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martes, 17 de mayo de 2011

Veladas Cristianas

Me detenía ahí. Antes de entrar. Justo delante de la puerta de doble hoja. Ahí, donde terminaban los escalones que me separaban de la vereda. ¡Ahí! Justo ahí me detenía. Estorbaba el ingreso de otros, pero igual me detenía.
Miraba al cielo, recorría de izquierda a derecha, de derecha a izquierda el trozo de vereda que se dejaba ver desde mis alturas, repasaba los datos temporales básicos -los repetía hasta memorizarlos- y entraba con pasos ligeros.
Daba igual que fuera verano, media tarde, primavera, lunes, feriado o madrugada de jueves… en esos adentros el tiempo se convertía en una pegajosa continuidad indiferenciada. Por eso me era absolutamente indispensable realizar ese ritual orientativo. Con los años fui perfeccionando el método hasta hacerlo inadvertible para los demás. Mis padres adjudicaron las entradas sin pausa como un gesto de buena voluntad, como una silenciosa aprobación a sus extrañas prácticas. El entusiasmo que los invadía cada vez que atravesaban ese umbral les impedía sospechar de mi resignación aburrida y mi crónica incomodidad.
Una vez adentro la idea de la “Eternidad” que tanto pregonaban parecía tomar consistencia. Tenía mis valiosos cálculos de entrada y distintos métodos rudimentarios para partir el conglomerado de tiempo en unidades cuantificables. Eso me mantenía un poco ocupada durante mis largas esperas. Los primeros tiempos había intentado dormir, pero nunca logré hacerlo. Las imágenes que estaban diseminadas por esa iglesia semi oscura, nunca me resultaron de confiar como para entregarme al descanso. Secuencias de un hombre camino a una salvaje tortura, bebés de miradas intensas, campesinos o mujeres con aura; se recortaban en esa penumbra. Parecían estar al acecho de algo que nunca pude descubrir y para ese entonces estaba segura que cobraban vida a mis espaldas. Yo no les estorbaba. Supongo que se acostumbraron a mi presencia semanal y mi deambular no les interfería en sus asuntos. Eran benevolentes conmigo y eso me resultaba aliviante. Estar en paz con los habitantes del lugar era un elemento indispensable, no puedo ni imaginar que hubiera sido de mí si no les hubiera caído en gracia.
Corrían los ochenta. Mis padres sufrían el furor de una fe cristiana progresista mal vista por los creyentes ortodoxos. Revolucionarios, adoradores de los antiformalismos ceremoniales, estaban en los márgenes de la vida cristiana convencional. Eran un grupo sin propaganda. Eran éso que se esconde, pero que irremediablemente existe. El grano desaforado de la fe cristiana.
Los encuentros eran los viernes o sábados por la noche. Se reunían siempre en la franja horaria del limbo gastronómico. Tarde para meriendas pero temprano para cenas. Hora donde las iglesias cierran su jornada pública porque ya no se brinda ningún servicio al feligrés. Esa deshora, era la hora perfecta para estos fans de los canticos con panderetas, palmas y alaridos. Nada apto para todo público.
Oraban en ese centro religioso helado en los inviernos porteños. Parados uno al lado de otro, cerrándose en un círculo humano, se desprendían de sus cuerpos. Estado de pura espiritualidad -como lo llamaban- o inquietantes cuerpos despojados de racionalidad –como ahora los recuerdo. Abandonaban el ejercicio del pensamiento corriente, cerraban los ojos o mantenían una mirada extraviada en ese centro vacío. Algunos realizaban pequeños movimientos rítmicos con sus cuerpos, leves espasmos o prolijos vaivenes.
