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lunes, 24 de octubre de 2011

La mujer del Bolso.

En líneas generales no me gustan las plazas. Las uso como atajos, como conductos de tránsito veloz o autopistas peatonales. No me detengo en ellas pero sí las atravieso en una eficaz diagonal que me ahorra metros de recorrido y tiempo. Ese día habían empezado a armar la feria desde bien temprano. Ya estaban listos todos los esqueletos de los puestos que sugerían lo que en unas horas iba a empezar a suceder.
Salvo huracán o lluvia torrencial, el clásico evento de los artesanos siempre ocupa casi toda la extensión de la plaza y convoca a una multitud de visitantes los fines de semana y feriados. Durante los días de armado, mi recorrido cambia su trayectoria lineal por una un tanto zigzagueante, que me obliga a pasar por sectores más retirados del lugar. En uno de esos desvíos enlentecedores la vi.
Estaba sola, sentada en uno de los bancos de la plaza que miran a calle Cuba. Tenía sobre su falda un bolso que tranquilamente podría haber sido mío, porque era de esos objetos de los que me enamoro a simple vista. Esa maravillosa pieza de marroquinería moderna absorbió toda mi atención. Quedé suspendida en un trance contemplativo hasta que la inercia de la curiosidad, me llevó a desviar los ojos para conocer el rostro de su propietaria. Durante los segundos que me tomó sacar la mirada de un lado y ponerla en el otro, tuve la certeza que ella tenía que ser parecida a mí porque si yo me hubiera encontrado con ese bolso en una vidriera, sin dudas lo hubiera comprado. Ella y yo estábamos unidas por ese bolso.
La fantasía de la hermandad consumista se tornó “Hermandad inquietante” cuando vi su cara. Su expresión desentonaba grotescamente con la imagen de su bolso. Parecía una mujer agobiada, triste, perdida en pensamientos oscuros. ¿Ésa es como yo? ¿Así me veo? –me pregunté.
La idea del parecido era delirante pero certera. La seguridad de la semejanza me resultaba de lo más evidente, pero se trataba de una evidencia de la que nada sabía. ¿Por qué podía verme así? Sentí que debía aclarar las cosas de inmediato. Si conservaba el enigma sobre mi alter ego desencajado, el tema me iba a acompañar durante todo el fin de semana. Y muy posiblemente soñara con bolsos misteriosos y desconsolados llantos femeninos. No tuve opción, me acerqué sigilosa, me senté a su lado y pregunté ¿Estás bien?
Antes que terminara de pronunciar la última palabra, me di cuenta de lo poco atinado de mis dichos. Ella me miró y con un gesto de obviedad dijo:
-No. No estoy bien –y nunca más paró de hablar. Lo dejé, lo solté… no puedo más, no se a donde ir - repetía mientras lloraba con todo su cuerpo y respiraba con dificultad. Se fue. Se fue ¿Me entendés? ¡Maldito miserable! –dijo entre dientes. Se fue solo……me dejó sola.
Quise decirle algo por cortesía, pero no me animé. Verdaderamente no paraba de hablar.
- … El siempre me deja sola, siempre! Y yo no sé si es por cobarde o por comodidad… ¡Imbécil! ¡Imbécil! -y lo dijo como siete veces casi a los gritos.
Decía “Imbécil” con una elegancia sorprendente. Un imbécil sublime, pronunciado con una sonoridad poderosa que resaltaba la M, la E y la L. iMbEciL! Un insulto memorable, casi tanto como el legendario “¡Arteche la p.. que te parió!” de Federico Luppi en “Plata Dulce”. Furiosa pero ¡Qué elegante era en sus modos! – pensaba yo mientras la mujer del bolso seguía hablando.
-… ¿Se puede estar con un hombre que mezquina su amor? ¿Con un hombre temeroso? ¿Con alguien que no puede acompañarte, cuidarte…estar al lado tuyo…? –preguntó.
- No, ¿no? –contesté casi inaudible y con tono de duda. Lo cierto es que no estaba segura de cual había sido su pregunta, ella hablaba de continuo y yo me imaginaba con su bolso colgado del brazo izquierdo gritándole a un hombre con cara de infeliz “¡¿No ves que sos un IMBECIL Arteche?! Si-si! Un auténtico IMBECIL!” Me recreaba mentalmente esa escena como en cámara lenta, haciendo que el “Immmmbecil” se eternizara en una eme infinita, mullida, envolvente… y justo en una de mis más logradas repeticiones, la voz de la mujer me devolvió al banco en el que estaba sentada.
-Mmmmierda! Yo lo dejé, pero él dejó que me fuera…pero nos amamos tanto… -y estalló otra vez en un llanto sordo.
Chau, me voy- pensé. Estaba tan encerrada en sus lágrimas que no lo hubiera notado. Para ese entonces a mi ya no me importaba la idea del parecido, o al menos estaba segura que no se me iba a convertir en una obsesión nocturna. Mientras ella seguía hablando sin pausa y con ritmos desparejos, yo me sentía aturdida de tanta palabra que escupía. Pensé en salir corriendo o huir de puntitas. Pensé en lo maravilloso que sería teletransportarme hacia el extremo opuesto de la plaza o en evaporarme como el Gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. Sin embargo, lejos de huir, me quedé y empecé a pensar en estas cosas:
¿Por qué será que las mujeres cuando sienten que se termina un amor necesitan narrar miles de veces lo que les pasó? Hablan-hablan-hablan-hablamos. Expulsamos palabras a chorros continuos, densos, pegajosos y siempre hay otra que nos escucha. Parece que a nosotras siempre nos conmueven las historias de amor, y si encontramos que a alguna otra la historia se le volvió desamor, inmediatamente nos solidarizamos porque sabemos del dolor que se siente. Amor a los hijos, amor a un hombre o a otra mujer… no importa cuál. En esos momentos parece que nos entendemos más allá de nuestras diferencias, porque a pesar de la pasión que ponemos en enredarnos en detalles mínimos, sabemos que cuando de amores se trata, todo el resto puede esperar.
Y en ese punto volví a escucharla.
-No pude quedarme porque un hombre miserable, me enloquece y no quiero enloquecer. Hoy lo dejé. Le dije que lo amaba, pero que con eso solo no bastaba, porque no se ama de cualquier manera. ¿No?
Entonces me miró a los ojos fijamente. ¿Buscaba mi confirmación? Me miró de una forma que me incomodó. Se mantuvo por primera vez en silencio y me miró. Y como no me quitaba los ojos de encima, yo me incomodé tan incómodamente que empecé a reír de nervios y le solté:
-Pero pareces una loca.
Ahí era yo la que escupía palabras sin pensar. Ella seguía mirándome y ahí mismo no tuve dudas de que iba a golpearme con su bolso en la cabeza al grito de “¡IMBECIL!- ¡IMBECIL!”. Pero no.
-Tenés razón –dijo con tono triste pero tranquilo. ¿Te puedo hablar un poco de él? ¿Tenés tiempo?
La llorona enloquecida fue cediéndole el lugar a una mujer que me contó una historia de amor que en ese momento la hacía sufrir. Habló de un amor que unía y del cual no dudaban ni por un segundo. De un amor que los había llenado de entusiasmo, pero que les había sacudido la existencia de tal manera, que él había preferido resguardarse en una conocida y antigua soledad, y ella había enloquecido pensando que ese resguardo era una retirada.
-No puedo estar con un hombre que prefiere estar como muerto… yo ya no sé cómo despertarlo… –dijo y esas palabras fueron una revelación, mi momento epifánico.
Empecé a verlo todo con claridad. Ella sí tenía un parentesco conmigo y el bolso había sido un irresistible guiño del destino. Ella se parecía a mi Esperadora, esa mujer que esperaba que su amor se anime a salir de su ventana protectora y a la mujer que lloraba sobre el cajón del hombre que alguna vez amo. Ella era un poco esas mujeres que yo había imaginado alguna vez.
Al instante de reconocerla me inundó una sensación de enorme agradecimiento por haberla encontrado. Me alegré tanto de verla y de poder escucharla que deseé con todas mis fuerzas que corra mejor suerte que las heroínas de mi blog.
La escuché con total atención y después hablé yo durante un largo rato. No puedo recordar que le dije, pero de seguro fue algo que la alivió, que le dio alguna esperanza porque de su mirada se esfumó el tono trágico. Cuando nuestra conversación se terminó, me agradeció de un modo que pareció ser sincero, me dio un beso y en calma se perdió entre los puestos de la feria ya armados. Yo me quedé sentada sobre el banco que mira a calle Cuba con la satisfacción de entender qué era lo que nos había hermanado, aunque al mirar cómo se alejaba con ese hermoso bolso, empecé a lamentar cada vez más el no haberle preguntado donde fue que lo consiguió.
Esa noche la soñé con un final feliz pero sin su bolso, porque en mi sueño ese bolso era mío.

