miércoles, 9 de febrero de 2011

Dom(é)st(í)cas

Apenas la segunda mujer se sentó en la mesa, quien la esperaba, le lanzó una enormidad de palabras. Se las arrojaba a intervalos mínimos, casi pegoteadas y a distintos tonos. Hablaba y decoraba esa verborragia incansable, moviendo sus manos, a un ritmo que no acompañaba el de sus dichos. Sus manos flotaban elegantes, amables, serenas, como parte disociada de esa mujer.

Gracias. Gracias por venir con tanta urgencia. No sé qué haría sin vos. Porque no es lo mismo hablarlo con otro. Vos, vos me entendés. ¿Me entendés, no? Las mujeres entienden. Y vos más que todas. ¿Sabes? Tuve pensamientos oscuros, bajos, casi asesinos….se pasó de la raya. Tuve miedo. Hay una raya. Una que es la que no se puede atravesar y ella la atravesó. Me desafió o ... Yo que soy tan, pero tan moderna, moderada, meditada, mmmia!! Esa casa es mía! Y ahí mando Yo! Si YO. Yo sola, yo y nadie más que yo. Yo soy la señora de la casa!

La segunda mujer retiro la vista de la carta de ese bar, la miró fijamente, acompañó la afirmación de su compañera con un sutil pero certero movimiento cabeza y volvió a sumergirse en esa lista gastronómica.

Lo dije…lo dije -y pareció por un segundo aliviada.
Yo soy la señora de la casa. “Señora” -dijo acentuando la S.
“Señora su vuelto” suelta la impertinente cajera de supermercado -esta vez eternizó el sonido de la Ñ.
“Señora, que va a llevar” dice el verdulero con ojos lascivos. “Se-ññño-ra!”. Por dios tengo un nombre -dijo entre dientes.


Hizo una pausa, y el silencio apareció como cosa novedosa en esa mesa de café. La segunda mujer, que ya había cerrado la carta, la miraba con los ojos entre cerrados, como cuando uno quiere distinguir una figura oculta en un dibujo borroso. Doce segundos después, la primera se enderezó en su silla, recogió su pelo con un broche y tornó su semblante hacia uno que parecía más reflexivo.

Tengo dos nombres y un apellido. Un apellido que no es mío, porque me lo dio mi padre. Las mujeres tenemos esos problemas. Tenemos un apellido, pero después nos dicen que es paterno. ¿Entonces tenemos o no tenemos? ¿Vos qué opinás? ¿Porqué me mirás así?

• No nada. El mozo no viene. Qué fastidio! Para ser un buen camarero hay que mantener la mirada por encima del metro ochenta. Autómatas mal intencionados, caprichosos y perezosos. Será que creen que eso los vuelve más interesantes. Por favor! Miran el más allá de la nada misma. Mirá la cara que pone ése. No mira…. Se me va a acalambrar este brazo de hacerle tantas señas…si no me trae un café ya, me muero… que necesidad que tiene de hacerme esperar?! Y lo del apellido es así. Que se yo…a mí el mío me gusta. Cuando me casé nunca usé el de mi ex. Ahí me vió.

Esa es otra cosa que me molesta. Las minas que se cambian el apellido cuando se casan. Una de las médicas del hospital desde que se casó con el jefe de servicio, firma las historias clínicas con el apellido de casada. ¡¿Podés creerlo?! Además la mina como médica es un animal.

• Los maridos no dan el apellido, lo prestan querida. Cuando te divorciás se lo tenés que devolver porque no es un bien ganancial. Para eso mejor no usarlo. Los padres lo regalan y listo. Si te lo dan, te lo dan de verdad, no hay marcha atrás.

También odio a las mujeres que llevan un regimiento de pibitos encadenados colgando del cuello. Verlas me da miedo. Niñitos de oro, sin cara… ¿Están enojados o tristes? - se sumergió en su silla y miró como desconfiada a su alrededor. Su vista apuntaba casi al piso con movimientos de izquierda a derecha.
Tal vez están furiosos y te ahorquen en una siesta. O crezcan, crezcan, crezcan hasta transformarse en muñecotes torpes y abrumadoramente cariñosos. Te quieren tanto, pero tanto…te quieren hasta aplastarte. De ahí viene eso de “Hay amores que matan.”

• A mí me caen simpáticas esas chicas. Detentan fertilidad. Llevan la prole del cuello. Es una buena metáfora, che. Nunca lo había pensado así. ¡Claro! Miles de veces hablamos del desgaste corporal de las madres con sus hijos, del agobio, del cansancio y todas esas sanatas. Pero ésto, ésto mon cheri, es la imagen misma de la cosa. Un reduccionismo visual maravilloso. ¡Estás hasta el cuello, Madre!

La despedí a Berta -pronunciadas estas palabras volvió a ser la mujer de las palabras pegajosas.