Emitían ruidos onomatopéyicos, constantes murmullos monocordes hasta que un alarido rompía esa frecuencia. Un estridente “gloria” o “aleluya” aparecían como las únicas palabras comprensibles de toda esa velada. Eran palabras poderosas y altamente efectivas para el entusiasmo grupal porque siempre lograban enardecer al resto. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!! Gritaban todos a distintos tiempos mientras elevaban sus brazos y colocaban sus manos como para recibir algo que les caería del techo. Los que llevaban más tiempo en el grupo acompañaban sus dichos con movimientos elípticos de cabeza. Eso recreaba la imagen del trance perfecto -y un envidiable equilibrio corporal. Luego otra vez el bzzbzzz que los volvía a la calma.
Me aterraban porque me hacían sentir como esos personajes de películas catástrofes, donde un pobre infeliz se esconde de una horda de zombis asesinos que lo quieren de aperitivo.
“¿Estarán acá?” Esa duda me acompañada cada vez. Si yo hubiera irrumpido en el medio de ese saloncito, no me hubieran notado. Ellos no estaban acá, o ahí. Y yo estaba sola, en una iglesia vacía a horas verdaderamente extravagantes como para practicar cualquier fe religiosa. Entonces los miraba escondida desde la puerta o deambulaba por el salón central con absoluta libertad. Me corrijo, no estaba sola. Las imágenes me acompañaban, ellas me resultaban bastante menos inquietantes que mis padres y sus amigos.
Algunas veces jugaba a manipular las penas ajenas. Mi rincón favorito era el de las velas, a la derecha de la puerta principal, en la esquina contraria al cuartito oratorio. Alineadas en un cajón metálico de unos diez centímetros de profundidad y con una base diseñada para clavarlas a distancias regulares, se alzaban las velas de las peticiones. Pararme frente a ese portapenas me causaba una sensación muy particular.
Yo era dueña del devenir de las peticiones ajenas. ¿Acaso Dios escucharía los reclamos de los fieles que llegaban sobre la hora de cierre? ¿O los castigaba dejando sus suplicas a merced de una niña aburrida? Yo podía apagarlas, volver a encenderlas, cambiarlas de lugar y hasta comerlas. Yo era el filtro de Dios, eficiente como esas secretarias que ahorran estériles conversaciones telefónicas a sus jefes.
La noche que se me ocurrió comer una vela, las oraciones se demoraron más de lo habitual. Era la primera vez que se hacía tan tarde. Ya no estaba dentro del limbo gastronómico. Mi cuerpo y algunos de mis más certeros cálculos, indicaban que transitábamos la franja horaria de la cena. Mi necesidad alimenticia no tenía interlocutor y de mis tripas sonoras surgió la gran idea de ingerir el objeto con una doble finalidad. Por un lado estaba lo netamente orgánico, tenía hambre y algo tenía que comer. Por el otro, experimentaba por primera vez en mi vida, una voraz sed de poder. Estaba ante la posibilidad de lo que consideraba una enormidad. Ya contaba con la facultad de apagar o manipular pedidos ajenos, pero en ese momento se abría la majestuosa posibilidad de engullírmelos a mi total antojo.
Elegí la que me pareció más larga. Para ese entonces mi malicia era previsible. El castigo recaería sobre el último que pidió algo, sobre aquel que creyó que cerraba el día con su súplica en trámite. Ahora creo que hubiera sido mejor tomar cualquiera de ellas, sin criterio, por azar. Que no existiera lógica en mi elección dejaba a los pedigüeños sin garantías, y éso hubiera incrementado mi sentimiento de omnipotencia a un nivel exitante.
Lamentablemente el asco no me permitió realizar la experiencia, justo cuando estuve a punto de partir esa vela con uno de mis molares. El sabor de la cosa me impidió seguir con la ingesta en el mismo instante donde vislumbré que Dios limitaba mis ansias de poder vía un revoltijo estomacal. Cuando la nausea se evaporó, me invadió un enorme sentimiento de pequeñez.
¡Menudo chiste el de Dios!
De los diez a los trece o de los nueve a los doce había sido condenada a sostener una pasiva vida religiosa. Así como algunos aspiran humo ajeno, yo participaba de un cristianismo vanguardista en manos de dementes religiosos.
En fin, Dios obra de maneras misteriosas.

