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martes, 2 de agosto de 2011

Mujer precavida vale por dos

Un pequeño grupo de mujeres cenaba en un restaurante cualquiera del centro de la ciudad. Siempre disfrutaban de conversar entre ellas, aunque lamentablemente no se veían todo lo que quisieran. Lo hacían sólo cuando podían “colocar” su prole al cuidado de otro adulto que les inspirara confianza. Hablaban de miles de cosas, porque practicaban un involuntario eclecticismo discursivo que las mantenía entretenidas durante horas.
Así como el factor hijos dominaba el tiempo previo al encuentro funcionando como una variable difícil de sincronizar, una vez reunidas, lejos de liberarse del asunto, ese mismo tópico se hacía presente en medio de la mesa y ninguna hacía el menor intento por resistirse a abordarlo. Siempre, pero siempre-siempre, terminaban hablando de sus niños o de sus funciones como madres; bordeando la alegría y el orgullo; las frustraciones y temores o el amor y el entusiasmo.
Esa noche, nada parecía marchar por fuera de lo habitual. Sin embargo, justo cuando declinaba el tema, una de ellas se dirigió especialmente a otra y con absoluta seriedad le recomendó que congelara sus óvulos.
-¡¿Qué?! ¿Que congele qué cosa? ¿¡Que congele óvulos?! ¿Porqué…? –Contestó Ana desorientada, mientras buscaba la mirada de las otras.
Su amiga pensó que Ana era una ignorante en la materia, que no había escuchado hablar del tema jamás o que desconocía lo popular que se había vuelto esa práctica para algunos sectores de nuestra sociedad.
“Congela tus óvulos” -repitió con naturalidad. Y con un impecable arte pedagógico paso a explicarle el método minuciosamente.
-Pero si ya tengo hijos Emma –interrumpió mientras reconocía en el resto de sus amigas, la misma expresión de quien mira un objeto enigmático o un papel escrito en chino.
Emma parecía no escucharla, y de la misma manera que explicó la maniobra científica, fundamentó su recomendación sobre dos sólidos detalles. El primero, la actual situación sentimental de Ana. El segundo, los treinta largos que todas las mujeres de la mesa compartían por haber nacido a principios de los setenta -ambas razones parecían argumentos irrefutables.
-Emma, pero no sé si quiero tener más hijos y además… -enseguida pudo darse cuenta, que el hecho de que hubiera o no un padre potencial, o que existiera o no el deseo de reincidir en la maternidad, no eran datos a tomar en cuenta en ese proyecto. Desde la lógica de Emma, negarse y la idiotez, parecían ser una sola cosa.
Con su copa flotando en el aire, Emma explicó las bondades de concebir hijos con los óvulos a punto. En eso estaban de acuerdo. Ana se había embarcado en la tarea reproductiva dentro de la franja de edad sugerida para el asunto, pero no era ese "a punto" del que le hablaban.
Emma planteaba el asunto de tal manera, que parecía tratarse de un acto de plena generosidad. Si a sus primeros vástagos los había dotado de materia prima fresca, ¿por qué a otro (en el que todavía no pensaba o en el que jamás se pondría a pensar) tendría que ofrecerle material sobre la fecha de vencimiento? Y con un tono más íntimo le dijo:


-“Que hoy no haya padre o atisbo de deseo de otro hijo no implica que en un futuro no los tengas. ¿Y qué pasa si en un tiempo queres y…?”
¡Qué dilema! ¡Amor, coincidencia en el deseo un hijo, una producción ovárica en el ocaso productivo y temperaturas bajo cero! Emma realmente la había puesto ante una encrucijada futurista.
La velada continuó por unas horas más, pero Ana quedó estancada en el tema. Repetía para sus adentros: “Mujer precavida vale por dos” -nunca nada más cierto.
A la mañana siguiente se levantó pensando en esa moderna manera de concebir los hijos. Algo no dejaba de hacerle ruido. ¿Pero qué cosa era esa? ¿El sorprendente avance de la ciencia al servicio de la salud? ¿Las nuevas tecnologías, que dan esperanzas a quienes se encuentran con esas dificultades que desgarran el alma cuando se busca un hijo y no se lo encuentra? No, no. Tenía la certeza que no se trataba de eso. ¿Tal vez era el avance tan, pero tan sofisticado de la medicina que llegó hasta revolucionar la idea de familia tradicional? … Tampoco era por ahí.
Estuvo todo el día dándole vueltas al asunto, hasta que en medio del berrinche de uno de sus hijos, lo entendió todo.
En esa pataleta caprichosa estaba la clave. Lo que generaba su malestar era esa idea antojadiza y frívola de pretender inexistir los límites. El “por las dudas me freezo los óvulos” sin ninguna otra razón que el “por las dudas” le era un tanto irritante. No sabía muy bien por qué, pero tenía la convicción de que hacía falta una razón de mayor peso para hacerlo.
Posiblemente esa sensación le fue tan clara, porque entendió esa modalidad de freezada ovárica como pariente cercana al boom de los hijos de diseño. Hijos que no son a imagen y semejanza, sino a medida de un ideal particular absoluto. Testimonios nefastos sobre selecciones de óvulos por un lado y vientres vía catálogos, podían ser escuchados en programas de chimentos. Eso le hacía un ruido supremo. ¿La ciencia puesta al servicio de los delirios segregativos de unos dementes?


Imaginó a Emma escuchando sus pensamientos y diciéndole: “¡Pero te fuiste al carajo! ¿Yo te hablo de unos ovulitos frescos y vos me salís con una crítica ética sobre el mejoramiento de la especie?” -Ana sonrió y suspiró. Estaba convencida de que si el cuerpo ofrecía la posibilidad, siempre era mejor el artesanal y más romántico de los métodos para la concepción de los hijos.
¿Y en el freezer…? En el freezer siguió guardando unas ricas milanesas para los días que llega tarde del trabajo.

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viernes, 10 de junio de 2011