• ¡No! ¿A Berta? ¿Berta, Berta? ¿Tu Berta? ¿Qué pasó?! - y al acentuar la última de las vocales, sus ojos en nada se distinguieron de los de aquel mozo de bar.

Si. La eché, le dije que se vaya. Se lo dije friamente, con una distancia que nunca había puesto entre ella y yo. Porque esa casa es mía.

• Si ya dijiste lo de "La señora de la casa", “Se-ño-ra” y…- la otra la interrumpió.

Ella hacía todo lo que yo odio hacer, o lo que no quería hacer. Por eso no me importó pagar el precio que se paga cuando una tiene a otra mujer en la casa. Siempre pasa, en algún momento pasa. Siempre se transforman en una extraña rival. Con el paso del tiempo ellas saben más de lo que ahí sucede que una. Hasta la he llamado algún día del fin de semana para preguntarle donde había guardado alguna cosa. Pero eso no me importaba.
Infinidad de veces hacía oídos sordos a mis dichos. Ella no soportaba mis indicaciones o las contrariaba. “Berta vas a buscar esto a la tintorería” y se ponía a baldear el patio y bajaba a las dos horas. “Berta podés venir, por favor” y se hacía la sorda o la distraída. Siempre se las arreglaba para hacer parecer que las cosas las hacía por propia voluntad y no porque era su obligación como empleada. No sé… creo que eso tampoco me importaba.
Que se hiciera adorar por mi marido y mis hijas, no me importaba tanto. Ella mantenía una mirada altiva sólo conmigo, pero otras veces se dejaba aconsejar y me escuchaba atentamente con un dejo de admiración o agradecimiento. Ella…ella era como mi hija adolescente…con sueldo y horario de salida.

• No existen los hijos por hora. A Berta tenías que ponerle uniforme. Eso cambia la cosa, te lo dije mil veces.

Soporté sus desplantes, sus planteos de derechos delirantes, sus caprichos, insurrecciones, pero no pude soportar el día que se metió en ese cajón.
Los días antes a su despido me había convertido en un ser ajeno e incómodo en mi propia casa. Cerraba mi puerta con una extrañeza…algo no estaba nada bien. Yo me iba porque no quería quedarme a solas con ella. Qué locura! Huía de mi propia casa, no toleraba su presencia.
Tres días antes que la despidiera, salí de ducharme y me encerré en mi cuarto. Abrí el cajón y vi lo que nunca hubiera creído que podría llegar a ver.

La otra mujer detuvo su tasa en el aire, retuvo la respiración, clavó su mirada en los ojos de su interlocutora y se convirtió en piedra.

Mi ropa interior, mis BOMBACHAS, sí, mis bombachas estaban todas alineadas, ordenadas, separadas, acomodadas, toqueteadas con un riguroso y escalofriante pulcro orden. Estaban todas perfectamente dobladas. Acomodadas por color, una al lado de la otra. Había un criterio cromático en el orden. Del rojo al rosa, pasando por el lila, las negras, las blancas, las estampadas… Solo pude pensar en ella. En ella entre mis prendas más propias, tocándolas mil veces y tratándolas como objetos de valor.

• Siniestro…

Al tercer día, sin darle explicaciones las despedí.

• ¡Ahí vuelve el mozo! ¿Otro café?