(A las mujeres que escuchan. A mi entrerriana querida.)


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miércoles, 29 de septiembre de 2010

A cajón abierto

Una mujer en autodiálogo con un difunto.
Un hombre mal herido muere por cualquier otra cosa.
Un desencuentro que se vuelve encuentro en un tiempo desencajado de lo posible.
Una historia que no fue, o se sucedió de manera poco ortodoxa.


-¿Cómo fue que nunca hablamos de esto?
(Le murmuró en el oído como sumergiéndose en esa caja).
-¿Me dejaste o nos dejamos? Fueron tantas veces que perdí la cuenta de los desprecios que nos dedicábamos.
Siempre pensé que gozabas maltratándome, dejándome sola. En ese tiempo yo no sabía estar sin vos, pero tampoco podía quedarme quieta. Tal vez, fue porque jamás pude atrapar un momento donde sintiera que me ames. Cuando lo sospechaba, cuando me parecía leer algún gesto de ésos; rápidamente me lanzabas una mirada helada, o sin rodeos me decías que no era yo la que te iba a acompañar. Me decías que NO con una certeza que me dejaba sin aire. ¿Nos quisimos alguna vez o nos odiábamos apasionadamente?
Supongo que tampoco te elegí. O lo hice de una manera que te parecía un poco ridícula… justo cuando me retiraste la mirada.

- ¿Qué decís…? ¿Qué te lastimé? ¿Te lastimé de muerte aquella vez que te olvidé?

-Eso fue hace tanto tiempo...
Era muy joven, me encandilaba cualquier nimiedad y me perdía por un rato. No dijiste nada después de aquello, solo te volviste lejano. ¿O mas callado? Te pedí perdón mil veces y nunca me contestaste. ¿Te acordás?
Andabas como mudo por el mundo. Yo no sabía si llorar o reírme de lo ridículo que parecías portando ese riguroso semblante de seriedad.
Algún tiempo después supe que ese fue el inicio de tu eterna revancha. Mi romanticismo ingenuo me llevaba a soportar ese amor calvario, convencida en que así podrías saciar tu voraz venganza y yo lavar mis extravíos. ¿Por qué habrá sido que quería que estés conmigo? Te habías convertido en un cretino sin retorno tan pronto como descubriste mi estúpida espera amatoria.

- ¡¿Cómo?! ¿Que te hacía sentir como un imbécil? ¿Me reía de cada uno de tus logros? ¿Que siempre miraba para otros lados?
(Hizo una larga pausa. Parecía confundida o bastante asombrada por lo que creía escuchar de ese hombre frío).

