o en siglos. A esa altura el tiempo le resultaba una variable sin importancia.
De no haber sido por la milagrosa mutación que comenzó a gestarse en su interior, todo seguiría siendo, más de lo mismo.
Vislumbro que el dolor o el cansancio que horadada su entusiasmo estaba ligado a la distancia que había entre ambos. Una distancia puramente física, geográfica. Distancia medible en metros, o con reglas escolares. Distancia que impedía el contacto entre los cuerpos.

Ahora esperaba no tener que esperar más. Ya no podía descansar plenamente en sus fantasías. El juego se había vuelto defectoso, desde que quiso que ese amor exceda los pensamientos.
El hombre que amaba simulaba jugar. Parodiaba al que jugaba pero jamás sería el participante que esta en la cancha. Sabía de las debilidades de la esperadora y hacía un hábil uso de ellas quedando siempre en su apacible marco de ventana, inmovilizado por la duda de no saber si ella podría amarlo si confesaba su incompletad, sus torpezas o descubriera alguna de sus miserias. Soportaba esa duda porque no era ese “no saber” el que lo inundaba de angustia. La clave de ese afecto que no engaña, era que ella este ahí para El.

En uno de sus últimos estados de somnolencia, la mujer escribió unas palabras en el cuaderno que llevaba siempre en su bolso.
Las leyó varias veces hasta que hizo una mueca que le borro el pesar en su cara.
¿Por qué no había podido ver con claridad de qué se trataba? ¿Cuándo fue que abandono sus sospechas de que Ese era un “como si” de jugador y lo creyó capaz de mover fichas? ¿O fue al revés? ¿Esperando que sea jugador de cancha se encontró con un farsante? ¿Porque no seguir dormitando en la historia inventada eternamente? ¿Violó las reglas del juego de las fichas estancas queriendo deslizarlas, suponiendo que era inevitable hacerlo? ¿La farsa era ese juego higiénico en distancias o su idea de rebasar los límites?
Ese pareció ser un momento de gran lucidez.
Ya no importaba si ese hombre podría existir más allá de ese recorte, ni que El fuera incapaz de salirse de ahí.
El la confundía. Ella sabía que El era confuso, pero se dejaba confundir con tal de recibir los gestos que El sabia y quería dedicarle.
Ese amor era inmenso y limitado, apasionado y rigurosamente a la distancia. Apacible y sórdidamente tormentoso.
Ahora sus ojos parecían más tristes que nunca, se había esfumado ese extravío del que se habían acostumbrado. Volvió a su ventana, más enamorada que nunca y justo cuando estaba posicionándose ese medio hombre, la mujer le dedicó un gesto único, asombrosamente traslúcido de su sentir y se retiro.
Lloró por su pérdida y por saberse una mala jugadora de ese metajuego. Lloró casi hasta el desmayo cuando efectivamente comprobó que El nunca podría acercársele.
Nunca más volvió a esperar a ese hombre.

(En el instante que la vio partir El intento saltar y salirse de ese agujero; pero cuando sintió el vacío en su cuerpo no pudo hacerlo. Se aferró nuevamente a esos marcos y en silencio, inmóvil, la vio alejarse. La dejó partir, no porque no la amara, sino porque amaba más a su refugio que a cualquier mujer).
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A contrapelo del cliché

martes, 13 de abril de 2010

Amor a la Idiota

¿Cuando uno se encuentra en la vida con otro, cómo saber si algo del orden del amor o sus derivados está en el aire? ¿O si ese tan antiguo y nunca pasado de moda sentimiento es capaz de producirse, de recrearse entre de esos dos que se encontraron? ¿Será posible precisar la existencia de ese fenómeno y proyectar sus posibilidades?
El amor parece ser un algo escurridizo, intermitente, absolutamente enigmático en los comienzos, un poco más predecible con el paso del tiempo y de una burlona falta de patrón que desorienta la búsqueda o la confirmación de su presencia.
Habrá que andar a tientas en la oscuridad de la ignorancia por un largo rato, soportando la sensación de un posible golpe inminente, hasta lograr captar algún rasgo que oriente al participante a seguir por ese camino lúdico o a buscar la más cercana salida de emergencia por donde salir huyendo.
Cada una de las combinaciones que prosperan, cada par que se arma, producirá un lazo novedoso y sin instructivo adjunto; con lo cual, aquellos que tengan amplia experiencia en el rubro no perderán la capacidad de asombro, la posibilidad de recibir lastimaduras varias o de caer en estados impensados de turbación del pensamiento.