en Facebook

A contrapelo del cliché

miércoles, 12 de enero de 2011

De MoscCas y amoNíaco

Estoy solo y a la espera de mi verdugo. Hace días que huelo mi muerte.
Todo este tiempo estuve oliendo a muerte ajena. Los cuerpos despedazados, los moribundos, la sangre seca huelen distinto. Huelen a moscas. ¿Alguna vez estuvieron en un lugar lleno de moscas? A muchos les da asco o el aturdimiento los hace escapar antes de poder sentirlo. Pero si uno se detiene en medio de esos enloquecidos insectos y espera, se huele claramente su olor. Mi muerte no huele a moscas. Mi muerte huele a amoníaco.
Hasta hace muy poco, vivía con las tripas revueltas, temblaba por las noches e intentaba contagiarme ese espíritu patriótico que ostentaban algunos de mis compañeros. Canté como soldado, defendí a mi patria como soldado y hasta me gané el respeto de mi superior la noche de la emboscada.
Hoy sé que esa ridícula parafernalia militar no fue más que un intento de arrancarme el miedo y mi acto heroico fue pura suerte. Acá la patria es una construcción hecha entre un montón de tipos aterrados, que necesitan creer en algo. Un placebo, como las pastillas rosas que tomaba mi abuela cuando se la comió el cáncer. La vieja hasta mejoró unos meses creída que esa nada la estaba salvando. Qué suerte la de la vieja! A los sesenta y tres días se descompuso y creyó que moría de cualquier otra cosa.
A mí ya no me importa si esto tenía que ser así, o si mi suerte debía ser otra. Estar en este agujero es lo más real que me pasó en la vida. El olor a amoníaco me energiza, me despierta y me vuelve maníacamente otro. Ya no temo a nada, porque estoy muerto. Y estar muerto me vuelve valiente hasta lo imposible.
Para los que ahora vienen soy una miarda a la que temen. Estoy solo, sucio y no pruebo bocado hace días. Yo soy su maldito infierno. Un pobre tipo que resiste en soledad, sin ninguna posibilidad de sobrevivir, pero que resiste. Nadie quiere matar a un fulano que se les parece. Cualquiera de ellos podría ser yo. Y la verdad es que yo, de alguna manera, agradezco no tener que ser ellos.
Al saber que nadie iba a venir por mí, pensé en quitarme la vida. Pero pasó que cuando estaba repasando mentalmente mi técnica suicida, el olor a moscas se transformó en otra cosa. El amoníaco fue como una revelación, me aclaró el pensamiento, borró los dolores y me sació el hambre. Ahora Yo soy amoníaco y tengo un objetivo claro.
Creo que no dejé nada atrás, me deshice de todo antes de venir para acá. No hubo amores y los grandes amigos quedaron reventados bajo fuego enemigo al tercer mes de llegar. Sólo queda mi madre. Pero posiblemente ya este acabada por la pena. Ha sido una gran madre, pero yo ya no soy ése que ella cree. Igual, finalmente que a uno lo llore la madre no es un gran mérito. Las madres siempre lloran o recuerdan a sus hijos por más cretinos que ellos sean.
Mi último o mi único gran acto está por sucederse. Voy a esperarlos. Voy a parecer rendido, eso los obligará a detenerse porque no se puede matar a un infeliz desarmado (Bah… se puede, pero no se debe). Durante esos segundos, ellos me olerán y entonces me reiré. Me reiré como desquiciado hasta llenarlos de espanto. En ese instante, miraré fijamente a los ojos al que parezca más aterrado, para lanzarle una frase que no va a olvidar el resto de su vida. Diré algo que no se entienda pero que suene a maldición, algo que lo aterre aún más y lo haga caer en la trampa de matar al que tiene la solución del enigma.
Creo que esta es la escena de una película que ví alguna vez o tal vez...No! esta es una de las revelaciones de mi estado amoníaco! Sí. Estoy seguro!
Cuál es mi último deseo? Que el que me dé muerte sobreviva a este infierno. Quiero que mi risa y mi frase ridícula lo acompañe por el resto de sus días. Sólo así voy a sentir, que algo de mí queda en este mundo y que sin mí, ese hombre, nunca va a encontrar paz.
En Facebook
A contrapelo del cliché

http://www.facebook.com/pages/edit/?id=130813576937108&sk=basic#!/pages/A-contrapelo-del-cliche/130813576937108

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mi parte + tarada

El sobresalto de un mal sueño la despertó de madrugada, dejándola en un duermevela hasta que sonó el despertador. Una frase, resto de ese estado onírico, rebotaba enloquecida en su cabeza.
Siete horas más tarde, se sentó en un bar y escribió: MI PARTE MAS TARADA.
Quedó con la mirada fija en esos caracteres, como si contemplara un órgano que había arrancado de lo más íntimo de su cuerpo. Lejos de espantarse, esa exterioridad le causó cierto alivio.
Leyó y miró.
La frase le hacía creer que su taradez tenía límites. Seguramente le resultó alentador saberse no-toda tarada.
Volvió a leer y arribó a otra conclusión. El fragmento destacado de su idiotez, era un recorte definido del conjunto de su taradez ordinaria. La taradez corriente contenía un núcleo concentrado. Una elite tarada bien limitada.
Justo cuando empezaba a pensar en lo equívoca que le resultaba la palabra “limitada”, llego el camarero.
Pidió lo de costumbre y volvió a sus cavilaciones.
¿Cuál sería el contenido de lo radicalmente tarado?
Claramente algo le impedía el acceso a esa información. ¿Y si sus fragmentos no-tarados eran una minoría inoperante?
Leyó una vez más y se agitó.
¿Y si en vez de ser una parte interna fuera su parte más expuesta?
Algo así como un cartel humillante que se porta en la espalda sin saberlo. Una marca que se carga en la más solitaria de las ignorancias, pero a la vista de todos.
“Maldita ironía” se dijo.
Quien quiere ver está impedido y quienes pueden mirar no quieren hacerlo. Una vez que se vio es imposible retirar la mirada o apartar los pensamientos de allí. La incómoda fascinación que experimenta el espectador, es la misma que se siente al descubrir en un interlocutor el cierre bajo de su pantalón.
Agazapada tras su portátil miró con desconfianza a cada uno de los que ocupaban ese lugar.
“¿Y si ellos supieran…?”
Su creciente agitación la turbó. Dejó algo de dinero sobre la mesa, chequeó el cierre de su jean y salió corriendo, asfixiada por su propia estupidez.