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miércoles, 12 de enero de 2011

De MoscCas y amoNíaco

Estoy solo y a la espera de mi verdugo. Hace días que huelo mi muerte.
Todo este tiempo estuve oliendo a muerte ajena. Los cuerpos despedazados, los moribundos, la sangre seca huelen distinto. Huelen a moscas. ¿Alguna vez estuvieron en un lugar lleno de moscas? A muchos les da asco o el aturdimiento los hace escapar antes de poder sentirlo. Pero si uno se detiene en medio de esos enloquecidos insectos y espera, se huele claramente su olor. Mi muerte no huele a moscas. Mi muerte huele a amoníaco.
Hasta hace muy poco, vivía con las tripas revueltas, temblaba por las noches e intentaba contagiarme ese espíritu patriótico que ostentaban algunos de mis compañeros. Canté como soldado, defendí a mi patria como soldado y hasta me gané el respeto de mi superior la noche de la emboscada.
Hoy sé que esa ridícula parafernalia militar no fue más que un intento de arrancarme el miedo y mi acto heroico fue pura suerte. Acá la patria es una construcción hecha entre un montón de tipos aterrados, que necesitan creer en algo. Un placebo, como las pastillas rosas que tomaba mi abuela cuando se la comió el cáncer. La vieja hasta mejoró unos meses creída que esa nada la estaba salvando. Qué suerte la de la vieja! A los sesenta y tres días se descompuso y creyó que moría de cualquier otra cosa.
A mí ya no me importa si esto tenía que ser así, o si mi suerte debía ser otra. Estar en este agujero es lo más real que me pasó en la vida. El olor a amoníaco me energiza, me despierta y me vuelve maníacamente otro. Ya no temo a nada, porque estoy muerto. Y estar muerto me vuelve valiente hasta lo imposible.
Para los que ahora vienen soy una miarda a la que temen. Estoy solo, sucio y no pruebo bocado hace días. Yo soy su maldito infierno. Un pobre tipo que resiste en soledad, sin ninguna posibilidad de sobrevivir, pero que resiste. Nadie quiere matar a un fulano que se les parece. Cualquiera de ellos podría ser yo. Y la verdad es que yo, de alguna manera, agradezco no tener que ser ellos.
Al saber que nadie iba a venir por mí, pensé en quitarme la vida. Pero pasó que cuando estaba repasando mentalmente mi técnica suicida, el olor a moscas se transformó en otra cosa. El amoníaco fue como una revelación, me aclaró el pensamiento, borró los dolores y me sació el hambre. Ahora Yo soy amoníaco y tengo un objetivo claro.
Creo que no dejé nada atrás, me deshice de todo antes de venir para acá. No hubo amores y los grandes amigos quedaron reventados bajo fuego enemigo al tercer mes de llegar. Sólo queda mi madre. Pero posiblemente ya este acabada por la pena. Ha sido una gran madre, pero yo ya no soy ése que ella cree. Igual, finalmente que a uno lo llore la madre no es un gran mérito. Las madres siempre lloran o recuerdan a sus hijos por más cretinos que ellos sean.
Mi último o mi único gran acto está por sucederse. Voy a esperarlos. Voy a parecer rendido, eso los obligará a detenerse porque no se puede matar a un infeliz desarmado (Bah… se puede, pero no se debe). Durante esos segundos, ellos me olerán y entonces me reiré. Me reiré como desquiciado hasta llenarlos de espanto. En ese instante, miraré fijamente a los ojos al que parezca más aterrado, para lanzarle una frase que no va a olvidar el resto de su vida. Diré algo que no se entienda pero que suene a maldición, algo que lo aterre aún más y lo haga caer en la trampa de matar al que tiene la solución del enigma.
Creo que esta es la escena de una película que ví alguna vez o tal vez...No! esta es una de las revelaciones de mi estado amoníaco! Sí. Estoy seguro!
Cuál es mi último deseo? Que el que me dé muerte sobreviva a este infierno. Quiero que mi risa y mi frase ridícula lo acompañe por el resto de sus días. Sólo así voy a sentir, que algo de mí queda en este mundo y que sin mí, ese hombre, nunca va a encontrar paz.
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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mi parte + tarada

El sobresalto de un mal sueño la despertó de madrugada, dejándola en un duermevela hasta que sonó el despertador. Una frase, resto de ese estado onírico, rebotaba enloquecida en su cabeza.
Siete horas más tarde, se sentó en un bar y escribió: MI PARTE MAS TARADA.
Quedó con la mirada fija en esos caracteres, como si contemplara un órgano que había arrancado de lo más íntimo de su cuerpo. Lejos de espantarse, esa exterioridad le causó cierto alivio.
Leyó y miró.
La frase le hacía creer que su taradez tenía límites. Seguramente le resultó alentador saberse no-toda tarada.
Volvió a leer y arribó a otra conclusión. El fragmento destacado de su idiotez, era un recorte definido del conjunto de su taradez ordinaria. La taradez corriente contenía un núcleo concentrado. Una elite tarada bien limitada.
Justo cuando empezaba a pensar en lo equívoca que le resultaba la palabra “limitada”, llego el camarero.
Pidió lo de costumbre y volvió a sus cavilaciones.
¿Cuál sería el contenido de lo radicalmente tarado?
Claramente algo le impedía el acceso a esa información. ¿Y si sus fragmentos no-tarados eran una minoría inoperante?
Leyó una vez más y se agitó.
¿Y si en vez de ser una parte interna fuera su parte más expuesta?
Algo así como un cartel humillante que se porta en la espalda sin saberlo. Una marca que se carga en la más solitaria de las ignorancias, pero a la vista de todos.
“Maldita ironía” se dijo.
Quien quiere ver está impedido y quienes pueden mirar no quieren hacerlo. Una vez que se vio es imposible retirar la mirada o apartar los pensamientos de allí. La incómoda fascinación que experimenta el espectador, es la misma que se siente al descubrir en un interlocutor el cierre bajo de su pantalón.
Agazapada tras su portátil miró con desconfianza a cada uno de los que ocupaban ese lugar.
“¿Y si ellos supieran…?”
Su creciente agitación la turbó. Dejó algo de dinero sobre la mesa, chequeó el cierre de su jean y salió corriendo, asfixiada por su propia estupidez.

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lunes, 5 de julio de 2010

Mito de Obra

Los odiaba premeditadamente, prolijamente. Los odiaba en detalle, en lo macro y en lo micro. Los odiaba silenciosamente, sin pausa ni favoritismos.