- Jamás sospeché que te importara como leía tus movimientos en la vida. Me asfixiabas con tus excentricidades, por eso miraba a tipos más corrientes. Era como salir a tomar aire, pero nunca te dejaba. Me parecías tan fascinante, que me aterraba la idea de perder la voluntad y abandonarme para adorarte plenamente y desconectar del mundo.

(Ya no pudo contener el llanto y se sumergió aún más en ese ajustado espacio. Estaba tan ensimismada en ese íntimo diálogo, que el resto de los presentes se evaporaron de esa patética sala velatoria. Repitió como mantra “Entonces me mirabas” mientras retorcía un mechón de su pelo, hasta que algo interfirió su trance).
- Pero mirabas inmóvil y callado como me alejaba.
Me iba para que me hables, para que pidieras que me quede, para que digas mi nombre… Rogaba por que lo hicieras, pero siempre estabas así…como ahora.

- ¿Te parecía fría? ¿Sentías que dejaba tu cama como imposible de satisfacer? ¿Sufrías por mis cronometrados cálculos de escape?

- ¡No, no! (Dijo con desesperación).
Salía corriendo temiéndole a tus gestos de desamor. Contenía el llanto porque instantáneamente abandonabas tu estado de amante para convertirte en el ser distante de siempre. Tenía que huir para no suplicarte que me ames.

- ¿Que la desamorada era yo?! ¿Que aquella vez te herí tan hondo, que no hubieras podido soportar otra embestida de mi parte?

-Jamás lo hubiera vuelto a hacer, aunque lo merecieras mil veces. (Y su enunciación fue infinitamente triste). Si finalmente elegí irme bien lejos de vos, fue porque para ese entonces ya estaba muy cansada y al borde de la locura. ¿Sabías que antes de embarcar te busqué y te esperé hasta casi perder el vuelo?

(Se secó las lágrimas con la manga de su blusa y se salió un poco de ese cajón ajeno sin dejar de mirarlo. Lo miraba como quien mira a alguien que alguna vez se amó o como a quién ni muerto se puede dejar de amar).

- ¿Pensaste en mí en todos estos años…? Mejor no respondas! Voy a pensar que sí y que en tu último respiro me evocaste sin decirme que no. Te extrañé tanto…
Creo que voy a llorar otra vez.
Espero que no te incomode.
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A contrapelo del cliché

lunes, 19 de julio de 2010

IN-tEr-MI-tEnciaS


Va y viene. Prende y apaga. Aparece y desaparece.
Siempre me pasa en época navideña que quedo un poco tomada por algún circuito luminoso. Luz, no luz, luz, no luz, y así paso un largo rato. La luz monocromática tiene un efecto hipnótico que me adormece. Prende y apaga a intervalos regulares, absolutamente previsibles, salvo que alguien apague el interruptor.
Como efecto del destello luminoso vienen a mí pensamientos que automáticamente rotulo de poca monta. A medida que mi trance se vuelve mas profundo, son lanzados a una asociación libre salvaje y finalmente devienen en planteos cuasi metafísicos.
Se que ésta es una alusión extemporánea. ¿Porqué pensar en navidades a esta altura del año? Como de costumbre quede pensando frente a la pantalla de mi portátil y al estilo de la Carta Robada de Poe, descubrí frente a mis narices la respuesta. Ahí estaba él, mínimo pero incansablemente titilante. Poderosa prueba de vida de cualquier ordenador y detonante de mi asociación luminosa entre otras miles.
¿A cuantas cosas podría caberle la intermitencia además de un árbol de navidad y a un cursor?
¡Ya se!
Segunda asociación.
Esos que van en el subte muertos de cansancio.
El subte los mece, los acuna con sus movimientos rítmicos y ellos…hacen unos tremendos intentos por no sucumbir al tentador llamado de los sueños. Despierto, dormido, despierto, dormido, desp……
-“Ja! Se durmió no mas!”
Y ahí mismo se acaba el escaso divertimento del observador.

Algunas intermitencias podrían causar verdaderas desgracias.
Nada más desalentador que un semáforo en corto en una tarde de microcentro porteño. El amarillo, negro, amarillo enmarcado en ese esbelto artefacto es la imagen menos prometedora con la que se pueden topar automovilistas o desprotegidos peatones.
Mi tercera asociación recae sobre los efectos que ese estímulo produce en los espectadores.
-“¿Paso o no paso? Paso sí…no!...sssno… si…. ¡Uy!”
Lo peligroso en esos casos no es la intermitencia decisiva de un ser individual, sino la masa de transeúntes, con la capacidad de decisión en intermitencia.
Tercera asociación: Maraña de intermitencias urbanas (con ruido a chatarra).

Cuarta asociación.
Hay otro grupo de intermitencias que no parecen ser tales por lo prolongado de cada período. Sólo se las descubre como tales cuando se observa el fenómeno a distancia.
Por ejemplo, uno de mis hijos come con intermitencia. ¿Que quiero decir con esto? Que come, come, come y come hasta dejar absortos a sus progenitores. Lugo pasa algunos días consumiendo lo estrictamente necesario para no alertar a esos mismos adultos con los que convive. Terminada la pausa digestiva, vuelva a alimentarse con renovado entusiasmo.
Y como esto comenzó con una asociación salvaje, continúo con el encadenamiento brutal de ideas y paso de una particular modalidad de ingesta alimenticia al amor.
(Salto no tan extravagante si pensamos que el amor puede tener mucho de voraz).