Una madre que camina y sólo mira para adelante

Crucé la vía sumergida en mis propias preocupaciones. Ya había cumplido con todas mis actividades maternales de primera hora de la mañana. Desayuno, dientes, toneladas de mochilas, conversaciones varias al unísono (porque mis hijos en su afán de sostener su enérgica rivalidad masculina, me hablan al mismo tiempo de temas absolutamente disímiles) e indicaciones a la maestra de último momento.
Crucé la vía y como si no hubiera tenido una dosis extrema de contacto infantil, capturó toda mi atención una pequeña niña. Al principio fue puro azar. Muchas veces miro a los chicos.
¿Me gustan todos los niños? No, definitivamente. ¿Los saludo, les hablo, les hago morisquetas simpáticas? De ninguna manera, no tengo ése don. Algunos hasta me resultan un verdadero fastidio. Y debo confesar, que en varias oportunidades los propios me son exasperantes. Tampoco los quiero a todos, no siento un amor generalizado por ellos. Quiero sólo a algunos pocos, aunque todos obtienen de mí un trato que contempla su condición infantil. Los observo cuando puedo, porque muchas veces son sujetos interesantes para observar.
Esta vez, vi a niña con una campera rosa chicle. Sólo la recorté de entre los demás cuando cruzó la calle. Su madre iba con un niño en brazos de doce o catorce meses de edad. Unos pasos más atrás, la acompañaban un varón que no superaba los seis y la niña del buzo que tendía unos cuatro.
La madre caminaba aferrada al menor, con la mirada fija en lo que vendrá. Atravesó la bocacalle y nunca miró atrás. La niña cruzó apurando el paso, y una vez en la vereda retomó su ritmo habitual.
Inevitablemente se retrasaba, pero tenía un mecanismo de ajuste. Cuando veía que la distancia con su madre se hacía más grande o cuando otros peatones se interponían entre ellas, emprendía un trotecito que la dejaba igualmente atrás, pero no tanto.
A mitad de cuadra se abrió una cochera. Yo caminaba detrás de la niña que caminaba detrás de su madre. No pude más que escoltarla. Me daba igual doblar una antes o una después para llegar a destino.
La mujer solo miraba para adelante. A mitad de cuadra se abrió la cochera. El conductor estaba asistido por un portero de edificio, que le señaló la presencia de la pequeña peatón. Casi instintivamente me adelante y me convertí en obstáculo viviente para que no queden dudas de que el vehículo no debía avanzar. La niña pasó arrastrando su mochila de ruedas y yo recuperé mi puesto habitual.
Llegamos a la gran avenida. Me invadía la curiosidad. ¿Ahora la miraría? ¿Le ofrecería una mano? ¿La obligaría a que le dé la mano? ¿Le dirá algo?
Abrió el semáforo y la madre siguió caminando mirando al frente. Los niños bajaron a la calzada e iniciaron la marcha. El mayor le seguía bastante mejor el paso, tampoco para él había miradas. La niña comenzó nuevamente a retrasarse, y como si ella supiera cual era la distancia tolerable entre una madre y su hija, esta vez corrió hasta alcanzarla. Le extendió la mano sin recibir respuesta. Su madre caminaba, miraba para adelante y parecía no intuir ese pequeño brazo flameando a su lado. La niña del buzo rosa, intentó varias veces tomar algo más que aire con su mano, hasta que se aferró al bolsillo del abrigo de la mujer para terminar de cruzar Av. Del Libertador.
¡Y así iba ella! Cuando veía que su madre se le desdibujada entre la multitud, apuraba el paso. Yo iba detrás, sintiéndome un auxilio posible de ser usado.
Observé a esa niña hasta que no tuve más alternativa que tomar otro camino, además ya había visto suficiente.
Es cierto que no quiero a todos los niños del planeta, pero siempre fui presa del cliché sentimental que me hacía insoportable ver a un niño en estado de indefensión sin el cuidado de un adulto. Mi condición de madre lo multiplicó por millones, hasta transformar el lugar común del cliché, en una sensación contundente que tiñe mi forma de mirar el mundo.
Podría haberla visto toda desvalida. Podría haber condenado a su madre con el pensamiento. Podría haberme indignado cuando la niña colgaba inútilmente su brazo en busca de que la amarren. Podría haber hecho todo eso y más, pero algo en esa pequeña lo volvía imposible.
Caminaba hasta la escuela modulando las distancias con una madre que no podía mirar atrás. ¿Supervivencia? ¿Habrá adquirido mágicamente ese mecanismo que le evitaba quedar plenamente sin resguardo? ¿Le habrán transmitido sus padres la importancia del cuidado mediante algún gesto de amor? ¿O sólo se trata de un reflejo primario?
La manera en la que se aseguraba no perderse de su guía o protegerse en los cruces, me hizo creer que en otros momentos su madre sí la había mirado. Ella no estaba apesadumbrada. No protestaba y en su cara llevaba una expresión amable. En sus trotes no perdía la liviandad de niñita de rosa. Más bien se la veía como un agente activo en esa situación.
Lo cierto es que nada sé de la vida de esa niña y hasta tal vez, esa mujer, no fuera su madre. Esas son todas mis fantasías, pero igualmente, más allá de mi ficción, algo hizo que el encuentro con la chiquita de buzo rosa, me fuera inolvidable.
Esa niña ponía en acto -sin saberlo- una de las claves para vivir vida. Optimizaba aquello con lo que contaba, como intuyendo que para andar por el mundo hay que saber hacer con lo que uno tiene, con lo que uno vino o le dieron. Pero lo que verdaderamente volvió esa caminata memorable, fue leer en esos movimientos de ajuste, que la clave para avanzar por la vida, no está solamente en saber hacer con éso que tenemos –esa es la parte más fácil- sino en poder arreglárselas con aquello que nos falta, con lo que nunca va a haber, o nunca nos van a dar.

El punto está, en saber arreglárnosla con el agujero propio, sin desconocer que también los hay ajenos. Andar de la mejor manera con ése saber sin apelmazarnos en el lamento o mortificarnos en el intento de lo imposible.
Y entonces fantaseé con que algún día la niña de rosa podría convertirse en una gran mujer.

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martes, 29 de marzo de 2011

Nominamiento

(no-mina-miento)

Ahí estoy yo. Sentada muy temprano en la sala de espera del consultorio mi analista. Llueve. Llueve lento, en silencio. Llueve sin parar pero de un modo que parece casi invisible. Corrí desde el auto hasta la puerta así que apenas estoy mojada. Los que esperan conmigo tampoco parecen mojados. No veo sus paraguas. ¿Corrieron o caminaron entre techos? Nada en sus caras me da una pista. ¿Los dejó un taxi en la puerta? ¿Los trajo el amante de la noche anterior? Tal vez son gente que no se moja, como los patos. En fin… el clima no va a mejorar.
Cada uno anda sumergido en sus cosas. Los celulares modernos mataron el tiempo muerto. Dos de cuatro no levantan la vista de sus gadget, otro ojea una revista de atrás para adelante. ¿Tienen sueño? ¿Pensarán en el tiempo o en lo que le van a decir a mi analista? Finalmente ninguno parece muy concentrado en lo que hace. Prefiero no mirarlos directamente. Hoy no quiero comenzar ninguna conversación. Supongo que ellos tampoco.
Las revistas son las mismas que las de la semana pasada. Ya me las leí todas, seguro la semana que viene aparece algo nuevo y entonces… se convierte en el objeto de deseo más preciado de esta antesala.
Opté por una salida visual al exterior. Una ventana, un árbol, ramas, hojas, muchas hojas, agua, pelo… pelo… pelo… ¿¡Pelo?! Si pelo. Mi flequillo alcanzó unas dimensiones descomunales debido a mi crónica indefinición sobre el porcentaje de cara despejada que quiero llevar. Siempre me pasa.
Sin mirar busqué en mi bolso verde y ahí la encontré.
Click- emite el pequeño objeto.
Clack
Click-Clack
Click-Clack-Click-Clclak-Click-Clack
Una auténtica Click-Clack!!! – dije en voz baja y el que estaba sentado a mi lado me miró.
¿Creatividad minimalista o expresión de una profunda desidia nominativa? Podrían haberla llamado “Sujeta pelo”, “Hebilla sonora a presión” o “Despejador de rostro triangular”. Pero no! El objeto pasa a la eterna fama con un nombre que reproduce con absoluta fidelidad sus sonidos de apertura y cierre. Esa gente es del mismo grupo de los que le pusieron el nombre al “Tiki-taka” y al MagiClic. Claro que los del encendedor doméstico, son una corriente no purista de este movimiento de apasionados por los estímulos auditivos simples.
Ahora recuerdo haber leído en una de estas revistas un artículo sobre corrientes antagónicas y salvajes pujas intelectuales entre los eruditos encargados de ponerle nombre a las cosas.
"Nominalistas silvestres Vs. Nominalismo significante"- decía la nota de tapa.
Los primeros ponderaban lo acústico, y los segundos defendían fervientemente el uso formal del lenguaje. Sorprendentemente compartían el método de nominamiento. Un número impar de expertos se reunía en una sala despojada de estímulos y durante horas miraban o manipulaban el objeto en silencio. Finalizada la fase contemplativa, debatían, votaban y decantaba el nombre definitivo.
Creo que fue a comienzos de los 60 o a mediados de los 50, cuando intensísimas discrepancias políticas, quebraron la unidad de los Nominalistas Significantes. Dicen que a pedido de los hacedores de manuales de empresas automotrices, se reemplazó “Pequeño anexo ventana de tres lados con baja capacidad para la entrada de aire” por “Ventilete”. El cambio causó estupor en los sectores más conservadores y fascinación entre los más jóvenes.
Ése fue el comienzo de una cruenta lucha interna, que los hizo olvidar de plano a sus legendarios archi enemigos Silvestres o Acústicos.
El movimiento disidente atacó con fuerza a las bases históricas, acusándolas de bastardear sistemáticamente la inteligencia del consumidor, con el uso forzando del estilo descriptivo.
“Cepillo de dientes, abre latas, tableta mata mosquitos, tacho de basura, quita manchas, barre alfombra; son claros indicios de una tendenciosa maniobra discriminadora de las capacidades intelectuales de nuestra comunidad” – dijo el líder del movimiento revolucionario en un acto en la plaza.
Lo cierto es que gracias al hoy casi extinto ventilete, disfrutamos de palabras como manija, espéculo, bufanda, embrague o cuchara. Ellas me suenan a pura inspiración creadora……