Su pensamiento estaba plagado de fantasías criminales, donde ésos que encarnaban la causa y objeto de su ira, eran eliminados una y mil veces sin que ella pierda la impecable apariencia que tenía en cada una de sus sombrías ideaciones.
Sus escenas mentales se sucedían unas tras otras alcanzando siempre el mismo final. Un pequeño grupo de hombres gritaban despavoridos implorando por el perdón, con lo último de las fuerzas que le quedaban en sus miserables cuerpos enflaquecidos y hedorosos. Gemían, lloraban lastimosamente desde un terreno oscuro, pestilente y húmedo. Entrampados en sus propios vicios, habían ido a parar allí, como legítimos merecedores de unos padeceres que laceraban la carne y el entendimiento.
Era un lugar sin salida. Una vez ahí caído, nada podía cambiar el destino de los infelices en fatal desgracia. Podría haber sido la ante sala del infierno el lugar que imagino, pero no lo era. Los había ubicado en lo marginal de lo marginal. En un el más allá del mismísimo averno.
Ella, a metros del fondo, con una mirada impávida, les hablaba pausadamente, con una serenidad que desentonaba con el total de la escena. Emitía sonidos casi inaudibles que articulaban mentirosas palabras de alivio.
Cuando los que suplicaban se acercaban al límite de lo inimaginablemente indigno, se inclinaba ante ellos con un semblante que mezclaba ingenuidad y pena, siempre cuidando de la distancia que la separaba de esos salvajes. Jamás permitiría que la toquen a pesar de ofrecerles un “como sí” de benevolencia o consuelo. Los consideraba intocables, aún antes de convertirlos en habitantes de ese agujero. Impostaba la voz para que parezca conmovida por la impotencia que detentaba, respondía a los desgarradores ruegos como dolidamente incapaz de conceder la disculpa, apelando a su condición de ser simple y sin dones que le habiliten la gracia de otorgar la liberación de las almas.

No tenía religión. Le dieron una cuando era niña, pero la abandono rápidamente. Nunca añoró la perorata de los devotos. Al ser superior lo creía puerilmente caprichoso y a los que lo seguían necios o ignorantes. Muy tempranamente supo que no iba a creer en esas cosas a pesar de no poder sustraerse de una educación dirigida por esos valores. El fanatismo que practicaban sus padres no le dejo opción. Su familia consideraba que la devoción por sus ídolos sagrados venía como carga genética en la descendencia y la educación era la herramienta más valiosa para solidificar las bases en una persona de fe.
Así fue como resulto una estudiante mediocre del credo y conocedora de los clichés religiosos, a los que les había encontrado una muy particular utilización. Se divertía con sus compañeras de estudio parodiando algunos de los estereotipos de almas caritativas, cuidándose siempre de las miradas adultas. De haber sido descubierta, sus educadoras, contando con el aval de sus progenitores, hubieran elevado su adoctrinamiento a la categoría de penitencia hasta exorcizar su espíritu de burla.
Ahora, muchísimos años después volvía a encarnar algunos de esos antiguos personajes a la perfección.

Parecía piadosa hasta el final de sus escenas. Ni el espectador más desconfiado descreería de su clemencia. Solo cuando los veía hundirse desesperadamente en el fango de lo inhumano, asomaba sutilmente una mueca en su rostro.
Para sus adentros disfrutaba silenciosamente de esa desmesurada miseria ajena. Cuando ya no quedaban rastros en la superficie de esa inmundicia, la sonrisa era plena
La embriagaba una enorme sensación de placer cada vez que su comedia mental de venganza llegaba a su recurrente punto final. Lo que experimentaba era casi comparable al lujurioso aturdimiento que sentía con el mejor de sus amantes. Quedaba suspendida en el éxtasis de la satisfacción por algunos minutos, sin noción de tiempo o espacio. Pero cuando esa perplejidad se evaporaba, a diferencia de los placeres del cuerpo que concluían en bienestar y calma, estas creaciones mentales la confrontaban nuevamente a lo más oscuro de sí. La volvían al punto cero.
¿Se podría experimentar desprecio semejante por otros representantes de la misma especie?
Sin duda su respuesta era afirmativa.