¿El amor es intermitente?
¿Hay “te amo, no te amo, te amo…” o eso es la fenomenología de un desorden mental a gran escala?
Seguramente no tiene un ritmo psicodélicamente enloquecedor, pero… creo que algo de este fenómeno es fácil de encontrar en los asuntos del corazón.
El espíritu del encendido y apagado rítmico de la luminaria navideña, es una buena metáfora para pensar en la vida de un amor. ¿Acaso el juego cuerpo a cuerpo del amor no padece de intermitencias?
La secuencia positivo – negativo, la luz brillante que da paso a una muy acotada oscuridad, será el amor vivo y palpitante. ¡Amor a toda máquina!
Ese sentimiento que emerge intenso, tiene una poderosa fuerza que orienta. Ilumina y dirige los movimientos de las partes convirtiéndose en signo de ese lazo, que por su exultante potencia también es señal para otros que observan a la distancia.
Lamentablemente para muchos, como no se trata de amores a la Dorian Gray, el esplendor y la belleza de lo joven inevitablemente declinan.
Tiempos, discrepancias, sobresaltos contextuales, azar o sobrecarga de enchufes en una misma toma. Para los que saben de las limitaciones de cualquier estado de entusiasmo casi maníaco, para los que se dejan enloquecer a sabiendas que no se trata de eternidades en la cresta de a ola; para ellos, el cambio de ritmo será el asentamiento o la puesta a punto de una frecuencia. Amor en proceso.
La marcha estabilizaba, podrá otorgar la ilusión de saber del timing de la intermitencia. Momento apacible de indudable encanto. Tiempo de andares seguros que quizá puedan tornarse movimientos adormecedores como el de los subterráneos. .
Los expertos de la salud aconsejan siestas cortas. Según ellos esas pausas son de los más energizantes y revitalizadoras. Las largas, al contrario de lo esperable, producen mayor fatiga y mal humor, pudiendo convertirse en la causa de un resto del día infernal.
¿Como salirse del letargo cuando se durmió más de la cuenta? Nada asegura una buena retirada de ese endemoniado estado de duermevela. Sin embargo no puedo dejar de pensar que el solo hecho de andar, aunque más no sea a los tumbos, es indicio de buena voluntad entre partenaires desorientados. El que anda resiste el dormir.
Amor a toda máquina, amor en proceso, amor que adormece o modorra malamorada…..distintas versiones de algo que muta a cada momento.
¿Pero que pasa cuando el intervalo rompe con su propia lógica? ¿Cuando no se parece a un sueño? ¿Cuando se duda que eso retome la intermitencia, la pulsación vivificante?
Lo que verdaderamente turba, es la aparente imposibilidad de distinguir si hay claras señales de la muerte de la cosa, aún cuando ya esté hecho el hoyo en la tierra.
-¿La luz se apago o es que esta tan tenue que no puedo distinguirla?
-¿Se apagó o tenemos problemas en la vista?
…Tic- TAC -Tic-TAC….
-¿Espero un rato más o ya es suficiente?
…Tic-TAC-Tic-TAC…
-¿Suficiente? ¿Cuánto es suficiente para mí? ¿Y para el otro? ¿”Suficientamos” de la misma manera?
Tic - TAC – Tic – TAC, sonoridad de la enigmática oscuridad.

¿Es un intervalo en coma o estamos frente a un amor muerto? ¿Como hacer para evadir los fantasmas de un entierro con vida?
Distinguir la dilación, sobreponerse del esperable pavor que produce firmar un acta de defunción o decidir desenchufar al moribundo después de una interminable agonía, será el Rubicón de los que creen que ya que no les cabe la categoría de amantes.
Apagar la luz trasciende el acto privado. Así como en otros tiempos la luz se dejaba ver a la comunidad, la oscuridad también se cuela hacia afuera. Un afuera que muchas veces también esta desorientado por esa claridad que no vuelve. No todos los de afuera son mirones impertinentes. Hay afueras tan cercanos que también pueden sufrir las penas y terrores de esos dos.
Quien este con la pluma o el interruptor en la mano sudará helado. Algunos podrán perderse un poco en la nostalgia, llorar por lo que nunca va a suceder hasta quedar paralizados frente a ese hilo de agua. Otros saltaran hacia el afuera, para esconderse, distraerse….¿buscar compañía? Quién sabe.
Se podrá elegir vivir haciendo inexistir a ese río. Se podrá acampar en los alrededores del Rubicón, verlo desde ahí o escuchar el correr de sus aguas.
Nada nos dice cual será el destino de aquellos que lleguen hasta esas orillas, pero de lo que sí estoy segura, es que una vez que se llego hasta ahí, sentirán la absoluta soledad que implica la realización de cualquier acto.
Se cruza sin nadie que acompañe.

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A contrapelo del cliché

martes, 11 de mayo de 2010

SIEMPRE ¿no es mucho?

Como todos los lunes a la mañana, caminé por esa calle arbolada de mi barrio por la que ando cuatro veces a la semana, los dos mismos días del calendario, en igual horario, desde hace ya algunos cuantos meses. Ando y desando el camino con diferencia de tres horas. Nunca falto al lugar que voy y tampoco omito esa cuadra por más que varíe el recorrido previo o las últimas manzanas antes de llegar a destino.
Siempre paso por ahí, creo que en un primer tiempo fue pura casualidad, pero ahora es uno más de mis actos voluntarios y no azarosos. Voy por la misma vereda, no por comodidad o eficacia, sino porque esa me gusta mucho mas que la otra. Tiene en una de sus esquinas una casa a la que le están haciendo varias reformas desde que comenzó el año. Gracias a que siempre tiene puertas y ventanas abiertas, puedo introducirme con la mirada en cada rincón visible y comprobar si algo cambio durante los días que me ausente. Me convertí en una gustosa testigo de la metamorfosis inmobiliaria, que contemplo sin pausa ni crítica.
Esa era una esquina de las que pasaban absolutamente desapercibidas. De esas que nunca nos servirían como referencia para orientar a un conductor, porque como la casa de la ochava, hay centenas por los barrios de Buenos Aires. Se la podría arrancar e insertar en otra zona de la ciudad que nunca dejaría de pasar inadvertida.
Los reformistas, tal vez a disgusto con la pobreza de estimulo que encarnaba esa vivienda, están siendo mas que generosos con los cambios exteriores. A fuerza de recubrirla prolijamente con piedra, dejó de ser esa apática casa de final de cuadra para convertirse en Otra. Tal vez se la podría rebautizar como “la casa con piedras de la esquina de una calle arbolada”, “la casa empedrada” o “Uy! Y esa casa?”.