-“A mí me toca?” -Qué rápido que pasa el tiempo acá.

Nota del autor: En este acto repudio a quienes hackearon mi post y agregaron una segunda línea a mi título original. Una corriente contemporánea, anónima y en intima relación con los avances tecnológicos, se dedica a la descomposición maliciosa de los títulos de artículos on-line. Pido disculpas a los lectores por no poder neutralizar semejante acto de vandalismo virtual. MFM

miércoles, 9 de febrero de 2011

Dom(é)st(í)cas

Apenas la segunda mujer se sentó en la mesa, quien la esperaba, le lanzó una enormidad de palabras. Se las arrojaba a intervalos mínimos, casi pegoteadas y a distintos tonos. Hablaba y decoraba esa verborragia incansable, moviendo sus manos, a un ritmo que no acompañaba el de sus dichos. Sus manos flotaban elegantes, amables, serenas, como parte disociada de esa mujer.

Gracias. Gracias por venir con tanta urgencia. No sé qué haría sin vos. Porque no es lo mismo hablarlo con otro. Vos, vos me entendés. ¿Me entendés, no? Las mujeres entienden. Y vos más que todas. ¿Sabes? Tuve pensamientos oscuros, bajos, casi asesinos….se pasó de la raya. Tuve miedo. Hay una raya. Una que es la que no se puede atravesar y ella la atravesó. Me desafió o ... Yo que soy tan, pero tan moderna, moderada, meditada, mmmia!! Esa casa es mía! Y ahí mando Yo! Si YO. Yo sola, yo y nadie más que yo. Yo soy la señora de la casa!

La segunda mujer retiro la vista de la carta de ese bar, la miró fijamente, acompañó la afirmación de su compañera con un sutil pero certero movimiento cabeza y volvió a sumergirse en esa lista gastronómica.

Lo dije…lo dije -y pareció por un segundo aliviada.
Yo soy la señora de la casa. “Señora” -dijo acentuando la S.
“Señora su vuelto” suelta la impertinente cajera de supermercado -esta vez eternizó el sonido de la Ñ.
“Señora, que va a llevar” dice el verdulero con ojos lascivos. “Se-ññño-ra!”. Por dios tengo un nombre -dijo entre dientes.


Hizo una pausa, y el silencio apareció como cosa novedosa en esa mesa de café. La segunda mujer, que ya había cerrado la carta, la miraba con los ojos entre cerrados, como cuando uno quiere distinguir una figura oculta en un dibujo borroso. Doce segundos después, la primera se enderezó en su silla, recogió su pelo con un broche y tornó su semblante hacia uno que parecía más reflexivo.

Tengo dos nombres y un apellido. Un apellido que no es mío, porque me lo dio mi padre. Las mujeres tenemos esos problemas. Tenemos un apellido, pero después nos dicen que es paterno. ¿Entonces tenemos o no tenemos? ¿Vos qué opinás? ¿Porqué me mirás así?

• No nada. El mozo no viene. Qué fastidio! Para ser un buen camarero hay que mantener la mirada por encima del metro ochenta. Autómatas mal intencionados, caprichosos y perezosos. Será que creen que eso los vuelve más interesantes. Por favor! Miran el más allá de la nada misma. Mirá la cara que pone ése. No mira…. Se me va a acalambrar este brazo de hacerle tantas señas…si no me trae un café ya, me muero… que necesidad que tiene de hacerme esperar?! Y lo del apellido es así. Que se yo…a mí el mío me gusta. Cuando me casé nunca usé el de mi ex. Ahí me vió.

Esa es otra cosa que me molesta. Las minas que se cambian el apellido cuando se casan. Una de las médicas del hospital desde que se casó con el jefe de servicio, firma las historias clínicas con el apellido de casada. ¡¿Podés creerlo?! Además la mina como médica es un animal.

• Los maridos no dan el apellido, lo prestan querida. Cuando te divorciás se lo tenés que devolver porque no es un bien ganancial. Para eso mejor no usarlo. Los padres lo regalan y listo. Si te lo dan, te lo dan de verdad, no hay marcha atrás.

También odio a las mujeres que llevan un regimiento de pibitos encadenados colgando del cuello. Verlas me da miedo. Niñitos de oro, sin cara… ¿Están enojados o tristes? - se sumergió en su silla y miró como desconfiada a su alrededor. Su vista apuntaba casi al piso con movimientos de izquierda a derecha.
Tal vez están furiosos y te ahorquen en una siesta. O crezcan, crezcan, crezcan hasta transformarse en muñecotes torpes y abrumadoramente cariñosos. Te quieren tanto, pero tanto…te quieren hasta aplastarte. De ahí viene eso de “Hay amores que matan.”

• A mí me caen simpáticas esas chicas. Detentan fertilidad. Llevan la prole del cuello. Es una buena metáfora, che. Nunca lo había pensado así. ¡Claro! Miles de veces hablamos del desgaste corporal de las madres con sus hijos, del agobio, del cansancio y todas esas sanatas. Pero ésto, ésto mon cheri, es la imagen misma de la cosa. Un reduccionismo visual maravilloso. ¡Estás hasta el cuello, Madre!

La despedí a Berta -pronunciadas estas palabras volvió a ser la mujer de las palabras pegajosas.

• ¡No! ¿A Berta? ¿Berta, Berta? ¿Tu Berta? ¿Qué pasó?! - y al acentuar la última de las vocales, sus ojos en nada se distinguieron de los de aquel mozo de bar.

Si. La eché, le dije que se vaya. Se lo dije friamente, con una distancia que nunca había puesto entre ella y yo. Porque esa casa es mía.

• Si ya dijiste lo de "La señora de la casa", “Se-ño-ra” y…- la otra la interrumpió.