En un primer momento creyó que tal vez algún movimiento suyo habría podido desatar tal cosa. Una respuesta desatinada, un tono ambiguo, un gesto confuso…. Repaso cada uno de los detalles forzando las posibilidades para encontrar su parte en tanto infortunio. No encontraba causas ni pequeños indicios en sus análisis, sin embargo re iniciaba la búsqueda una vez más, para no instalarse en lo que llamaba “El facilismo de las víctimas”.
Una pregunta sin respuesta insistía incansablemente en su cabeza. ¿Porque se ensañaron de tal manera con lo suyo?
Desde unos cuantos años atrás, se había vuelto obsesivamente meticulosa en cuanto a las responsabilidades. Antes de reclamar o echar culpas estudiaba en detalle cada situación con el objetivo de avanzar sobre seguro, identificar sus puntos oscuros y preveer los movimientos de sus interlocutores. Media sus intervenciones, calculaba muchas de sus respuestas y en los momentos donde sentía que su manejo del lenguaje era sublime, jugaba limpiamente con los silencios. Había logrado una habilidad panóptica de evaluación y resolución de situaciones incómodas. Podía incluirse en sus observaciones y contemplar la totalidad del asunto desde distintas perspectivas. Veía a los otros y se veía a sí misma como si de otra se tratara. Analizaba activamente pero sin prisa. Era partidaria de las conclusiones que decantaban en un momento preciso y no de las que se apresuraban corriendo el riesgo de caer en el fracaso del buen juicio.
Con bastante dedicación había logrado una plasticidad para modificar el curso de sus actos o promover cambios de estrategia si en algo estaba errada.
Se esforzaba por refrenar sus pasiones más arcaicas, esas que podrían llevarla a no reparar en sus actos o consecuencias. Sólo maldecía o insultaba para sus adentros.

Ese era el lugar que busco por mucho tiempo. Apenas puso un pie sobre la madera de sus pisos, quedo fascinada por la luz que entraba desde los ventanales y supo entonces pertenecía a ese lugar. Se imagino recorriendo cada uno de sus espacios con una ligereza nunca antes lograda. Había encontrado la casa que sería su casa.
Al ir descubriendo cada uno de sus rincones la invadió un entusiasmo que motorizo ágilmente la toma de decisiones y la resolución de las tediosas formalidades que la separaban de esas paredes.
La llegada de los trabajadores fue en parte su decisión. Con su título de propietaria bajo el brazo, se dispuso a dejar marca personal en cada una de las zonas de ese inmueble, buscándole una identidad acorde a su estilo. Previó los tiempos, el dinero, los espacios de guardado, combinación de colores, texturas, temperaturas; más dinero, funcionalidades varias, mal tiempo e imprevistos.
De la mano de su pragmatismo, también contempló lo que para muchos era mejor ni evocar con el pensamiento. Eso que nadie quiere que suceda. Eso que atenta contra los sueños de los propietarios que desean una metamorfosis inmobiliaria sin tropiezos.
Estaba convencida de la veracidad de los rumores sobre el destino trágico del reformista o el amargo y lleno de espinas camino del reciclaje doméstico. Creía que algo como una inexplicable fuerza maligna, caía sobre quienes tenían la dicha de poner en marcha una trasformación. Lo interpretaba como el inevitable pago por el placer obtenido o a obtener. Monto que acrecentaba las cuentas de un temido destinatario desconocido.
Ninguno de sus amigos, o amigos de sus amigos, ni amigos de los amigos de sus amigos habían podido escapar a esa suerte. Sabía que no tenía chances de quedar exenta de aquello. Fue así que fiel a su estilo, no busco causas sino que agrego a la columna de gastos y contratiempos un ítem que llamó “Mito de obra”.
Creyó saber sobre lo que estaba por venir y su condición de mujer no le parecía una dificultad para tratar con menesteres que tradicionalmente se suponían masculinos. Se sintió capaz y se autorizo a sí misma para ejercer el control de esos hombres, que la miraron con recelo cuando comenzó a hacer un uso político de su autoridad.

Infortunio, desgracia, maleficio, catástrofe, hecatombe.
Todos los males se alinearon y recayeron en su suelo, rebasando de mil maneras las columnas de sus planillas del Excel.
Aquel lugar tan intimo, comenzó a volvérsele ajeno a medida que esta gente fue apoderándose cada vez mas de él. Su casa estaba tomada por infames, burdos e inoperantes imitadores de hombres de trabajo.
Usurparon cada uno de sus espacios. Se expandieron tan velozmente que no tuvo posibilidad de implementar ninguna de sus estrategias. Se sintió injuriada con cada uno de los movimientos de ésos otros.
En escasos días todo estaba roto, sucio, mal armado, desperdiciado o fuera de lugar. La obscena mostración de desgano y desidia que le dedicaban cada día, fue oscureciéndola velozmente y arrancándola de todo lo que creía ser.
De su eficiencia higiénica no quedaba ni rastros. Posiblemente quedó enterrada entre tanto escombro o se fue esfumando a medida que ellos iban devastando su territorio. No podía distinguir si lo que más la atormentaba eran esos extraños o lo extraño de sus propios pensamientos, que fluían sin pausa, dejándole una hipernítida sensación de despersonalización.