en Facebook
A contrapelo del cliché

viernes, 3 de diciembre de 2010

La moda no (in)comoda

Hace muchos años, un amigo me contó que alguien le dijo: “La moda no incomoda”.
Esa frase fue dicha uno de esos días de aplastante calor porteño. De ésos que no sabemos qué hacer con lo poco que llevamos puesto. El sujeto en cuestión, el amigo de mi amigo, andaba con unos jean bien pegados a sus piernas y borceguíes hasta las rodillas. Se me ocurre que usaba remera oscura y alguna tacha en su cinturón. Un autentico punk star que no encontraba razón para discontinuar su estilo por un detalle térmico.
• Una joven mujer, llegaba todas las mañanas a su puesto de trabajo en un hospital, perfectamente maquillada. Cinco años después de conocerla me dijo que su pelo lacio era producto de una sistemática labor matutina, al igual que el sombreado de sus ojos, la máscara de sus pestañas y la base que le daba esa apariencia tan tersa. Jamás mencionó la palabra “tedio” o “sacrificio” mientras me detallaba sus amaneceres beauty.
• Un hombre trabaja desde hace veinte años, con riguroso traje y corbata. Nadie lo obliga. Muy rara vez se saca el saco. Jamás se arremanga. Sus zapatos acordonados siempre están lustrosos. Nada parece afectar su imagen empresarial. Su temple atérmico le permite llevar este atuendo con total elegancia. No importa si esta helando o si el calor derrite el asfalto. Dicen que llega a su casa y en vez de arrancarse esas formales vestimentas, circula por su vivienda con una comodidad que desespera a sus acompañantes.
• Pleno invierno. Las jovencitas salen por las noches desprovistas de abrigo. Se ven bellas y sugerentes. ¿Para qué taparse u obstruir la mirada de los otros con un contundente sweater? Van livianas. Parecen ajenas al frío circundante.
¿La moda no incomoda?
Durante muchos años conservé en mi memoria el fragmento de una historia que me contaron en mis tiempos de colegio. Como tantos otros recuerdos, vagaba apaciblemente en la superficie de un desfigurado mar oniroide. Lo rescate de allí, uno de esos días donde no se me ocurre qué escribir y busco inutilidades en el Google. Abruptamente desperté de la modorra mental cuando el buscador lanzó sus resultados. La fidelidad con que conservé algunos detalles era sorprendente. El título era exacto, la lógica de la historia estaba inalterada.
Algo hizo que no olvidara ese texto. Tal vez la ingenuidad de suponerle un trillado final trágico, lo dejó como alma en pena del recuerdo. Yo había errado en mi joven conclusión y él quedó a la espera de ser re interpretado.
Se trata de la historia de un erizo que se automargina por suponerse espantoso. Alguien no especificado lo decora con bellos objetos, captando así la atención de todos los demás. Fascinado por la fascinación de los otros, el erizo se olvida de su subsistencia más básica hasta morir. (“La inmolación por la belleza” de Marco Denevi. Googleenlo).
¿Mi conclusión actual? Muere bello, esa fue su auténtica elección. Su elección de vida.
¿Estos sujetos padecen el frío o la incomodidad? ¿Sufren pero su satisfacción es mayor que el padecer? ¿Aman la molestia? ¿O se trata de una incomodidad que se activa en el espectador, al ver algo que lo inquieta en algún otro?
Por mi parte, en cuanto a la vestimenta siempre me consideré amante de la practicidad y la simpleza. Si algo incomoda, no se usa. Si algo requiere mucha atención, no se usa. Si algo me hace perder la libertad de movimientos, tampoco se usa. Entonces creía que me las arreglaba bastante bien con una moda que no me incomode.
Descansaba en este postulado hasta hace unos pocos días. En la cocina de mi querida amiga LuzMaríaNélida descubrí que la moda me incomoda fatalmente. Me sentí de traje, con borcegos y los pelos patéticamente erizados.
Tuve esa revelación mientras lavaba miles de hojas verdes de distintas especies. Rúcula, espinaca, radicheta y toda su parentela. Hoja por hoja, porque en esas cosas soy muy meticulosa.
Como somos gente moderna, nunca, ¡Jamás! faltarán de esos rejuntes verdosos en la mesa.
La mixta o la de chaucha y huevo, solo quedan reservadas para la intimidad del hogar. Vendrían a ser como las pantuflas o el joggings desteñido de la gastronomía. Ni que hablar de una jardinera con mayonesa!
Finalmente la moda me incomoda y me fastidia un poco. Pero el deleite con el que saboreo esa melange vegetal, logra barrer cualquier vestigio del fastidio pre comilona.
Ahora entiendo mi cara de espanto cuando veo a alguna de esas chicas desabrigadas desde mi auto híper calefaccionado. El frio es mío, no de ellas. Y aunque sientan las bajas temperaturas sobre su cuerpo, esos peatones nocturnos circulan sin reparar demasiado en ello.
Sus escasas vestimentas en las noches de invierno son como… mi sublime (e higiénica) ensalada de hojas verdes. Bueno, algo así…no sé si tanto.
Del make up a las tachas, del mundo gastronómico hasta la retórica, o de las religiones a la hipotermia nocturna; los caminos siempre estarán plagados de elecciones íntimamente personales. No hará falta atravesar el último de los umbrales como lo hizo el erizo. Finalmente, cada uno sabrá hasta donde es capaz de avanzar en la búsqueda de lo que cree más bello.