Ella hacía todo lo que yo odio hacer, o lo que no quería hacer. Por eso no me importó pagar el precio que se paga cuando una tiene a otra mujer en la casa. Siempre pasa, en algún momento pasa. Siempre se transforman en una extraña rival. Con el paso del tiempo ellas saben más de lo que ahí sucede que una. Hasta la he llamado algún día del fin de semana para preguntarle donde había guardado alguna cosa. Pero eso no me importaba.
Infinidad de veces hacía oídos sordos a mis dichos. Ella no soportaba mis indicaciones o las contrariaba. “Berta vas a buscar esto a la tintorería” y se ponía a baldear el patio y bajaba a las dos horas. “Berta podés venir, por favor” y se hacía la sorda o la distraída. Siempre se las arreglaba para hacer parecer que las cosas las hacía por propia voluntad y no porque era su obligación como empleada. No sé… creo que eso tampoco me importaba.
Que se hiciera adorar por mi marido y mis hijas, no me importaba tanto. Ella mantenía una mirada altiva sólo conmigo, pero otras veces se dejaba aconsejar y me escuchaba atentamente con un dejo de admiración o agradecimiento. Ella…ella era como mi hija adolescente…con sueldo y horario de salida.

• No existen los hijos por hora. A Berta tenías que ponerle uniforme. Eso cambia la cosa, te lo dije mil veces.

Soporté sus desplantes, sus planteos de derechos delirantes, sus caprichos, insurrecciones, pero no pude soportar el día que se metió en ese cajón.
Los días antes a su despido me había convertido en un ser ajeno e incómodo en mi propia casa. Cerraba mi puerta con una extrañeza…algo no estaba nada bien. Yo me iba porque no quería quedarme a solas con ella. Qué locura! Huía de mi propia casa, no toleraba su presencia.
Tres días antes que la despidiera, salí de ducharme y me encerré en mi cuarto. Abrí el cajón y vi lo que nunca hubiera creído que podría llegar a ver.

La otra mujer detuvo su tasa en el aire, retuvo la respiración, clavó su mirada en los ojos de su interlocutora y se convirtió en piedra.

Mi ropa interior, mis BOMBACHAS, sí, mis bombachas estaban todas alineadas, ordenadas, separadas, acomodadas, toqueteadas con un riguroso y escalofriante pulcro orden. Estaban todas perfectamente dobladas. Acomodadas por color, una al lado de la otra. Había un criterio cromático en el orden. Del rojo al rosa, pasando por el lila, las negras, las blancas, las estampadas… Solo pude pensar en ella. En ella entre mis prendas más propias, tocándolas mil veces y tratándolas como objetos de valor.

• Siniestro…

Al tercer día, sin darle explicaciones las despedí.

• ¡Ahí vuelve el mozo! ¿Otro café?

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A contrapelo del cliché

viernes, 3 de diciembre de 2010

La moda no (in)comoda

Hace muchos años, un amigo me contó que alguien le dijo: “La moda no incomoda”.
Esa frase fue dicha uno de esos días de aplastante calor porteño. De ésos que no sabemos qué hacer con lo poco que llevamos puesto. El sujeto en cuestión, el amigo de mi amigo, andaba con unos jean bien pegados a sus piernas y borceguíes hasta las rodillas. Se me ocurre que usaba remera oscura y alguna tacha en su cinturón. Un autentico punk star que no encontraba razón para discontinuar su estilo por un detalle térmico.
• Una joven mujer, llegaba todas las mañanas a su puesto de trabajo en un hospital, perfectamente maquillada. Cinco años después de conocerla me dijo que su pelo lacio era producto de una sistemática labor matutina, al igual que el sombreado de sus ojos, la máscara de sus pestañas y la base que le daba esa apariencia tan tersa. Jamás mencionó la palabra “tedio” o “sacrificio” mientras me detallaba sus amaneceres beauty.
• Un hombre trabaja desde hace veinte años, con riguroso traje y corbata. Nadie lo obliga. Muy rara vez se saca el saco. Jamás se arremanga. Sus zapatos acordonados siempre están lustrosos. Nada parece afectar su imagen empresarial. Su temple atérmico le permite llevar este atuendo con total elegancia. No importa si esta helando o si el calor derrite el asfalto. Dicen que llega a su casa y en vez de arrancarse esas formales vestimentas, circula por su vivienda con una comodidad que desespera a sus acompañantes.
• Pleno invierno. Las jovencitas salen por las noches desprovistas de abrigo. Se ven bellas y sugerentes. ¿Para qué taparse u obstruir la mirada de los otros con un contundente sweater? Van livianas. Parecen ajenas al frío circundante.
¿La moda no incomoda?
Durante muchos años conservé en mi memoria el fragmento de una historia que me contaron en mis tiempos de colegio. Como tantos otros recuerdos, vagaba apaciblemente en la superficie de un desfigurado mar oniroide. Lo rescate de allí, uno de esos días donde no se me ocurre qué escribir y busco inutilidades en el Google. Abruptamente desperté de la modorra mental cuando el buscador lanzó sus resultados. La fidelidad con que conservé algunos detalles era sorprendente. El título era exacto, la lógica de la historia estaba inalterada.
Algo hizo que no olvidara ese texto. Tal vez la ingenuidad de suponerle un trillado final trágico, lo dejó como alma en pena del recuerdo. Yo había errado en mi joven conclusión y él quedó a la espera de ser re interpretado.
Se trata de la historia de un erizo que se automargina por suponerse espantoso. Alguien no especificado lo decora con bellos objetos, captando así la atención de todos los demás. Fascinado por la fascinación de los otros, el erizo se olvida de su subsistencia más básica hasta morir. (“La inmolación por la belleza” de Marco Denevi. Googleenlo).
¿Mi conclusión actual? Muere bello, esa fue su auténtica elección. Su elección de vida.
¿Estos sujetos padecen el frío o la incomodidad? ¿Sufren pero su satisfacción es mayor que el padecer? ¿Aman la molestia? ¿O se trata de una incomodidad que se activa en el espectador, al ver algo que lo inquieta en algún otro?
Por mi parte, en cuanto a la vestimenta siempre me consideré amante de la practicidad y la simpleza. Si algo incomoda, no se usa. Si algo requiere mucha atención, no se usa. Si algo me hace perder la libertad de movimientos, tampoco se usa. Entonces creía que me las arreglaba bastante bien con una moda que no me incomode.
Descansaba en este postulado hasta hace unos pocos días. En la cocina de mi querida amiga LuzMaríaNélida descubrí que la moda me incomoda fatalmente. Me sentí de traje, con borcegos y los pelos patéticamente erizados.
Tuve esa revelación mientras lavaba miles de hojas verdes de distintas especies. Rúcula, espinaca, radicheta y toda su parentela. Hoja por hoja, porque en esas cosas soy muy meticulosa.
Como somos gente moderna, nunca, ¡Jamás! faltarán de esos rejuntes verdosos en la mesa.
La mixta o la de chaucha y huevo, solo quedan reservadas para la intimidad del hogar. Vendrían a ser como las pantuflas o el joggings desteñido de la gastronomía. Ni que hablar de una jardinera con mayonesa!
Finalmente la moda me incomoda y me fastidia un poco. Pero el deleite con el que saboreo esa melange vegetal, logra barrer cualquier vestigio del fastidio pre comilona.
Ahora entiendo mi cara de espanto cuando veo a alguna de esas chicas desabrigadas desde mi auto híper calefaccionado. El frio es mío, no de ellas. Y aunque sientan las bajas temperaturas sobre su cuerpo, esos peatones nocturnos circulan sin reparar demasiado en ello.
Sus escasas vestimentas en las noches de invierno son como… mi sublime (e higiénica) ensalada de hojas verdes. Bueno, algo así…no sé si tanto.
Del make up a las tachas, del mundo gastronómico hasta la retórica, o de las religiones a la hipotermia nocturna; los caminos siempre estarán plagados de elecciones íntimamente personales. No hará falta atravesar el último de los umbrales como lo hizo el erizo. Finalmente, cada uno sabrá hasta donde es capaz de avanzar en la búsqueda de lo que cree más bello.