¿Por qué se adoran los primeros tiempos del romance y se los añora en los períodos de calma, cuando son los que mas hacen sufrir con su absoluta falta de garantías?
Es cierto que hay un estado de constante inquietud y de sufrimientos cargados de mil tensiones en los orígenes, pero toda esa intensidad puede llegar a transformarse y mutar en tensión formidable cuando todo aquello decanta en un esperado encuentro. Esta metamorfosis si duda es intuida por los amantes y los empuja a embarcarse en empresas inciertas donde no hay casi lugar para la variable costo beneficio.

¿Pero el mientras tanto? ¿Los intervalos encuentro, desencuentro, encuentro?
El espacio entre gesto y gesto del otro, muchas veces esta repleto de cálculos estériles donde los amantes juegan el juego que mas odian, pero que no pueden dejar de jugar. Los más clasicos cuentan los días antes de marcar un número, se retuercen en su afán de no condescender a sus deseos y padecen a la vez que se sienten satisfechos por su abstinencia, como quien comienza una dieta de lunes. Otros realizan una búsqueda de mensajes ocultos en frases de poca monta pronunciadas por su partenaire y entonces se vuelven devotos de la retórica o dementes suponiéndole una significación oscura a cada movimiento del otro. En estos ires y venires no es difícil encontrar a gente ensimismada en sus cavilaciones, o a personajes realmente brillantes convertidos en enfermos nerviosos con falla de medicación o analistas de vacaciones.
¿Porque no decir y ya?
Practicar un estilo directo e involucrarse con otro ser humano parece formar parte del grupo de las incompatibilidades.
¿Será que los amantes temen quedar expuestos? Y de ser así ¿expuestos a qué?
Freud en unos de sus tantos textos habla del amor o mejor dicho del estar enamorado como una cuestión de distribución de cargas. Sin ponerme teórica, sino más bien salvajemente didáctica, amar significaría quitarse un monto importante de libido y tirársela encima a nuestro objeto. Esta redistribución traerá como consecuencia un empobrecimiento del yo enamorado y la sobrestimación del amado.
Convertido en una versión barata de sí mismo, ese pobre yo abandonado y a merced de su grandioso amante, sólo recobrará su brillo a condición de ser correspondido; lo que implicaría que el otro saque de lo suyo y lance para su lado. Y en ese punto estamos bordeando un vacío. Como no se trata de una ciencia exacta, nunca se sabrá certeramente si en la repartija de libido quedamos en igualdad de condiciones. Se podría entonces perder nuevamente la calma y sumergirse en el mas inestable de los terrenos, si se decidiera emprender la tarea de indagar por el cuánto.
Habrá que lidiar con ese yo enamorado y por momentos despabilarlo a las patadas de las ensoñaciones románticas que convierten a los sujetos en seres absolutamente improductivos o candidatos a perder bienes materiales, antiguos vínculos afectivos, intereses culturales o deportivos.
De ser posible habría que quejarse con el padre del psicoanálisis y reclamarle por no haber descubierto algún generador de libido extra para estos momentos de acumulación amorosa donde todo lo demás queda sin nuestros cuidados.

Amar nos vuelve vulnerables, muestra donde se nos podría dar el golpe certero. No es un acto voluntario, no se ama cuando uno lo decide o al candidato más conveniente. Sin embargo, en esos tiempos, cierto mecanismo de omisión de los detalles que podrían amenazar lo elevado de nuestro objeto de amor, parece funcionar exitosamente con voluntad propia. ¿Curioso, no?
En fin, estar con otro es un compendio de buenas intenciones más un estado de ceguera parcialmente selectiva que dura lo que durara ese amor. Estar enamorados, ese fervor inicial que se siente en los comienzos, eleva los niveles de idiotez al máximo al punto de volvernos torpes o ineficaces en las tareas que diariamente realizamos y produce importantes distorsiones en nuestra manera de ver el mundo.
En una época tan práctica, incansablemente productiva, agitada y plenamente atravesada por las nuevas tecnologías que optimizan la eficiencia, el amor es de lo más rudimentario y resistente que nos queda.

Desprolijo, imprevisible, atrevido, prohibido por momentos; no deja de ser algo exquisito, de lo cual no deberíamos privarnos a pesar de caer en una temporal idiotez y un romántico estado de abandono.