en facebook
A contrapelo del cliché

miércoles, 24 de noviembre de 2010

MuJeReS MaRCaDORaS (baños públicos II)


¿Por qué algunas mujeres dejan mensajes de amor en las puertas de los baños públicos?
Ellos jamás los leerán.
Ya he dicho que nosotras podríamos ingresar a sus baños, ¿pero ellos a los nuestros…? Salvo alguna invitación no santa, es impensable. Y en el hipotético caso de que alguno sea el feliz protagonista de esos infrecuentes encuentros furtivos, ni muerto malgastaría su tiempo en ese tipo de lectura (ni en ninguna otra, claro).
Un triste final para la efusividad afectiva. Mensaje sin lector, que se desvanecerá por la acción de algún limpiador cremoso.
¿Pero son simples declaraciones de amor de infortunada suerte?
De ser así, habría que suponer una autora torpe o de una estupidez inmanejable agravada por los efectos del enamoramiento. Un sujeto inadaptado con la compulsión a estropear la propiedad ajena.
Personajes de ese tipo, hay a montones. Muy posiblemente, ahora mismo anden dejando marcas en algún local de comida rápida. Estas pobres siempre serán unas marcadoras amateurs. Irreparablemente ingenuas, por no saber que para que el interesado lea, hay que escribir arriba de un mingitorio.
Las escribientes profesionales, las que hacen esto sin perder detalle, evidentemente son otras. Su objetivo, también es otro.
Los mensajes que ellas dejan, están engañosamente dirigidos a los hombres. Ellos son parte fundamental del asunto. Son el objeto valioso puesto en juego, pero en ningún caso van a ser su interlocutor.
El verdadero destinatario, son las otras. Las que usan los baños y cierran esas puertas escritas. Cualquiera de ésas podría ser una rival mal intencionada. Todas son sospechosas, salvo, las de la misma estirpe.
Parte del profesionalismo que las caracteriza radica en que son sumamente leales con las del propio gremio. Nadie mira al fulano marcado y en casos de fuerza mayor, responden con un solidario espíritu de grupo.
Entonces estas pinturas rupestres urbanas, podrían ser la sublimación del más primordial e inquebrantable empuje posesivo de estas féminas. Un tipo de dominio que no necesita ser detentado con gestos grandilocuentes, ni con aparatosos andamiajes bélicos.
Sin llegar a hervir un conejo, ejercen un certero efecto disuasivo sobre el resto del género. Escriben señales de advertencia. Marcas entre mujeres. No hace falta ser una de ellas para poder decodificarlos. Son auténticas declaraciones de guerra al portador, expuestas en los lugares más apropiados.
¡¿En los lugares más apropiados?!
Sin duda. Ya he dicho que estas mujeres son verdaderas profesionales, no?
Repasemos.
Los mensajes se dejan en las caras internas de las puertas de los compartimentos individuales de los baños públicos de mujeres. (Uf! Eterno como para ser una casualidad).
Una vez adentro, la falta de espacio dejará la puerta sobre las narices de la usuaria volviendo inevitable la lectura. Las desnudeces de las partes íntimas, irán evocando tácitamente otros usos de esos territorios corporales, guiando tendenciosamente la interpretación de esas líneas.
Hasta aquí tenemos una efectivísima entrada en tema en solo dos pasos.
Pero estas chicas, verdaderas estrategas, también basaron la elección de la locación en un dato estadístico. El 98 % de las mujeres que ingresa a un baño de uso masivo, adquiere la posición de “cuclillas flotantes sostenida” para hacer uso del inodoro.
El ánimo relajado tras el aliviante acto de la evacuación, una posición no apta para la lucha y la imposibilidad de escape debido al estorbo de las ropas caídas a la altura de la rodilla, dejan a la lectora en un estado de total indefensión.
Ese es el punto exacto donde el mensaje cobra un sublime valor intimidante.
Porque desde ahí se lee: “Ojo! Ése es mío. Capito” y a partir de ese momento la inmovilidad y la demora sanitaria se vuelven temerosamente inquietantes.
Se cree que la pertenencia al grupo de mujeres marcadoras solo está reservada a una elite de aguerrido entusiasmo posesivo. De madres a hijas se van transmitiendo oralmente los valores más emblemáticos del linaje. Desde los primeros días de vida, se las orienta bajo estos principios. Es como una marca congénita, una identidad, un estilo de vida incuestionable.
Actualmente, las camadas más jóvenes han revolucionado el originario statu quo, al ir abandonando los indelebles por no ser compatibles con la era del Touch-screen y el wi-fi. Si bien en los primeros momentos hubo una potente resistencia desde los sectores más conservadores, la armonía quedó restablecida y el espíritu reforzado, cuando las activistas ortodoxas descubrieron que un solo posteo en facebook equivale a de más 100 puertas escritas.
Nuevas formas de expresión, para una pasión incontenible.
A bientôt muchachas!