Finalmente sucedió lo incalculado de lo incalculable y el desenlace fue el más brutal.
Nunca supo si fue cuando los bárbaros tiraron piedras desde lo alto de su balcón, cuando descubrió restos de comidas en proceso de putrefacción escondidos por distintos lugares, o por las visitas impropias que recibían a sus espaldas y que tanto disgustaban a sus futuros vecinos. Quizá fue algo de eso, o el día que vio como quemaban sus pisos al calentar agua para las infusiones, o tal vez fue por el atroz despilfarro que hacían de sus bienes. Ya no importaba qué. Algo de todo eso la había empujado y lanzado por fuera de sus propios límites.
Se aferró con furia a los papeles que decían que eso era suyo sin medir consecuencias. Ya no reconoció lo impropio de sus nuevas palabras, que no velaban en lo más mínimo el desagrado que sentía. Antes de la obra le hubieran sonado extranjeras a sus oídos. Posiblemente nunca las habría pronunciado, no obstante parecía comprender la esencia y articulación de esos ruidos a la perfección. Como un don revelado de una vez y con un efecto retroactivo al origen de su entendimiento, renacía sensible a lo que consideraba más sórdido y avanzaba sin compañía ni el menor titubeo.
Aquello tomó un carácter sagrado para ella y haciéndose mártir de su causa, acometió en dirección contraria sobre los que ahora eran sus enemigos.
Sola, pero con la fuerza de diez bestias, centro su vida en la reconstrucción de esa casa (y en tejer fantasías asesinas).

Enceguecida por el odio fue una más de esa especie despreciable.

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martes, 6 de abril de 2010

Ese cuerpo soy Yo?

Y ahí estaba yo, despojada de mis vestimentas, acostada sobre un lugar rígido e impersonal. Hacía frío y estaba casi al descubierto, sin velos, a pesar de tener algunos pesados lienzos sobre partes de mi cuerpo.
La disposición de esos tejidos estaba absolutamente calculada, distintas gamas de un mismo color acomodadas hábilmente para dejar fuera del juego lo que animaba mi materia. Yo veía azul y ellos verían el reverso de ese mismo tono. No ver mi rostro seguramente era un alivio para los que estaban del otro lado. Para mí sólo era azul, bastante mas tarde comprendí ese aislamiento.
No pasaron muchos años desde entonces, pero podrían pasar décadas que posiblemente seguiría recordando la escena como una pieza desfasada, que no pasa al más profundo de los olvidos por estar contingentemente amarrada a un acontecimiento encantador que le dio un giro más a mi vida.