Ayer andaba con retraso y entonces, un poco a las apuradas, repasé lo que creí más evidente, como para no perder mi costumbre mirona. Lo que debía haber sido un vistazo rutinario se transformó en un sorprendente instante de descubrimiento. Un pequeño detalle en unas de las ventanas tantas veces vista, se recortó de la totalidad de ese inmueble y sólo pude ver Eso.
Como no haberlo visto antes?! Sin lugar a dudas eso lleva varios años ahí, hay marcas del paso del tiempo que lo demuestran; sin embargo nunca me había imaginado que pudiera haber tal cosa en uno de los cristales.
En líneas generales odio las calcomanías, no me gusta verlas en autos, puertas o ventanas. Me resultan un estorbo, un adorno innecesario que ensucia el campo visual y por considerar que desarmonizan plenamente en todos los contextos, no escapan a la absurda atención que empeño en este tipo de cuestiones de poca monta estética.
Ese calco lucía un fondo blanco amarillento y unas grandes e híper nítidas letras negras con un corazón del tamaño de todas las líneas escritas.
Seguí, caminé unos veinte pasos sorprendida por el hallazgo y el recuerdo de esas fotos que se pegaban en las vidrieras cuando el Papa Juan Pablo II vino de visita al país. Se me ocurrió que ese merchandising religioso podría ser contemporáneo a esta pegatina recientemente descubierta.
No pude seguir.
Transcribo el texto: “Solo amar para siempre es amar de verdad. No al divorcio!” Y claro, el simétrico y regordete corazón.
Quedé en blanco por algunas cuadras (y a la vuelta le saque la foto).
Con el texto resonando en mi cabeza, caí en la cuenta que mi asociación visual fue instantánea y absolutamente pertinente. Sospeché que quien habría pegado ese calco, muy posiblemente era poseedor de esos stickers papales o que conservaría algunos de los pósters del pontífice que se repartían a los fieles en la víspera de la visita.
Ese texto, que se pronunciaba rotundo, certero como manual de procedimientos no tuvo en mí el efecto que creo hubiera esperado su autor. El enunciado y la enunciación que le supongo, deberían causar un aquietamiento al deambular errático de los pensamientos, sin embargo no sentí encontrarme con una verdad revelada que neutralizara mis preguntas. Me parecía un enunciado poderoso, pero de eficacia vencida.

¿“Amar para siempre” es sinónimo del “hasta que la muerte nos separe”?
Uno podría amar hasta morirse. Si tuvieron el placer de ver una película que se llama “El marido de la peluquera” (Le mari de la coiffeuse) sabrán de que les hablo y sino podrán imaginarlo sin mucho esfuerzo o buscar el DVD en su video club amigo.
También podríamos amar felizmente y mientras lo hacemos morir por cualquier otro motivo bastante menos glamoroso, como un accidente de tránsito, complicaciones cardíacas o a causa de alguna de esas pestes modernas que arrasan con miles.
¿Otra opción? Creer que con un amor que se nos fue, se nos escapa también la vida y entregarnos al abandono hasta materializar nuestra desaparición sobre la faz de la tierra. Un poco menos trágico, sería pensarse muerto simbólicamente y renacer en una novedosa versión de nosotros mismos que nada conserva de aquella que alguna vez amó, salvo porque reencarnamos en nuestro propio cuerpo.
Me esfuerzo un poco más, para resultar menos novelesca y me pregunto por esos lazos que se van destiñendo o deshilachando con el paso del tiempo, sin conservar rastros del esplendoroso entusiasmo del amor joven, ni los indicios del comienzo de ese triste proceso de desgaste que inicia un camino silencioso y muchas veces sin retorno. ¿El “amor para siempre” incluirá también lo descolorido, lo agujereado, remendado o maloliente? ¿Estará condicionado el ”siempre ” a requisitos del estilo: siempre que haya algo que se le parezca a lo que creímos que es el amor? ¿O es “siempre siempre” como irremediable infinitud que podría devenir en tormentosa plomada infernal o cruz a cargar mas allá de los deseos de los amantes (o de los que alguna vez lo fueron)?
La primera de las afirmaciones “Solo amar para siempre…bla,bla,bla”, me resulta un tanto simpática, porque es de esas que podrían ser el centro de mis largas conversaciones de café con un muy querido viejo amigo. Nos imagino desarmándola, re combinándola y cuestionando cada uno de sus elementos hasta caer en alguna conclusión de lo más ridícula o exhaustos por el estéril ejercicio mental.
Pero la enfática afirmación final que corona el cartelito adhesivo es burda, opaca y sin posibilidad de ningún juego retórico. En el texto global y precisamente en esa última oración, hay un término que esta tácito y ese es sin dudas el significante matrimonio.
Necesariamente habrá que pasar por allí para que la prohibición del divorcio tenga algún sentido. ¿Sino para que prohibir lo que no nos compete o carece de valor para las partes? Las prohibiciones siempre recaen sobre aquello que resulta atractivo o fascinante (aunque eso nos lleve al borde del horror); de otro modo serían una total pérdida de tiempo o de recursos valiosos. Entonces la serie “Amor verdadero = Matrimonio + No divorcio” es la propuesta allí planteada. Cada quien sabrá si la toma o la deja pasar.