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martes, 6 de abril de 2010

Ese cuerpo soy Yo?

Y ahí estaba yo, despojada de mis vestimentas, acostada sobre un lugar rígido e impersonal. Hacía frío y estaba casi al descubierto, sin velos, a pesar de tener algunos pesados lienzos sobre partes de mi cuerpo.
La disposición de esos tejidos estaba absolutamente calculada, distintas gamas de un mismo color acomodadas hábilmente para dejar fuera del juego lo que animaba mi materia. Yo veía azul y ellos verían el reverso de ese mismo tono. No ver mi rostro seguramente era un alivio para los que estaban del otro lado. Para mí sólo era azul, bastante mas tarde comprendí ese aislamiento.
No pasaron muchos años desde entonces, pero podrían pasar décadas que posiblemente seguiría recordando la escena como una pieza desfasada, que no pasa al más profundo de los olvidos por estar contingentemente amarrada a un acontecimiento encantador que le dio un giro más a mi vida.

Rodeada de gente prácticamente desconocida, sentía que avanzaba sobre mi cuerpo una ligera sensación de extrañeza.
“Esta soy yo? Qué queda de mi? Qué soy Yo?” Al instante vino la única respuesta posible, “soy mi cabeza”. Ahora podría decir que lo que suponía mi Yo (esa ilusión que sostiene lo que creemos es nuestra identidad) estaba concentrado, aglomerado en esa cabeza que me es propia, en lo mas alto, en el último lugar posible donde poder guarecerse.
Todo estaba dispuesto para recibir a mi segundo hijo mediante una programada intervención quirúrgica. No parecía ser viable ninguna otra opción, o al menos aquellas que estaban más acordes con mis deseos. Fantasmas no muy felices se desprendían de explicaciones científicas que caían como plomada sobre mis ensoñaciones de un parto a fuerza de pujos.
Recuerdo que el tiempo previo fue un momento de forcejeo con el medico, que intentaba acomodar de manera eficiente ese nacimiento en su apretada agenda laboral. Para esos días, el mayor de mis hijos cumplía tres años y la idea de darle una madre internada y un pequeño intruso como regalo me parecía de bastante mal tino.
En pleno duelo por el pujo perdido y mi anhelo de parir un hijo a la manera clásica, me empeñé en no retroceder ante su soberbia libreta de compromisos y negocié como mercader con ese hombre obtuso al que poco le importaban mis explicaciones. Algunos días después y unos cuantos antes de llevar a término ese embarazo, esperaba a mi hijo como separada de mi cuerpo.
“Soy una cabeza” “Soy una cabeza” repetía como en trance. El resto estaba ahí tumbado, enchufado, con los brazos en cruz y con la parte inferior….mejor ni pensarlo.
Ya dije que varios desconocidos circulaban libremente a mi alrededor y de mis partes sin velo? Esas partes yo las suelo llevar tapadas y sólo las descubro en muy determinadas situaciones y frente a quien considere merecedor de ese espectáculo.
“Pasen y vean!” podría haberse escrito como cartel luminoso y convertirse en el título de tan grotesca mostración de acceso gratuito para todo aquel que quisiera mirar. Ahí mi Yo no decidía nada, no importaba a quien le autorizaba la visión, porque ese pobre “Yo” existía sólo para mi. Podría haber gritado desde el otro lado de lo azul que seguramente mis gritos se harían sordos al traspasar ese trapo colgante o mas posiblemente no habría oídos para escuchar lo que emanaba del otro lado.