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A contrapelo del cliché

miércoles, 24 de noviembre de 2010

MuJeReS MaRCaDORaS (baños públicos II)


¿Por qué algunas mujeres dejan mensajes de amor en las puertas de los baños públicos?
Ellos jamás los leerán.
Ya he dicho que nosotras podríamos ingresar a sus baños, ¿pero ellos a los nuestros…? Salvo alguna invitación no santa, es impensable. Y en el hipotético caso de que alguno sea el feliz protagonista de esos infrecuentes encuentros furtivos, ni muerto malgastaría su tiempo en ese tipo de lectura (ni en ninguna otra, claro).
Un triste final para la efusividad afectiva. Mensaje sin lector, que se desvanecerá por la acción de algún limpiador cremoso.
¿Pero son simples declaraciones de amor de infortunada suerte?
De ser así, habría que suponer una autora torpe o de una estupidez inmanejable agravada por los efectos del enamoramiento. Un sujeto inadaptado con la compulsión a estropear la propiedad ajena.
Personajes de ese tipo, hay a montones. Muy posiblemente, ahora mismo anden dejando marcas en algún local de comida rápida. Estas pobres siempre serán unas marcadoras amateurs. Irreparablemente ingenuas, por no saber que para que el interesado lea, hay que escribir arriba de un mingitorio.
Las escribientes profesionales, las que hacen esto sin perder detalle, evidentemente son otras. Su objetivo, también es otro.
Los mensajes que ellas dejan, están engañosamente dirigidos a los hombres. Ellos son parte fundamental del asunto. Son el objeto valioso puesto en juego, pero en ningún caso van a ser su interlocutor.
El verdadero destinatario, son las otras. Las que usan los baños y cierran esas puertas escritas. Cualquiera de ésas podría ser una rival mal intencionada. Todas son sospechosas, salvo, las de la misma estirpe.
Parte del profesionalismo que las caracteriza radica en que son sumamente leales con las del propio gremio. Nadie mira al fulano marcado y en casos de fuerza mayor, responden con un solidario espíritu de grupo.
Entonces estas pinturas rupestres urbanas, podrían ser la sublimación del más primordial e inquebrantable empuje posesivo de estas féminas. Un tipo de dominio que no necesita ser detentado con gestos grandilocuentes, ni con aparatosos andamiajes bélicos.
Sin llegar a hervir un conejo, ejercen un certero efecto disuasivo sobre el resto del género. Escriben señales de advertencia. Marcas entre mujeres. No hace falta ser una de ellas para poder decodificarlos. Son auténticas declaraciones de guerra al portador, expuestas en los lugares más apropiados.
¡¿En los lugares más apropiados?!
Sin duda. Ya he dicho que estas mujeres son verdaderas profesionales, no?
Repasemos.
Los mensajes se dejan en las caras internas de las puertas de los compartimentos individuales de los baños públicos de mujeres. (Uf! Eterno como para ser una casualidad).
Una vez adentro, la falta de espacio dejará la puerta sobre las narices de la usuaria volviendo inevitable la lectura. Las desnudeces de las partes íntimas, irán evocando tácitamente otros usos de esos territorios corporales, guiando tendenciosamente la interpretación de esas líneas.
Hasta aquí tenemos una efectivísima entrada en tema en solo dos pasos.
Pero estas chicas, verdaderas estrategas, también basaron la elección de la locación en un dato estadístico. El 98 % de las mujeres que ingresa a un baño de uso masivo, adquiere la posición de “cuclillas flotantes sostenida” para hacer uso del inodoro.
El ánimo relajado tras el aliviante acto de la evacuación, una posición no apta para la lucha y la imposibilidad de escape debido al estorbo de las ropas caídas a la altura de la rodilla, dejan a la lectora en un estado de total indefensión.
Ese es el punto exacto donde el mensaje cobra un sublime valor intimidante.
Porque desde ahí se lee: “Ojo! Ése es mío. Capito” y a partir de ese momento la inmovilidad y la demora sanitaria se vuelven temerosamente inquietantes.
Se cree que la pertenencia al grupo de mujeres marcadoras solo está reservada a una elite de aguerrido entusiasmo posesivo. De madres a hijas se van transmitiendo oralmente los valores más emblemáticos del linaje. Desde los primeros días de vida, se las orienta bajo estos principios. Es como una marca congénita, una identidad, un estilo de vida incuestionable.
Actualmente, las camadas más jóvenes han revolucionado el originario statu quo, al ir abandonando los indelebles por no ser compatibles con la era del Touch-screen y el wi-fi. Si bien en los primeros momentos hubo una potente resistencia desde los sectores más conservadores, la armonía quedó restablecida y el espíritu reforzado, cuando las activistas ortodoxas descubrieron que un solo posteo en facebook equivale a de más 100 puertas escritas.
Nuevas formas de expresión, para una pasión incontenible.
A bientôt muchachas!

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A contrapelo del cliché

sábado, 30 de octubre de 2010

BaÑos PúblicOs



Encontrar en la puerta de un baño público símbolos que den cuenta de la diferencia anatómica entre los sexos, es un hecho que prácticamente escapa a la contingencia. Quien posee el dominio territorial de estos lugares, regula el uso, rotulando cada uno de los accesos.
El ser “público”, evidentemente es una ilusión. Los baños nunca son para todos. Hombres, mujeres, solo clientes, discapacitados, niños…dan cuenta que no son aptos para cualquier potencial usuario. De ser rigurosos, habría que nominarlos:” Baños (no para todo) públicos”.
Una vez adentro, las personas autorizadas para circular, serán fraccionadas en su menor expresión. Solo uno por cada artefacto receptor de desperdicios evacuados. En un pequeño reducto, que muchas veces es un espacio de paredes flotantes carente de un techo propio, se nos ofrece una privacidad fugaz o de gran fragilidad. La prueba más contundente, es la posibilidad de verle los zapatos al vecino y el gran déficit acústico que presentan en su mayoría.
Privacidad semi pública, nunca más que eso.

La estética de la divisoria sanitaria, si bien tiene la corriente clásica de los muñequitos de pollera y pantalón, cuenta con otras vertientes que rebasan ampliamente la cómoda simplicidad de los palotes.
Algunas almas de particular creatividad, colocan objetos que suponen típicos de cada género. La diferenciación suele tornarse un tanto engorrosa, cuando lo elegido tiene algún rasgo ambiguo. ¿Cuál es la puerta que nos toca? Cualquiera podría sentirse atraído por un tacón o un rouge rojo furioso. Igual sería el caso de las fotos de famosos. ¿Es lo que me gusta ver en otros? ¿Lo que uso cada vez? ¿O mi fetiche?
Para evitar la demora, lo mejor es abstenerse de los pensamientos que incluyan las condiciones eróticas de cada quién y guiarse por los clichés del sentido más común.
Los indicadores: “Hombre-Mujer” o simplemente la inicialización de la puerta, otorgan un mensaje un tanto más claro. Pero cuando se grafica esta diferencia con los típicos símbolos de género, se abre un nuevo enigma.
Ambos signos llevan un perfecto círculo. Distingue a la mujer una cruz y al hombre un vector que apunta a las alturas.
La redondez, quizá sea la ingenua ilusión de un cuerpo completo, cerrado y en funcionamiento. Lo unisex del cuerpo. La anatomía compartida. Todo lo que queda recubierto es indispensable para un óptimo funcionamiento, pero como no tiene brillo, se vela con una buena cubierta.
Sólo repararemos en nuestra interioridad si algo quebranta el anonimato y con sus ínfulas de estrella, nos sume en un tormento corporal. Los dolores podrían ser perfectamente el ensañamiento de algún órgano con baja estima. Una dolorosa demanda de atención que perturba el contorno amable de la circunferencia que envuelve el interior de la máquina.
El WC es un lugar donde estabilizamos nuestro globo corporal de las demandas corrientes. La circularidad vista en una puerta, nos invita recuperar nuestra feliz e ignorante esférica humanidad.
Pero, ¿Por qué habrán ubicado una cruz hacia la tierra para nosotras y un vector hacia las alturas para los hombres?
¿Será que estos son rasgos que dan alguna cuenta de ciertas consecuencias de nuestra anatomía?
El símbolo del hombre podría tomarse como una literal referencia a los fenómenos corporales del varón. Claro y sencillo. No hay incógnita a despejar.
En cambio lo femenino….nunca deja de ofrecer algún rodeo.