Personalmente se me impone la idea de que eso es una trampa fatal. Aplasta eficazmente cualquier deseo que ande dando vueltas con su postulado generalizante y torna la ilusión de los que se aman en bien a asegurar para los tiempos venideros. Como si ese amor pudiera transformarse en titanio.
Finalmente el matrimonio o el divorcio son figuras legales de las cuales uno podría hacer uso, sin necesidad de que el amor entre en juego en estos ceremoniales. Pero en aquellos otros casos, donde este vivificante sentimiento es el motor fundamental para que una pareja decida dar cuenta ante la sociedad de que los une el amor, ¿no sería el matrimonio un pasaje formal a la entrada de lo que cada uno recree con el otro en plan amoroso? El germen de ese encuentro es una historia imposible de duplicar por ser tan singular como la combinación misma de esos dos, que sueñan con lo perdurable y que tuvieron a gran dicha de cruzarse en el momento oportuno para que eso les sucediera. De ser así, el lugar para las generalidades sería bastante escaso o al menos no fundante en el advenimiento de ese vínculo.
¿Será por el protagónico papel que cumple en el amor la contingencia que decidimos afiliarnos a instituciones de este tipo para alivianar un poco las ansiedades que surgen de este sentimiento único y falto de garantías?

El matrimonio y el divorcio son una gran dupla. Uno es inevitablemente entrada y el otro la salida. Esta última puerta que para algunos podría ser usada como escape regio para desaparecer de escena, sin dificultad seria una buena salida de emergencias, exitosa para la fuga, pero a condición de dejarles a quienes la traspasen una marca perdurable en el alma.
Sin tener que andar atravesando umbrales, también se la podría pensar como un lugar por donde entra un poco de aire freso. Una puerta de esas que no cierran hermético, de esas que si nos acercamos sentimos una leve corriente de aire que viene desde el otro lado y solo con eso ventila el ambiente en el que estamos. Una señal de que esa elección que se tomó no es irrevocable, que somos libres para cruzarla o contemplarla de tanto en tanto como para corroborar que la habitación en la que estamos es cuarto y no nicho.
Con la elección en nuestras manos, con esa puerta sin cerrojo, la unión que se produjo es lazo entre quienes podrían estar ahí hasta el final de sus tiempos o no. Una puerta que por el sólo hecho de existir quita el rigor mortificante de la eternidad que recae sobre algo que no debería convertirse en un forzoso exceso de equipaje.
En todo caso, en vez del “hasta que la muerte nos separe”, podríamos divertirnos (y también morirnos de miedo) diciendo “Hasta que alguno sienta que hay que abrir esa puerta”.


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domingo, 25 de abril de 2010

La Esperadora


Se sentó y esperó. Esperó días enteros señales de aquel hombre que la había deslumbrado sin tener siquiera un rasgo que le resultara verdaderamente interesante. Mientras esperaba repasaba una y mil veces los motivos de su espera. Tenía una larga lista de puntos irrelevantes que leía cada día de manera meticulosa, sentada frente a esa ventana, cansada, pero con una extraña e incontrolable voluntad que sobrepasaba sus deseos.
A su inútil lista la guardaba celosamente. Nunca se supo de sus verdaderos motivos, claro que tampoco nadie sabía que lo esperaba de esa manera. Lo hacía en soledad, era su ritual privado y seguramente la avergonzaba que otros descubrieran o sospecharan este ceremonial en ella.
El temor a dejar alguna evidencia frente a los que la rodeaban la salvo de quedar petrificada en la fascinación que sentía por ese lugar. Debía despertar de ese inercial estado, para volver trabajosamente a la versión de sí misma que había construido a lo largo de su vida.
Fue luego del encuentro con la ventana que comenzaría a vascular entre aquella versión elaborada artesanalmente y una otra desconocida, que irrumpía sin posibilidad de retoques cosméticos. Solo a condición de volver a aquella que era la original, lograba retomar algunas de sus rutinas, dejando a esa ventana privada de su mirada. La entristecía saber que por un tiempo estaría lejos de allí y la intranquilizaba la posibilidad de que El asomara en su ausencia y sospechara que ya no iba a regresar.
Hubiera estado disponible siempre para el hombre de la ventana, allí sentada como adorando esa abertura, ese recorte por donde se observaban. Pero cuando sus ensoñaciones comenzaban a ceder, cuando ya no quedaba mas remedio que despertar, caía agotada por el cansancio y con la profunda sensación de que se lastimaba salvajemente. Solo entonces, la idea de nunca mas volver comenzaba a dibujarse tímidamente.
Esperaba lo que intuía nunca iba a suceder. Esperaba con un optimismo que le era un tanto ajeno. Crecía sin tener razones y la entusiasmaba a pesar de sus inequívocas racionalizaciones que lo suponían estúpido o enfermizo. Se alimentaba de ella como una criatura de existencia parasitaria, que amaba fervorosamente a la espera mucho más que a su portadora (como si ese esperar pudiera separarse de la mujer y seguir con vida).
Cuando lo esperaba, se transformaba en una auténtica esperadora. Toda ella esperaba, se colmaba de espera, derramaba espera. Esa pausa activa tomaba consistencia y avanzaba cada vez mas, arrasando todas las otras cosas de su vida. No podía detenerlo, odiaba ser la esperadora, pero no sabía como dejar de serlo. El goce que la tomaba era lo bastante perverso como para permitirle ver lo que iba dejando atrás. Cosas que amaba de otra manera, a las que casi ya no podía alcanzar, porque la ventana no era compatible con el resto de las piezas de su vida.
El juego de la ventana, ese amoroso juego que habían inventado alguna vez, los había arrastrado hasta un lugar que nunca hubieran creído. Se habían encontrado sin buscarse y los había conmovido tanto esa contingencia que ya no pudieron dejar de acudir a esa cita que habían acordado sin pronunciar palabra.
Vivía cada vez mas dividida entre el amor que transcurría en sus pensamientos y esos otros; más terrenales, ordinarios o en los que rara vez se detenía a pensar. Así fue que se enamoró de ese hombre con poco brillo, dubitativo; al que ella sospechaba incapaz de tomar el riesgo de quedar atrapado por las pasiones del cuerpo. Un hombre cobarde, ineficaz, obsesivo hasta tornarse femenino; pero que en su dormitar fantasioso se transformaba en otro. En un otro encantador, tangible, y con las fuerzas suficientes para desafiar a su propia suerte con tal de poder tocarla.
Del otro lado ese hombre estaba clavado a los marcos del agujero. No había más que mostrar que lo que se veía desde donde estaba la que lo esperaba. Lo turbaba la idea de que ella pudiera moverse y descubra su insalvable pequeñez o la comedia con la que intentaba retenerla siempre a distancia. Cuando ella intentaba modificar la posición que tenia asignada, aunque sea levemente, se aterrorizaba y como todo acto de gran impotencia, la maltrataba desde lo alto para neutralizar la intención de la esperadora. No soportaba que ella deje de ser eso y no iba a permitirle ningún desplazamiento que pusiera en riesgo el velo con el que se protegía de sus peores fantasmas ¿sería un hombre atormentado por sus pensamientos, inhibido para amar mas allá de lo intangible o simplemente un cretino? Él efectivamente se transformaba en otro cuando asomaba y la miraba. Casi era otro y eso le gustaba.