en Facebook
A contrapelo del cliché

sábado, 30 de octubre de 2010

BaÑos PúblicOs



Encontrar en la puerta de un baño público símbolos que den cuenta de la diferencia anatómica entre los sexos, es un hecho que prácticamente escapa a la contingencia. Quien posee el dominio territorial de estos lugares, regula el uso, rotulando cada uno de los accesos.
El ser “público”, evidentemente es una ilusión. Los baños nunca son para todos. Hombres, mujeres, solo clientes, discapacitados, niños…dan cuenta que no son aptos para cualquier potencial usuario. De ser rigurosos, habría que nominarlos:” Baños (no para todo) públicos”.
Una vez adentro, las personas autorizadas para circular, serán fraccionadas en su menor expresión. Solo uno por cada artefacto receptor de desperdicios evacuados. En un pequeño reducto, que muchas veces es un espacio de paredes flotantes carente de un techo propio, se nos ofrece una privacidad fugaz o de gran fragilidad. La prueba más contundente, es la posibilidad de verle los zapatos al vecino y el gran déficit acústico que presentan en su mayoría.
Privacidad semi pública, nunca más que eso.

La estética de la divisoria sanitaria, si bien tiene la corriente clásica de los muñequitos de pollera y pantalón, cuenta con otras vertientes que rebasan ampliamente la cómoda simplicidad de los palotes.
Algunas almas de particular creatividad, colocan objetos que suponen típicos de cada género. La diferenciación suele tornarse un tanto engorrosa, cuando lo elegido tiene algún rasgo ambiguo. ¿Cuál es la puerta que nos toca? Cualquiera podría sentirse atraído por un tacón o un rouge rojo furioso. Igual sería el caso de las fotos de famosos. ¿Es lo que me gusta ver en otros? ¿Lo que uso cada vez? ¿O mi fetiche?
Para evitar la demora, lo mejor es abstenerse de los pensamientos que incluyan las condiciones eróticas de cada quién y guiarse por los clichés del sentido más común.
Los indicadores: “Hombre-Mujer” o simplemente la inicialización de la puerta, otorgan un mensaje un tanto más claro. Pero cuando se grafica esta diferencia con los típicos símbolos de género, se abre un nuevo enigma.
Ambos signos llevan un perfecto círculo. Distingue a la mujer una cruz y al hombre un vector que apunta a las alturas.
La redondez, quizá sea la ingenua ilusión de un cuerpo completo, cerrado y en funcionamiento. Lo unisex del cuerpo. La anatomía compartida. Todo lo que queda recubierto es indispensable para un óptimo funcionamiento, pero como no tiene brillo, se vela con una buena cubierta.
Sólo repararemos en nuestra interioridad si algo quebranta el anonimato y con sus ínfulas de estrella, nos sume en un tormento corporal. Los dolores podrían ser perfectamente el ensañamiento de algún órgano con baja estima. Una dolorosa demanda de atención que perturba el contorno amable de la circunferencia que envuelve el interior de la máquina.
El WC es un lugar donde estabilizamos nuestro globo corporal de las demandas corrientes. La circularidad vista en una puerta, nos invita recuperar nuestra feliz e ignorante esférica humanidad.
Pero, ¿Por qué habrán ubicado una cruz hacia la tierra para nosotras y un vector hacia las alturas para los hombres?
¿Será que estos son rasgos que dan alguna cuenta de ciertas consecuencias de nuestra anatomía?
El símbolo del hombre podría tomarse como una literal referencia a los fenómenos corporales del varón. Claro y sencillo. No hay incógnita a despejar.
En cambio lo femenino….nunca deja de ofrecer algún rodeo.

El cuerpo suele ser poco gentil con nuestro género a medida que van pasando los años. Llevamos una carrocería enloquecedoramente cambiante e imposible de mantener al margen de la erosión hormonal o ambiental.
Una corporeidad demandona, de secuenciadas incomodidades y retoques cosméticos periódicos.
¿Habrá sido por eso que eligieron la cruz para distinguirnos?
No lo creo. Generalmente contamos con un estado de resignación tan radical, que muchos de los tediosos menesteres femeninos quedan reducidos a rutinas automáticas de cumplimiento obligatorio. Este efecto de pragmática despersonalización nos alivia y nos salva de eternizarnos en la queja.