Rodeada de gente prácticamente desconocida, sentía que avanzaba sobre mi cuerpo una ligera sensación de extrañeza.
“Esta soy yo? Qué queda de mi? Qué soy Yo?” Al instante vino la única respuesta posible, “soy mi cabeza”. Ahora podría decir que lo que suponía mi Yo (esa ilusión que sostiene lo que creemos es nuestra identidad) estaba concentrado, aglomerado en esa cabeza que me es propia, en lo mas alto, en el último lugar posible donde poder guarecerse.
Todo estaba dispuesto para recibir a mi segundo hijo mediante una programada intervención quirúrgica. No parecía ser viable ninguna otra opción, o al menos aquellas que estaban más acordes con mis deseos. Fantasmas no muy felices se desprendían de explicaciones científicas que caían como plomada sobre mis ensoñaciones de un parto a fuerza de pujos.
Recuerdo que el tiempo previo fue un momento de forcejeo con el medico, que intentaba acomodar de manera eficiente ese nacimiento en su apretada agenda laboral. Para esos días, el mayor de mis hijos cumplía tres años y la idea de darle una madre internada y un pequeño intruso como regalo me parecía de bastante mal tino.
En pleno duelo por el pujo perdido y mi anhelo de parir un hijo a la manera clásica, me empeñé en no retroceder ante su soberbia libreta de compromisos y negocié como mercader con ese hombre obtuso al que poco le importaban mis explicaciones. Algunos días después y unos cuantos antes de llevar a término ese embarazo, esperaba a mi hijo como separada de mi cuerpo.
“Soy una cabeza” “Soy una cabeza” repetía como en trance. El resto estaba ahí tumbado, enchufado, con los brazos en cruz y con la parte inferior….mejor ni pensarlo.
Ya dije que varios desconocidos circulaban libremente a mi alrededor y de mis partes sin velo? Esas partes yo las suelo llevar tapadas y sólo las descubro en muy determinadas situaciones y frente a quien considere merecedor de ese espectáculo.
“Pasen y vean!” podría haberse escrito como cartel luminoso y convertirse en el título de tan grotesca mostración de acceso gratuito para todo aquel que quisiera mirar. Ahí mi Yo no decidía nada, no importaba a quien le autorizaba la visión, porque ese pobre “Yo” existía sólo para mi. Podría haber gritado desde el otro lado de lo azul que seguramente mis gritos se harían sordos al traspasar ese trapo colgante o mas posiblemente no habría oídos para escuchar lo que emanaba del otro lado.
Mi cabeza, que era donde se atrincheraba mi subjetividad mancillada, ejercitaba trabajosamente un rudimentario nirvana de enciclopedia.
En toda esta escena debo reconocer y agradecer profundamente las palabras que me dirigía el padre de la criatura. Su sola presencia y esos significantes pronunciados a intervalos variables cuidaban de mi casi abatido entendimiento.
Repasemos, hasta ahí yo era una cabeza que se esforzaba por sostener un cuerpo que por ese entonces parecía ajeno, pero al estar unido a la parte pensante, daba la pauta de ser una mas de mis propiedades.
Sigamos. Nació mi hijo y ese pequeño momento en que pude verlo fue un destello mágico. Por fin nos veíamos las caras!
Como buen destello fue intenso pero brevísimo. Me saludaron rutinariamente, un instante de emoción con mi partenaire y el recién llegado partió con algunos extraños y su progenitor.
Y ahí quedé yo, o lo que quedaba de mí, sumida en la más solitaria de las soledades. Mi nirvana berreta y capitalista comenzaba a fallar. Eso me dio la pauta que esas pocas palabras que me eran dirigidas sostenían mi ejercicio mental y hacían posible ese tipo de despersonalización que cubría con un velo invisible el resto de mi cuerpo.
Ahora ese cuerpo empezaba a aparecer como pura carne. Me sentí mal, muy mal y pedí ayuda a uno de los desconocidos.
‘Ya va, son nauseas por la anestesia, ya te doy algo” respondió.
Por mi cabeza corrían todo tipo de fantasías en relación a mis órganos al aire libre en combinación con esas pequeñas convulsiones, mientras quien estaba a cargo de mi alivio seguía completando un formulario con una serenidad envidiable.
Redoblé mis esfuerzos, porque en definitiva mi subjetividad todavía estaba dando batalla, me negué a exponer de manera obscena el funcionamiento de ese cuerpo intentando contener lo que parecía precipitarse como una fuerza irremediablemente incontenible.
“OK, estoy con un trapo azul, sin ropas, los brazos en cruz y las piernas…. (Mejor seguir sin pensarlo), con una cofia en la cabeza…..Yo acá no vomito!!” Esa sería mi total ruina, un lugar desde donde nunca podría retornar.
Interrumpe mi intento de recobrar la dignidad otro extraño que coloca ágilmente al costado de mi cara una toalla que recepcionaría lo que amenazaba con ver la luz.
Horrorizada, evoqué la imagen de mi hijo, tal vez así podría encontrar un poco de calma, pero nuevamente irrumpen desde el exterior y el anhelado sosiego se esfuma. Extraño numero trece dice “Mami el bb está bien pero va a incubadora” y sin mas se retira.
Las últimas fuerzas se desvanecían con esa noticia lanzada bajo el estricto estilo minimalista de la gramática médica y esa generalización idiotizante que representa el “mami”. No hubo posibilidad de preguntar, de saber que pasaba con quien hasta escasos minutos vivía tan junto a mí. Avanzó con fuerza descomunal una somnolencia que me llevaba hasta lo más profundo. El Yo que daba batalla se había dejado arrastrar agotado de tanta lucha y cuando ya estaba dispuesta a entregarme y sumergirme en la total ignorancia, Extraño número 17 dice a modo de despedida:
“Felicidades Maria Jose!”.
Entreabrí los ojos y murmure: “Yo no me llamo así.” Pero nadie me escuchó.

Quizá ahora entiendo el por qué del lienzo azul. Quién quiere verle la cara o saber de los pensamientos del sujeto que hay que abrir en dos? Es absolutamente incompatible verles las vísceras a un ser humano e intentar establecer cierta empatía con él. Todo ese ritual los protegía de mí y posiblemente les permitiría realizar de manera eficiente su tarea. Tal vez, ellos sepan que las subjetividades suelen refugiarse en las cabezas cuando a uno no lo ponen a dormir y a pesar de maniobrar cómodamente con un cuerpo anestesiado los pensamientos siguen su curso o posiblemente se movilicen más que nunca; por eso las cabezas quedan ocultas, del otro lado, en una especie de más allá.

Finalmente pude reconciliar a ese Yo con el resto de mi cuerpo cuando lo que me cubría fueron mis prendas y cuando vi que hombre de las palabras intervaladas me esperaba y me llamaba por mi nombre.

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A contrapelo del cliché

domingo, 4 de abril de 2010

De Pompeya al abismo.