Mi cabeza, que era donde se atrincheraba mi subjetividad mancillada, ejercitaba trabajosamente un rudimentario nirvana de enciclopedia.
En toda esta escena debo reconocer y agradecer profundamente las palabras que me dirigía el padre de la criatura. Su sola presencia y esos significantes pronunciados a intervalos variables cuidaban de mi casi abatido entendimiento.
Repasemos, hasta ahí yo era una cabeza que se esforzaba por sostener un cuerpo que por ese entonces parecía ajeno, pero al estar unido a la parte pensante, daba la pauta de ser una mas de mis propiedades.
Sigamos. Nació mi hijo y ese pequeño momento en que pude verlo fue un destello mágico. Por fin nos veíamos las caras!
Como buen destello fue intenso pero brevísimo. Me saludaron rutinariamente, un instante de emoción con mi partenaire y el recién llegado partió con algunos extraños y su progenitor.
Y ahí quedé yo, o lo que quedaba de mí, sumida en la más solitaria de las soledades. Mi nirvana berreta y capitalista comenzaba a fallar. Eso me dio la pauta que esas pocas palabras que me eran dirigidas sostenían mi ejercicio mental y hacían posible ese tipo de despersonalización que cubría con un velo invisible el resto de mi cuerpo.
Ahora ese cuerpo empezaba a aparecer como pura carne. Me sentí mal, muy mal y pedí ayuda a uno de los desconocidos.
‘Ya va, son nauseas por la anestesia, ya te doy algo” respondió.
Por mi cabeza corrían todo tipo de fantasías en relación a mis órganos al aire libre en combinación con esas pequeñas convulsiones, mientras quien estaba a cargo de mi alivio seguía completando un formulario con una serenidad envidiable.
Redoblé mis esfuerzos, porque en definitiva mi subjetividad todavía estaba dando batalla, me negué a exponer de manera obscena el funcionamiento de ese cuerpo intentando contener lo que parecía precipitarse como una fuerza irremediablemente incontenible.
“OK, estoy con un trapo azul, sin ropas, los brazos en cruz y las piernas…. (Mejor seguir sin pensarlo), con una cofia en la cabeza…..Yo acá no vomito!!” Esa sería mi total ruina, un lugar desde donde nunca podría retornar.
Interrumpe mi intento de recobrar la dignidad otro extraño que coloca ágilmente al costado de mi cara una toalla que recepcionaría lo que amenazaba con ver la luz.
Horrorizada, evoqué la imagen de mi hijo, tal vez así podría encontrar un poco de calma, pero nuevamente irrumpen desde el exterior y el anhelado sosiego se esfuma. Extraño numero trece dice “Mami el bb está bien pero va a incubadora” y sin mas se retira.
Las últimas fuerzas se desvanecían con esa noticia lanzada bajo el estricto estilo minimalista de la gramática médica y esa generalización idiotizante que representa el “mami”. No hubo posibilidad de preguntar, de saber que pasaba con quien hasta escasos minutos vivía tan junto a mí. Avanzó con fuerza descomunal una somnolencia que me llevaba hasta lo más profundo. El Yo que daba batalla se había dejado arrastrar agotado de tanta lucha y cuando ya estaba dispuesta a entregarme y sumergirme en la total ignorancia, Extraño número 17 dice a modo de despedida:
“Felicidades Maria Jose!”.
Entreabrí los ojos y murmure: “Yo no me llamo así.” Pero nadie me escuchó.