Quizá la cruz que carguemos sea la de compartir estos espacios con un sinnúmero de desconocidas. Las largas colas para entrar en los cubículos con inodoros, son la plomada que recae sobre nuestros cuerpos urgidos por la necesidad.
Ante una demanda unisex, el espacio exclusivo para mujeres nos enfrenta a nuestras peores miserias.
Somos poco generosas y no tenemos un espíritu solidario. Maldecimos a la que se demora, pero cuando llega nuestro turno tomamos revancha sobre las que quedan detrás. Nos zambullimos en la eternidad temporal del sin apuro, disfrutando de una venganza solapada y caprichosa. Finalmente no han sido ellas las que nos han demorado, sin embargo, nuestro mal gesto es igualmente legítimo. Ellas son futuras demoradoras y en todo caso…con alguien debemos descargar la ira.
Una vez logrado el ingreso al cuartito de la necesidad, dedicamos tiempo a detalles de los que tranquilamente podríamos ocuparnos a la vista de las otras. Acomodarse la media, ajustar un cinturón o alinear un vestido no requiere de la soledad de nuestra mirada. Somos irremediablemente cretinas en esos momentos.
Todas sabemos del juego y entonces…¿Quién no se ha colado alguna vez en un baño masculino?
En eso los hombres son más ligeros. La flecha también podría ser sinónimo de un movimiento efectivo y directo.
Nunca hay cola en los baños de ellos y la dualidad de opciones que ofrecen sus baños, lejos de complicarlos en disquisiciones, les agiliza el trámite.
¿Será por eso que cada vez que detengo mi auto en la ruta para hacer uso de algún área de servicios, repito mil veces para mis adentros: “Dios santo por qué no habré nacido hombre!!”?

miércoles, 29 de septiembre de 2010

A cajón abierto

Una mujer en autodiálogo con un difunto.
Un hombre mal herido muere por cualquier otra cosa.
Un desencuentro que se vuelve encuentro en un tiempo desencajado de lo posible.
Una historia que no fue, o se sucedió de manera poco ortodoxa.


-¿Cómo fue que nunca hablamos de esto?
(Le murmuró en el oído como sumergiéndose en esa caja).
-¿Me dejaste o nos dejamos? Fueron tantas veces que perdí la cuenta de los desprecios que nos dedicábamos.
Siempre pensé que gozabas maltratándome, dejándome sola. En ese tiempo yo no sabía estar sin vos, pero tampoco podía quedarme quieta. Tal vez, fue porque jamás pude atrapar un momento donde sintiera que me ames. Cuando lo sospechaba, cuando me parecía leer algún gesto de ésos; rápidamente me lanzabas una mirada helada, o sin rodeos me decías que no era yo la que te iba a acompañar. Me decías que NO con una certeza que me dejaba sin aire. ¿Nos quisimos alguna vez o nos odiábamos apasionadamente?
Supongo que tampoco te elegí. O lo hice de una manera que te parecía un poco ridícula… justo cuando me retiraste la mirada.

- ¿Qué decís…? ¿Qué te lastimé? ¿Te lastimé de muerte aquella vez que te olvidé?

-Eso fue hace tanto tiempo...
Era muy joven, me encandilaba cualquier nimiedad y me perdía por un rato. No dijiste nada después de aquello, solo te volviste lejano. ¿O mas callado? Te pedí perdón mil veces y nunca me contestaste. ¿Te acordás?
Andabas como mudo por el mundo. Yo no sabía si llorar o reírme de lo ridículo que parecías portando ese riguroso semblante de seriedad.
Algún tiempo después supe que ese fue el inicio de tu eterna revancha. Mi romanticismo ingenuo me llevaba a soportar ese amor calvario, convencida en que así podrías saciar tu voraz venganza y yo lavar mis extravíos. ¿Por qué habrá sido que quería que estés conmigo? Te habías convertido en un cretino sin retorno tan pronto como descubriste mi estúpida espera amatoria.

- ¡¿Cómo?! ¿Que te hacía sentir como un imbécil? ¿Me reía de cada uno de tus logros? ¿Que siempre miraba para otros lados?
(Hizo una larga pausa. Parecía confundida o bastante asombrada por lo que creía escuchar de ese hombre frío).

- Jamás sospeché que te importara como leía tus movimientos en la vida. Me asfixiabas con tus excentricidades, por eso miraba a tipos más corrientes. Era como salir a tomar aire, pero nunca te dejaba. Me parecías tan fascinante, que me aterraba la idea de perder la voluntad y abandonarme para adorarte plenamente y desconectar del mundo.