Ni una sola vez hasta ese momento, había detenido mi atención en relaciones exactas. Mi contacto con la frialdad numérica había transcurrido hasta ese entonces como parte de un compromiso educativo que sobrellevaba sin darle mayor relevancia.
Recuerdo mis primeros años de universidad, cuando aun era lo bastante joven e ingenua y me preguntaba para qué llevaba una calculadora en mi bolso. Suponía que quería saber de otra cosa y esas “otras cosas” llamaban a las puras subjetividades o a la interpretación infinita; antípodas de unas engorrosas operaciones formales.
No puedo evitar pensar cómo fue cayendo ese juvenil pensamiento, que por momentos reaparecía nublando una nueva cosmovisión que intentaba ser mi norte. No sé qué habrá sido lo que produjo semejante viraje. Me río pensando que en aquel entonces creía haber trocado la ingenuidad adolescente por un ajustado cálculo adulto. Qué formalidad!
Sin embargo el cálculo, no ya numérico, me daba una sensación de liviandad nunca antes experimentada, un sistema de causalidades con lógica aparente orientaba mis ideas de manera más eficiente.
Sigo sin encontrar el detonante de semejante mutación. Quiero creer que un gran desgarro del corazón tuvo influencia en ello: Algún cretino mal nacido, autor de una pequeña idiotez, habrá atormentado mis pensamientos hasta desbaratar todas mis creencias y entonces, sólo habré soportado el embate, a fuerza de perder la lozanía de mi espíritu.
Me resulta simpático pensar que fue así y no otra de las tantas maniobras tortuosas de Pompeya. Esa, que era quien debía velar por mi cuidado, fue el nombre de todas mis pesadillas infantiles. De ella, de su macabra existencia, de lo incalculado de sus tormentos o de lo antojadizo de sus actos, no puedo hablarles hoy.

Creo que lo traumático de ciertos acontecimientos genera una onda expansiva hacia el entorno del que padece. No sólo el hecho sino también el sufrimiento del otro, despierta en cada uno distintos fantasmas con los que tendremos que lidiar. Pero lo verdaderamente traumático, lo Traumático con mayúscula es la muerte, que con su efecto de saca bocado deja un agujero, arranca un pedazo y expone la nada misma. Enigma infinito sobre el que intentamos tejer pueriles explicaciones o teorías de un bello más allá para poder soportarlo.
Hace algunos días, paralizada con un teléfono en la mano esperé largo rato hasta realizar ese llamado que debía y quería hacer. Turbada por no encontrar palabras para decir reparé en el extraño efecto que producen los deudos del difunto. Son como la cabeza de Medusa. En ellos parece reflejarse algo de ese imposible de recubrir. Nos muestran, sin siquiera proponérselo, en carne viva y sin pudores su pérdida. Solo ellos pueden mostrar lo que muestran, desafiantes a todos los tímidos y tartamudeantes infelices que se acercan tomando valor para no decir más de las estupideces que se suponen pertinentes a la ocasión.
Trastabillar, titubear, transpirar, son algunos de los posibles fenómenos que acompañan el pésame. No es el del cajón el que aterroriza sino sus seres cercanos, que nos petrifican con su recién estrenado cinismo.
Se encontrará cierto placer en medio del más profundo dolor? Placer oscuro de ver los intentos de los otros por sostener lo que para ellos, al menos por el momento, ya no existe? Quien tanto padece, ve los piolines y la trastienda de la escena y tiene allí la extraña posibilidad de descubrir los guiones de su ficción.

Yo pensé, pensé mucho en lo ocurrido, había sido un tiempo trágico. Una niña, una mujer y un hombre muy queridos aparecieron desgarrados por la pérdida de un ser muy amado. Habían perdido uno de esos lazos que tienen conexión con el cuerpo, de esos vínculos que tienen que ver con los orígenes, con lo más primario de nuestra existencia.
Pensé en lo antojadizo de la elección del destino. Por qué a ellos y no a otros. No era justo, no había lógica en lo sucedido, por qué soportar semejante atrocidad del….de quién?
Todo en ese momento escapaba a cualquier lógica que podía llegar a ensayar. Estaba enojada y tenía excelentes argumentos para refutar de plano semejante decisión, mi apelación seguramente habría sido exitosa. Sin duda hubiera llevado a cabo la defensa habilidosamente. Me llevó un tiempo, pero preparé minuciosamente todos mis alegatos y habría podido repetirlos sin ninguna ayuda memoria. Extensas eran las pruebas a presentar y cada una tenía un peso propio, no había posibilidad de fracasar.
Cuando ya me disponía a hacer mi presentación una puntada helada me atravesó. Ya no era frente a esa que encarnaba mis pesadillas donde tendría que reclamar. De eso sabía, me era absolutamente familiar, pero ahora nadie encarnaba lo arbitrario.
No tenía interlocutor, no había un “Atención al cliente”, un sustituto de Pompeya. Maldije mil veces y exhausta caí en la cuenta de que no había perdido la ingenuidad, sólo la había reciclado a un modelo que me resultaba más atractivo.
Sentí espanto al quedar frente al vacío. No había respuesta, no había cálculo posible para calcular lo incalculable. Y entonces sentí que el deudo se reía a carcajadas de mí.

En Facebook: A contrapelo del cliché
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