El cuerpo suele ser poco gentil con nuestro género a medida que van pasando los años. Llevamos una carrocería enloquecedoramente cambiante e imposible de mantener al margen de la erosión hormonal o ambiental.
Una corporeidad demandona, de secuenciadas incomodidades y retoques cosméticos periódicos.
¿Habrá sido por eso que eligieron la cruz para distinguirnos?
No lo creo. Generalmente contamos con un estado de resignación tan radical, que muchos de los tediosos menesteres femeninos quedan reducidos a rutinas automáticas de cumplimiento obligatorio. Este efecto de pragmática despersonalización nos alivia y nos salva de eternizarnos en la queja.

Quizá la cruz que carguemos sea la de compartir estos espacios con un sinnúmero de desconocidas. Las largas colas para entrar en los cubículos con inodoros, son la plomada que recae sobre nuestros cuerpos urgidos por la necesidad.
Ante una demanda unisex, el espacio exclusivo para mujeres nos enfrenta a nuestras peores miserias.
Somos poco generosas y no tenemos un espíritu solidario. Maldecimos a la que se demora, pero cuando llega nuestro turno tomamos revancha sobre las que quedan detrás. Nos zambullimos en la eternidad temporal del sin apuro, disfrutando de una venganza solapada y caprichosa. Finalmente no han sido ellas las que nos han demorado, sin embargo, nuestro mal gesto es igualmente legítimo. Ellas son futuras demoradoras y en todo caso…con alguien debemos descargar la ira.
Una vez logrado el ingreso al cuartito de la necesidad, dedicamos tiempo a detalles de los que tranquilamente podríamos ocuparnos a la vista de las otras. Acomodarse la media, ajustar un cinturón o alinear un vestido no requiere de la soledad de nuestra mirada. Somos irremediablemente cretinas en esos momentos.
Todas sabemos del juego y entonces…¿Quién no se ha colado alguna vez en un baño masculino?
En eso los hombres son más ligeros. La flecha también podría ser sinónimo de un movimiento efectivo y directo.
Nunca hay cola en los baños de ellos y la dualidad de opciones que ofrecen sus baños, lejos de complicarlos en disquisiciones, les agiliza el trámite.
¿Será por eso que cada vez que detengo mi auto en la ruta para hacer uso de algún área de servicios, repito mil veces para mis adentros: “Dios santo por qué no habré nacido hombre!!”?

lunes, 6 de septiembre de 2010

Sedán vs. 5 Puertas

El murmullo general del lugar era un zumbido homogéneo a los oídos de los presentes. La inercia acústica que inundaba el bar ofrecía una especie de limbo temporal. Imposible hubiera sido calcular, que una voz tuviera el poder para romper con esa amable monotonía sonora.

-¿Sedán o 5 puertas? ¿Lo decís de verdad? Un auto es la versión mecánica de nosotros mismos. Es nuestro fiel reflejo. ¿Acaso no es la proyección de nuestro propio cuerpo?
(Dos de la mesa asintieron con un gesto).
El sedán es la muerte segura de la juventud. Un 5 puertas es todo lo contrario. Emana energía, es ágil y dinámico. Da cuenta de un espíritu joven que puede despojarse de las cargas innecesarias y circular con liviandad por la vida. Es como decir: “Yo puedo andar sin esa caja trasera. Mi auto termina acá y punto”.

(Apenas pronuncio la última palabra, el que estaba sentado a su lado replicó con fervor).
-¡No entendés nada! Las puertas son para que entren las personas, no un bolso. Un auto es con baúl. Lo otro es un resumen a bajo costo que no tiene ningún sentido estético. No tienen buen porte. Son visualmente incompletos. Es como comparar una cochera fija cubierta con un espacio guarda coches compartido. No hay duda a la hora de elegir.

(Continuó la primera voz).
-El monovolumen es la solución que encontraron las almas jóvenes frente al crecimiento familiar. Sería algo así como… cargar la prole sin resignar espíritu.
El sedan viene después de los 50, nunca antes de eso. ¡El baúl es la fosa de nuestros años vigorosos! Ese anexo, es un lastre que marca el comienzo de la declinación de la potencia…
¿Acaso no se te empezó a caer el pelo después de comprarte ese lanchón?

Cuando ya parecía recuperada la sobriedad auditiva, quien aplastaba terrones de azúcar con las llaves de su auto, levantó por primera vez la vista. Enmudeció a los que hablaban con su mirada y lanzó una estrepitosa carcajada que instantáneamente rebasó los límites de esa mesa, abarrotando de ruidos el silencioso salón.
Pulicado en Odradek
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A contrapelo del cliché

martes, 17 de agosto de 2010

Golpe Bajo

Se sintió desolado. Su mirada perdió la pasión que la caracterizaba y se torno opaca. Abruptamente lo invadió una pesadez corporal que lo dejo exhausto, casi desvitalizado.
Siempre se había sentido incrédulo. Llevaba como bandera la idea que nadie era enteramente de confiar. Nada era supuesto. Ni los padres amaban a los hijos, ni los hombres a sus mujeres, ni los socios bregaban por un beneficio común. Sabía que hasta la mujer más amorosa podría hundirle un puñal a sus espaldas sin remordimientos por el amor presente o pasado.
Mucho menos creía en esas cosas que alinean a las muchedumbres. No tenía religión ni ideales políticos. Descreía plenamente de los que se llamaban solidarios u ofertaban sin pedir nada a cambio.
Era hombre de negocios en casi todos los aspectos de su vida. Efectivista, directo, pragmático. Se orientaba por su no creencia generalizada, a la que atribuía cada uno de los logros de su vida pública.
A contrapelo de su costado floridamente cínico escondía una fe ciega en unas pocas personas. Eran el núcleo mas profundo de sus amistades. Unos a los que respetaba y amaba con carácter casi sagrado. Ellos constituían su único punto de confianza. Allí descansaba de sus andamiajes defensivos, convencido de la honorabilidad de los hombres, del valor de la palabra dada y de los espíritus que jamás se doblegan ante las dulces tentaciones de la traición. Esos pocos eran su patria.
Un día cualquiera, durante una conversación sin importancia, supo que ésos con los que se sentía hermanado, se habían regodeado con los goces de una oratoria frívola sobre los penares de su vida. Sólo él reparó en lo impropio de esa escena que estratégicamente lo había excluido. Se sintió herido de muerte.
Su familia elegida, su núcleo irreductible, lo habían traicionado en ese obsceno festín verbal que ofrecieron a gente extraña. Lo expusieron irresponsablemente al vulgo de los lugares profanos sin siquiera intuir lo que estaban haciendo.
Ahora sí que no creía en nada.
(Publicado en ODRADEK Agosto.)