La mujer que se había creído incapaz de caer en semejantes trampas desde el día que decidió no creer más en el amor, no encontraba las fuerzas para huir. Respondía a los reclamos por sus inapropiados movimientos con solemne obediencia, intentando que eso sea traducido como una demostración más de su devoción.
Quienes más la conocían, notaban en ella un leve extravío en su mirada. Esquiva, porque temía a que pudieran hacerle alguna pregunta, hacía unos intentos desmedidos por mantener ese toque de cinismo que la caracterizaba y que ahora se le notaba como una prótesis reforzada y mal puesta.
¿Sufriría por reconocerse vencida ante un amor ? Un amor del que ella se hubiese reído a lo grande si alguien le hubiera contado los detalles de una historia como la suya. Solía bastardear socialmente ese sentimiento como pasado de moda o abusivamente ficticio. Tal vez no hubiera sufrido si el amor que la atrapaba era un amor de esos que se pueden usar, modificar, acariciar o apretar hasta estrujar. De esos, si quería. Se burlaba por rutina con sus amigos pero los anhelaba con un espíritu crédulo y dóciles ansias por transitar los clichés de los amantes. Gustosa hubiera dejado caer todas sus teorías de militante desamorada del amor.
Paso así meses eternos que podrían haberse agrupado en años o en siglos. A esa altura el tiempo le resultaba una variable sin importancia.
De no haber sido por la milagrosa mutación que comenzó a gestarse en su interior, todo seguiría siendo, más de lo mismo.
Vislumbro que el dolor o el cansancio que horadada su entusiasmo estaba ligado a la distancia que había entre ambos. Una distancia puramente física, geográfica. Distancia medible en metros, o con reglas escolares. Distancia que impedía el contacto entre los cuerpos.

Ahora esperaba no tener que esperar más. Ya no podía descansar plenamente en sus fantasías. El juego se había vuelto defectoso, desde que quiso que ese amor exceda los pensamientos.
El hombre que amaba simulaba jugar. Parodiaba al que jugaba pero jamás sería el participante que esta en la cancha. Sabía de las debilidades de la esperadora y hacía un hábil uso de ellas quedando siempre en su apacible marco de ventana, inmovilizado por la duda de no saber si ella podría amarlo si confesaba su incompletad, sus torpezas o descubriera alguna de sus miserias. Soportaba esa duda porque no era ese “no saber” el que lo inundaba de angustia. La clave de ese afecto que no engaña, era que ella este ahí para El.

En uno de sus últimos estados de somnolencia, la mujer escribió unas palabras en el cuaderno que llevaba siempre en su bolso.
Las leyó varias veces hasta que hizo una mueca que le borro el pesar en su cara.
¿Por qué no había podido ver con claridad de qué se trataba? ¿Cuándo fue que abandono sus sospechas de que Ese era un “como si” de jugador y lo creyó capaz de mover fichas? ¿O fue al revés? ¿Esperando que sea jugador de cancha se encontró con un farsante? ¿Porque no seguir dormitando en la historia inventada eternamente? ¿Violó las reglas del juego de las fichas estancas queriendo deslizarlas, suponiendo que era inevitable hacerlo? ¿La farsa era ese juego higiénico en distancias o su idea de rebasar los límites?
Ese pareció ser un momento de gran lucidez.
Ya no importaba si ese hombre podría existir más allá de ese recorte, ni que El fuera incapaz de salirse de ahí.
El la confundía. Ella sabía que El era confuso, pero se dejaba confundir con tal de recibir los gestos que El sabia y quería dedicarle.
Ese amor era inmenso y limitado, apasionado y rigurosamente a la distancia. Apacible y sórdidamente tormentoso.
Ahora sus ojos parecían más tristes que nunca, se había esfumado ese extravío del que se habían acostumbrado. Volvió a su ventana, más enamorada que nunca y justo cuando estaba posicionándose ese medio hombre, la mujer le dedicó un gesto único, asombrosamente traslúcido de su sentir y se retiro.
Lloró por su pérdida y por saberse una mala jugadora de ese metajuego. Lloró casi hasta el desmayo cuando efectivamente comprobó que El nunca podría acercársele.
Nunca más volvió a esperar a ese hombre.