Quizá ahora entiendo el por qué del lienzo azul. Quién quiere verle la cara o saber de los pensamientos del sujeto que hay que abrir en dos? Es absolutamente incompatible verles las vísceras a un ser humano e intentar establecer cierta empatía con él. Todo ese ritual los protegía de mí y posiblemente les permitiría realizar de manera eficiente su tarea. Tal vez, ellos sepan que las subjetividades suelen refugiarse en las cabezas cuando a uno no lo ponen a dormir y a pesar de maniobrar cómodamente con un cuerpo anestesiado los pensamientos siguen su curso o posiblemente se movilicen más que nunca; por eso las cabezas quedan ocultas, del otro lado, en una especie de más allá.

Finalmente pude reconciliar a ese Yo con el resto de mi cuerpo cuando lo que me cubría fueron mis prendas y cuando vi que hombre de las palabras intervaladas me esperaba y me llamaba por mi nombre.

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A contrapelo del cliché

domingo, 4 de abril de 2010

De Pompeya al abismo.



Ni una sola vez hasta ese momento, había detenido mi atención en relaciones exactas. Mi contacto con la frialdad numérica había transcurrido hasta ese entonces como parte de un compromiso educativo que sobrellevaba sin darle mayor relevancia.
Recuerdo mis primeros años de universidad, cuando aun era lo bastante joven e ingenua y me preguntaba para qué llevaba una calculadora en mi bolso. Suponía que quería saber de otra cosa y esas “otras cosas” llamaban a las puras subjetividades o a la interpretación infinita; antípodas de unas engorrosas operaciones formales.
No puedo evitar pensar cómo fue cayendo ese juvenil pensamiento, que por momentos reaparecía nublando una nueva cosmovisión que intentaba ser mi norte. No sé qué habrá sido lo que produjo semejante viraje. Me río pensando que en aquel entonces creía haber trocado la ingenuidad adolescente por un ajustado cálculo adulto. Qué formalidad!
Sin embargo el cálculo, no ya numérico, me daba una sensación de liviandad nunca antes experimentada, un sistema de causalidades con lógica aparente orientaba mis ideas de manera más eficiente.
Sigo sin encontrar el detonante de semejante mutación. Quiero creer que un gran desgarro del corazón tuvo influencia en ello: Algún cretino mal nacido, autor de una pequeña idiotez, habrá atormentado mis pensamientos hasta desbaratar todas mis creencias y entonces, sólo habré soportado el embate, a fuerza de perder la lozanía de mi espíritu.
Me resulta simpático pensar que fue así y no otra de las tantas maniobras tortuosas de Pompeya. Esa, que era quien debía velar por mi cuidado, fue el nombre de todas mis pesadillas infantiles. De ella, de su macabra existencia, de lo incalculado de sus tormentos o de lo antojadizo de sus actos, no puedo hablarles hoy.

Creo que lo traumático de ciertos acontecimientos genera una onda expansiva hacia el entorno del que padece. No sólo el hecho sino también el sufrimiento del otro, despierta en cada uno distintos fantasmas con los que tendremos que lidiar. Pero lo verdaderamente traumático, lo Traumático con mayúscula es la muerte, que con su efecto de saca bocado deja un agujero, arranca un pedazo y expone la nada misma. Enigma infinito sobre el que intentamos tejer pueriles explicaciones o teorías de un bello más allá para poder soportarlo.
Hace algunos días, paralizada con un teléfono en la mano esperé largo rato hasta realizar ese llamado que debía y quería hacer. Turbada por no encontrar palabras para decir reparé en el extraño efecto que producen los deudos del difunto. Son como la cabeza de Medusa. En ellos parece reflejarse algo de ese imposible de recubrir. Nos muestran, sin siquiera proponérselo, en carne viva y sin pudores su pérdida. Solo ellos pueden mostrar lo que muestran, desafiantes a todos los tímidos y tartamudeantes infelices que se acercan tomando valor para no decir más de las estupideces que se suponen pertinentes a la ocasión.
Trastabillar, titubear, transpirar, son algunos de los posibles fenómenos que acompañan el pésame. No es el del cajón el que aterroriza sino sus seres cercanos, que nos petrifican con su recién estrenado cinismo.
Se encontrará cierto placer en medio del más profundo dolor? Placer oscuro de ver los intentos de los otros por sostener lo que para ellos, al menos por el momento, ya no existe? Quien tanto padece, ve los piolines y la trastienda de la escena y tiene allí la extraña posibilidad de descubrir los guiones de su ficción.

Yo pensé, pensé mucho en lo ocurrido, había sido un tiempo trágico. Una niña, una mujer y un hombre muy queridos aparecieron desgarrados por la pérdida de un ser muy amado. Habían perdido uno de esos lazos que tienen conexión con el cuerpo, de esos vínculos que tienen que ver con los orígenes, con lo más primario de nuestra existencia.
Pensé en lo antojadizo de la elección del destino. Por qué a ellos y no a otros. No era justo, no había lógica en lo sucedido, por qué soportar semejante atrocidad del….de quién?
Todo en ese momento escapaba a cualquier lógica que podía llegar a ensayar. Estaba enojada y tenía excelentes argumentos para refutar de plano semejante decisión, mi apelación seguramente habría sido exitosa. Sin duda hubiera llevado a cabo la defensa habilidosamente. Me llevó un tiempo, pero preparé minuciosamente todos mis alegatos y habría podido repetirlos sin ninguna ayuda memoria. Extensas eran las pruebas a presentar y cada una tenía un peso propio, no había posibilidad de fracasar.
Cuando ya me disponía a hacer mi presentación una puntada helada me atravesó. Ya no era frente a esa que encarnaba mis pesadillas donde tendría que reclamar. De eso sabía, me era absolutamente familiar, pero ahora nadie encarnaba lo arbitrario.
No tenía interlocutor, no había un “Atención al cliente”, un sustituto de Pompeya. Maldije mil veces y exhausta caí en la cuenta de que no había perdido la ingenuidad, sólo la había reciclado a un modelo que me resultaba más atractivo.
Sentí espanto al quedar frente al vacío. No había respuesta, no había cálculo posible para calcular lo incalculable. Y entonces sentí que el deudo se reía a carcajadas de mí.

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