http://www.odradek.com.ar/

viernes, 6 de agosto de 2010

TERAPEUTICA PORNO


Caminar por Av. Cabildo es una experiencia cargada de estímulos. Componen el paisaje un montón de marquesinas arrancadas por las cuadrillas del gobierno, puestos ambulantes, transito infernal y el eclecticismo de las interminables vidrieras. Si a esto le agregamos un conglomerado de peatones desordenados ya tenemos una postal habitual de la zona.
Yo, como tantos otros atravieso sus cuadras abstraída del entorno. Conecto con los demás lo estrictamente necesario como para evitar la colisión sin fijar la vista en nadie.
Ese día pasé por uno de los puestos de diarios y la vi. No se porque, pero la vi y me detuve frente a ella.
En una ampliación de tapa de revista estaba esa joven de cuerpo perfecto. Ostentando su absoluta falta de marcas del fatídico paso del tiempo, posa contra natura, con una actitud majestuosamente lujuriosa.
No muestra, exhibe. Y lo hace de un modo que me resulta bastante abrumador. Su gesto también abruma.
No era la primera vez que veía una de esas imágenes. La avenida esta plagada de kioscos y la mayoría de las revistas muestran en sus tapas chicas con muy poca ropa. Siempre es posible encontrar bizarras discrepancias entre las frases entrecomilladas y las fotografías. Parece ser que lo despojado de la vestimenta es proporcional al uso de la confesión pública.
¿Será que en estos tiempos algunas mujeres elaboran sus duelos posando en tangas translúcidas?
¿Cuándo fue que se puso de moda este afán de querer decirlo o mostrar todo? -Como si fuera posible atrapar la categoría de lo “TODO”!!.
Tal vez, diez o quince años atrás esa foto estaría cubierta de rayitas negras censuradoras o de un plástico oscuro que no permitiría ver más que las caras de las extasiadas modelos de las misteriosas revistas XXX. Hoy es un poco difícil toparse con una de esas cubiertas opacas, los velos están pasados de moda. Casi nada queda librado a la imaginación del espectador. La agonía de lo sugerente deja todo a plena vista. Mucha carne expuesta bajo cualquier excusa y a cualquier hora del día.

Vuelvo a la escena.
“¿Estará cómoda esta chica?” me pregunte.
Algo me distrae justo cuando empezaba a sospechar que después de esa pose quedo absolutamente contracturada.
Alguien me observa. Bien! Un caballero de mediana edad. Intentando contagiarme de una pizca de la audacia que derrocha la chica de tapa, doy un cuarto de vuelta para mirarlo.
Patética me siento cuando compruebo que no es a mí a quien mira. Sus ojos me atraviesan como a un vidrio en estado de perfecta limpieza para fijarse en las curvas de la contorsionista. Caramba! Que ingenua fui.
Cambio mi posición y como para pasar desapercibida (como si lo necesitara frente a semejante joven voluptuosa) ojeo una revista de modas. Mi real objetivo son los hombres que pasan frente a esa imagen.
A la gran mayoría, esa foto les captura la atención. Algunos hacen una pausa para observarla de cerca. Los que van acompañados de otro comentan, se ríen o comparan. Quienes andan con sus parejas disimulan, quizás más tarde busquen la portada en Internet desde sus oficinas.
Descubrí lo poderosas que pueden ser estas imágenes y me asombre al comprobar que dejaba a un costado la automática pena burlona que me despertaban esas mujeres.
Los veo viendo y noto en ellos un fenómeno sorprendente.
¿Qué es lo que sutilmente los transforma?
Me aventuro a decir, que muchos de los que pasaron por ahí, creyeron que esa chica de extraña pose que muestra todo a la vez; es verdaderamente eso que les oferta. Ella es sin dudas una experta vendedora de ilusiones que les dedica, a cada uno en secreto y públicamente a todos los que componen ese género, lo que ahí deja ver.
Sonríen, sus miradas cambian…a muchos se les modifica el gesto. Sus rostros parecen más amables.
Ella también les ofrece un resarcimiento por esos años jóvenes de tiranías de rayitas prohibitivas o de frustrados anhelos de oscuros protectores rotos que habiliten al ojo curioso. Triunfan sobre el pasado impedimento plástico XXX, se vuelven victoriosos y libres de tomar prestado un cuerpo entero para sus más floridas fantasías.
Conclusión: esta chica tiene un poderoso efecto terapéutico en los espectadores masculinos. Flash terapéutico!

Posiblemente algunos de esos hombres también se pregunten sobre la utilización irrestricta del recurso de la poca ropa en los medios de comunicación, los límites de lo privado o las mostraciones obscenas. Tal vez otros simplemente no encuentren conveniente que estas imágenes estén a centímetros de las revistas para colorear de los más chicos.
¡Ojo! que no hablo de moralinas de espíritu pacato, sino de detenerse a pensar sobre una tendencia que irrumpe de manera excesiva y desordenada. Sin embargo, en el instante que la ven, parecen recortados de sus cotidianeidades. No importa si son 20, 90 o 3 segundos. Parecen disfrutar de algo así como unas brevísimas pero inmejorables vacaciones mentales.

¡Bravo contorsionista!

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viernes, 4 de junio de 2010

Mami mata onda. (Madre es otra cosa)


Las generalidades, cuando son verdaderamente generales pueden ser enteramente soportables. Si la generalidad es conciente de su estructural limitación, convertirá esa ceguera ante los rasgos subjetivos congénita en un poderoso espíritu de grupo, clave para su buen funcionamiento. Sólo así podríamos descansar en la masa acompañados de un numero indefinido de anónimos (o no tanto porque en algo se nos parecen), sin temor a quedar atrapados en un mazacote de subjetividades imposibles de diferenciar.
Un conjunto que agrupe basándose en uno o algunos pocos detalles, es sin duda un recorte arbitrario y limitado, que en sí mismo no es ni bueno ni malo. Son categorías de gran practicidad para ser usadas como referencias o para darle énfasis a nuestros dichos con la enorme casuística que parecen abarcar. Gloriosos podríamos cerrar una exposición pública diciendo: “…..a modo de conclusión podría decirse que todos ellos son…” o en un ambiente menos formal, “Todos parecen cortados con la misma tijera, no hay duda!”. Este final le da potencia a nuestros dichos y el interlocutor (si lo decimos verdaderamente con convicción) queda preso de un tremendo golpe de efecto que podríamos elevar a la condición de inolvidable, si apenas terminamos nuestro enunciado nos salimos estratégicamente de la escena sin darle ninguna posibilidad de derecho a réplica.