(En el instante que la vio partir El intento saltar y salirse de ese agujero; pero cuando sintió el vacío en su cuerpo no pudo hacerlo. Se aferró nuevamente a esos marcos y en silencio, inmóvil, la vio alejarse. La dejó partir, no porque no la amara, sino porque amaba más a su refugio que a cualquier mujer).
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A contrapelo del cliché

martes, 13 de abril de 2010

Amor a la Idiota

¿Cuando uno se encuentra en la vida con otro, cómo saber si algo del orden del amor o sus derivados está en el aire? ¿O si ese tan antiguo y nunca pasado de moda sentimiento es capaz de producirse, de recrearse entre de esos dos que se encontraron? ¿Será posible precisar la existencia de ese fenómeno y proyectar sus posibilidades?
El amor parece ser un algo escurridizo, intermitente, absolutamente enigmático en los comienzos, un poco más predecible con el paso del tiempo y de una burlona falta de patrón que desorienta la búsqueda o la confirmación de su presencia.
Habrá que andar a tientas en la oscuridad de la ignorancia por un largo rato, soportando la sensación de un posible golpe inminente, hasta lograr captar algún rasgo que oriente al participante a seguir por ese camino lúdico o a buscar la más cercana salida de emergencia por donde salir huyendo.
Cada una de las combinaciones que prosperan, cada par que se arma, producirá un lazo novedoso y sin instructivo adjunto; con lo cual, aquellos que tengan amplia experiencia en el rubro no perderán la capacidad de asombro, la posibilidad de recibir lastimaduras varias o de caer en estados impensados de turbación del pensamiento.

¿Por qué se adoran los primeros tiempos del romance y se los añora en los períodos de calma, cuando son los que mas hacen sufrir con su absoluta falta de garantías?
Es cierto que hay un estado de constante inquietud y de sufrimientos cargados de mil tensiones en los orígenes, pero toda esa intensidad puede llegar a transformarse y mutar en tensión formidable cuando todo aquello decanta en un esperado encuentro. Esta metamorfosis si duda es intuida por los amantes y los empuja a embarcarse en empresas inciertas donde no hay casi lugar para la variable costo beneficio.

¿Pero el mientras tanto? ¿Los intervalos encuentro, desencuentro, encuentro?
El espacio entre gesto y gesto del otro, muchas veces esta repleto de cálculos estériles donde los amantes juegan el juego que mas odian, pero que no pueden dejar de jugar. Los más clasicos cuentan los días antes de marcar un número, se retuercen en su afán de no condescender a sus deseos y padecen a la vez que se sienten satisfechos por su abstinencia, como quien comienza una dieta de lunes. Otros realizan una búsqueda de mensajes ocultos en frases de poca monta pronunciadas por su partenaire y entonces se vuelven devotos de la retórica o dementes suponiéndole una significación oscura a cada movimiento del otro. En estos ires y venires no es difícil encontrar a gente ensimismada en sus cavilaciones, o a personajes realmente brillantes convertidos en enfermos nerviosos con falla de medicación o analistas de vacaciones.
¿Porque no decir y ya?
Practicar un estilo directo e involucrarse con otro ser humano parece formar parte del grupo de las incompatibilidades.
¿Será que los amantes temen quedar expuestos? Y de ser así ¿expuestos a qué?
Freud en unos de sus tantos textos habla del amor o mejor dicho del estar enamorado como una cuestión de distribución de cargas. Sin ponerme teórica, sino más bien salvajemente didáctica, amar significaría quitarse un monto importante de libido y tirársela encima a nuestro objeto. Esta redistribución traerá como consecuencia un empobrecimiento del yo enamorado y la sobrestimación del amado.
Convertido en una versión barata de sí mismo, ese pobre yo abandonado y a merced de su grandioso amante, sólo recobrará su brillo a condición de ser correspondido; lo que implicaría que el otro saque de lo suyo y lance para su lado. Y en ese punto estamos bordeando un vacío. Como no se trata de una ciencia exacta, nunca se sabrá certeramente si en la repartija de libido quedamos en igualdad de condiciones. Se podría entonces perder nuevamente la calma y sumergirse en el mas inestable de los terrenos, si se decidiera emprender la tarea de indagar por el cuánto.
Habrá que lidiar con ese yo enamorado y por momentos despabilarlo a las patadas de las ensoñaciones románticas que convierten a los sujetos en seres absolutamente improductivos o candidatos a perder bienes materiales, antiguos vínculos afectivos, intereses culturales o deportivos.
De ser posible habría que quejarse con el padre del psicoanálisis y reclamarle por no haber descubierto algún generador de libido extra para estos momentos de acumulación amorosa donde todo lo demás queda sin nuestros cuidados.

Amar nos vuelve vulnerables, muestra donde se nos podría dar el golpe certero. No es un acto voluntario, no se ama cuando uno lo decide o al candidato más conveniente. Sin embargo, en esos tiempos, cierto mecanismo de omisión de los detalles que podrían amenazar lo elevado de nuestro objeto de amor, parece funcionar exitosamente con voluntad propia. ¿Curioso, no?
En fin, estar con otro es un compendio de buenas intenciones más un estado de ceguera parcialmente selectiva que dura lo que durara ese amor. Estar enamorados, ese fervor inicial que se siente en los comienzos, eleva los niveles de idiotez al máximo al punto de volvernos torpes o ineficaces en las tareas que diariamente realizamos y produce importantes distorsiones en nuestra manera de ver el mundo.
En una época tan práctica, incansablemente productiva, agitada y plenamente atravesada por las nuevas tecnologías que optimizan la eficiencia, el amor es de lo más rudimentario y resistente que nos queda.

Desprolijo, imprevisible, atrevido, prohibido por momentos; no deja de ser algo exquisito, de lo cual no deberíamos privarnos a pesar de caer en una temporal idiotez y un romántico estado de abandono.

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