Si hiciéramos el ejercicio de enumerar cada uno de los grupos a los que pertenecemos, seguramente la lista sería inmensa. Sin duda podríamos incluirnos entre los que comparten nuestra actividad profesional, los que son fumadores o los amantes del aire limpio, los de tendencia progresistas o los que parecen conservadores. También se puede pertenecer a la rúbrica de las minas fáciles, las mojigatas, los gay, las histéricas, los hombres que sólo quieren eso (como me decía mi madre), las de cuarenta divorciadas, los ovolactovegetarianos, los usuarios de facebook o twitter…
Ser parte de estas colectividades nos genera una sensación siempre ambivalente. La masa, con su inevitable efecto de homogeneización, arrasa con muchos de nuestros rasgos mas distintivos y al mismo tiempo, nos brinda seguridad al sentir que no andamos totalmente descolgados en la vida, que podemos amucharnos con algunos semejantes; aunque más no sea, en el casillero de “otros” o rarezas inclasificables.
Entonces, la tensión entre sentirse un ser excepcional y el no querer estar en la soledad de la exclusión, no es más que el folklore propio de los grandes conjuntos, que nos hacen sentir a gusto con la pertenencia, aunque no plenamente, porque siempre hay algo que nos incomoda de continuo.
Hasta aquí generalidades que invisibilizan un poco, sin borrar del todo los límites entre sus partes.
¿Pero que pasa cuando a la generalidad se le va la mano con la goma? Será entonces cuando surja lo que para mí es una real molestia.
Fervientes partidarios de suponer que es lo mismo la parte que el todo, se tragan la distinción entre el uso del singular y el plural manejándose por la vida como si cada una de las partes fuera idéntica al cúmulo de rasgos (híper esteriotipados) que se le supone a la totalidad. Este torpe proceder podría nominarse “Uso abusivo de la generalidad”, “Caída de la honorabilidad en una generalización” o “generalizaciones de tinte megalómano”. Como máximo exponente de ello tenemos al ultra rococó, empalagante y devorador de intelectos femeninos “grupo de las Mamis”
Hace unos cuantos años, suponía que todas las mujeres con hijos formaban parte de un club, que como membresía exigía pagar con pedazos de lucidez femenina. Me parecían un conglomerado de mujeres monotemáticas, mortificadas por el significante madre, que causaban en mí, efectos similares a los que padecería un fóbico si lo confrontáramos con su objeto tan temido.
Sin embargo, tuve la suerte, de encontrarme con una que no encajaba en esa serie. Ella era vecina de mi depto de soltera. Una mujer que promediaba los treinta, madre de dos niños, dueña de un estilo sencillo y al mismo tiempo moderno. Hermosa para mí gusto, divertida e interesante en sus dichos. Cada vez que bajaban por las escaleras la observaba moverse; relacionándose con esos dos que no alcanzaban los 6 años, de manera clara, simple….se me ocurre también decir liviana y ágil. Ella resquebrajó mí postulado “ser madre mata cualquier onda”, pero ni aún con la fascinación y el asombro que me causaba, pude extirpar de raíz el malestar ante las otras.
A medida que ese mundo se volvía más próximo, me fui resignando con pleno aburrimiento a formar parte de conversaciones sobre lactancia, marcas de pañales, debates óleo vs. toallitas, sueños interrumpidos o complementos alimenticios. Con algunos saberes prestados, me esforzaba por no ser excluida a causa de mi inexperiencia en esos menesteres o por el fulminante sopor que me producían esos diálogos transcurridos los primeros diez minutos. Permanecía cercana, sosteniendo la ilusión ser testigo del resurgimiento de las singularísimas marcas que alguna vez había visto en esas mujeres y que en ese momento parecían haberse evaporado.
Cuando me llego el momento, me sorprendí al comprobar todo el esfuerzo que hay que hacer para seguir sosteniendo los intereses que están por fuera de ése que recién llego a nuestras vidas. Habrá que atravesar esos primeros tiempos donde tenemos la certeza que el universo se ha puesto en nuestra contra, ir más allá del cansancio eterno, del persistente olor a vómito en nuestras ropas y de ese poderoso romance con nuestro hijo, para dar batalla y no morir en el intento de hacer convivir ese novedoso estado, con aquello que hasta el momento de la maternidad, también nos apasionaba.
Nos dejamos llevar un poco y nos adormecemos con canciones de cuna, en unos sueños que sólo serán amables si dejamos el reloj despertador en manos de esa Otra, dueña de nuestros antiguos jeans, que aún puede desear más allá de su ser madre.

Es cierto que los tiempos modernos fueron incorporando lo femenino a la maternidad y ya no hace falta vertirse como niña de orfanato cuando una va armando a su hijo intracorporalmente. Sin embargo, en niveles que creo bastante más complejos que el de la indumentaria, los fundamentos que sostienen la “Mami doctrina”, exceden los límites de su propia comunidad, avanzando sin miramientos sobre integrantes de otras parroquias. A esa que es extranjera, le aguardarán no sólo las luchas con sus propios fantasmas y culpas, sino también el tener que soportar los embates de la imbecilidad ajena.

Para algunos, que una mujer esté embarazada es razón suficiente para reducir toda su existencia a su estado grávido. No hace mucho tiempo, una que se parece a mi antigua vecina, asistió dolorida a una guardia médica con un evidente embarazo en curso:
-“Me duele mucho acá” decía y acompañaba su queja con algunas especificaciones que creía eran pertinentes.
–“No, no, no….hay las primerizas…!.” Respondía sordamente la agente de salud hasta que la insistencia de ésa que estaba encinta (que además portar con un hijo en su vientre era poseedora de un apéndice) logró sacarla de la idiotera. Tuvo que soportar ese irritante forcejeo para convencerla que verdaderamente estaba doblada del dolor y le habilite el acceso a la asistencia médica que necesitaba con urgencia.
Casi en la misma línea, aporto una experiencia personal.
Una instructora de matronatación, observa la siguiente escena: a pocos metros de distancia de mi hijo, lo llamo dos o tres veces por su nombre. Él no contesta, no me dirige ningún gesto. Parecía fascinado ante la aparición de un gato que caminaba sobre el techo transparente de la pileta.
-“Mami no te angusties, vos para él sos lo mas importante” me dice sin que yo siquiera la haya visto acercarse.
Terminamos esa clase y salí de ese agobiante natatorio con la convicción de nunca más volver. Ya estaba agotada de que mi nombre sea reemplazado por el “mami” generalizado y de estar en contacto con gente que creía que una madre tenía grandes posibilidades de desestabilizarse emocionalmente, si su hijo prefería mirar a un elegante gato en las alturas que a su progenitora, luciendo un espantoso gorro de baño con al piel enrojecida por las altas temperaturas de esa agua caldo.

Cada vez que veo algo en exceso se me impone la idea que detrás de tanta cosa algo resulta insoportable o inexistente.
¿Quién dijo que a todas les emociona la posibilidad de ser madres o que estar embarazada es el estado más pleno?
La maternidad podría tomar tantos significados como mujeres hay en este mundo. Podrá ser una elección de vida, la más importante y absoluta o una entre otras de relevancia; podrá ser un castigo, un fenómeno redituable, la encarnación de un gran amor, o lo que dispare un brote psicótico.
Somos seres parlantes que por estar estructuralmente atravesados por el lenguaje, perdimos todo aquello que en otras especies se conoce como instinto. Nada hay del tan promocionada “instinto materno” en las mujeres, es puro bla, bla, bla para obturar lo angustiante que se desprende de la inexistencia de un reflejo de cuidado o alojamiento innato hacia un niño. Los fenómenos corporales pueden activar funciones vinculadas a la maternidad, fundamentalmente esos que están relacionados con lo hormonal, pero aún así, tampoco escapan plenamente a la subjetividad de ésa que acaba de parir.
El general Mami´s Club podría ser perfectamente el nombre de un grupo de autoayuda, dirigido a personas que no soportan la angustia de que en esto de ser madre, tampoco hay nada garantizado.

Dependerá de la elección que se tome, ser capaces de acompañar a los hijos por la carretera donde advienen los sujetos libres o dejarlos circulando por calles de tierra, arrastrando el peso de los temores ajenos.

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