(Ya no pudo contener el llanto y se sumergió aún más en ese ajustado espacio. Estaba tan ensimismada en ese íntimo diálogo, que el resto de los presentes se evaporaron de esa patética sala velatoria. Repitió como mantra “Entonces me mirabas” mientras retorcía un mechón de su pelo, hasta que algo interfirió su trance).
- Pero mirabas inmóvil y callado como me alejaba.
Me iba para que me hables, para que pidieras que me quede, para que digas mi nombre… Rogaba por que lo hicieras, pero siempre estabas así…como ahora.

- ¿Te parecía fría? ¿Sentías que dejaba tu cama como imposible de satisfacer? ¿Sufrías por mis cronometrados cálculos de escape?

- ¡No, no! (Dijo con desesperación).
Salía corriendo temiéndole a tus gestos de desamor. Contenía el llanto porque instantáneamente abandonabas tu estado de amante para convertirte en el ser distante de siempre. Tenía que huir para no suplicarte que me ames.

- ¿Que la desamorada era yo?! ¿Que aquella vez te herí tan hondo, que no hubieras podido soportar otra embestida de mi parte?

-Jamás lo hubiera vuelto a hacer, aunque lo merecieras mil veces. (Y su enunciación fue infinitamente triste). Si finalmente elegí irme bien lejos de vos, fue porque para ese entonces ya estaba muy cansada y al borde de la locura. ¿Sabías que antes de embarcar te busqué y te esperé hasta casi perder el vuelo?

(Se secó las lágrimas con la manga de su blusa y se salió un poco de ese cajón ajeno sin dejar de mirarlo. Lo miraba como quien mira a alguien que alguna vez se amó o como a quién ni muerto se puede dejar de amar).

- ¿Pensaste en mí en todos estos años…? Mejor no respondas! Voy a pensar que sí y que en tu último respiro me evocaste sin decirme que no. Te extrañé tanto…
Creo que voy a llorar otra vez.
Espero que no te incomode.
En Facebook
A contrapelo del cliché

lunes, 6 de septiembre de 2010

Sedán vs. 5 Puertas

El murmullo general del lugar era un zumbido homogéneo a los oídos de los presentes. La inercia acústica que inundaba el bar ofrecía una especie de limbo temporal. Imposible hubiera sido calcular, que una voz tuviera el poder para romper con esa amable monotonía sonora.

-¿Sedán o 5 puertas? ¿Lo decís de verdad? Un auto es la versión mecánica de nosotros mismos. Es nuestro fiel reflejo. ¿Acaso no es la proyección de nuestro propio cuerpo?
(Dos de la mesa asintieron con un gesto).
El sedán es la muerte segura de la juventud. Un 5 puertas es todo lo contrario. Emana energía, es ágil y dinámico. Da cuenta de un espíritu joven que puede despojarse de las cargas innecesarias y circular con liviandad por la vida. Es como decir: “Yo puedo andar sin esa caja trasera. Mi auto termina acá y punto”.

(Apenas pronuncio la última palabra, el que estaba sentado a su lado replicó con fervor).
-¡No entendés nada! Las puertas son para que entren las personas, no un bolso. Un auto es con baúl. Lo otro es un resumen a bajo costo que no tiene ningún sentido estético. No tienen buen porte. Son visualmente incompletos. Es como comparar una cochera fija cubierta con un espacio guarda coches compartido. No hay duda a la hora de elegir.

(Continuó la primera voz).
-El monovolumen es la solución que encontraron las almas jóvenes frente al crecimiento familiar. Sería algo así como… cargar la prole sin resignar espíritu.
El sedan viene después de los 50, nunca antes de eso. ¡El baúl es la fosa de nuestros años vigorosos! Ese anexo, es un lastre que marca el comienzo de la declinación de la potencia…
¿Acaso no se te empezó a caer el pelo después de comprarte ese lanchón?

Cuando ya parecía recuperada la sobriedad auditiva, quien aplastaba terrones de azúcar con las llaves de su auto, levantó por primera vez la vista. Enmudeció a los que hablaban con su mirada y lanzó una estrepitosa carcajada que instantáneamente rebasó los límites de esa mesa, abarrotando de ruidos el silencioso salón.
Pulicado en Odradek
En Facebook
A contrapelo del cliché

martes, 17 de agosto de 2010

Golpe Bajo

Se sintió desolado. Su mirada perdió la pasión que la caracterizaba y se torno opaca. Abruptamente lo invadió una pesadez corporal que lo dejo exhausto, casi desvitalizado.
Siempre se había sentido incrédulo. Llevaba como bandera la idea que nadie era enteramente de confiar. Nada era supuesto. Ni los padres amaban a los hijos, ni los hombres a sus mujeres, ni los socios bregaban por un beneficio común. Sabía que hasta la mujer más amorosa podría hundirle un puñal a sus espaldas sin remordimientos por el amor presente o pasado.
Mucho menos creía en esas cosas que alinean a las muchedumbres. No tenía religión ni ideales políticos. Descreía plenamente de los que se llamaban solidarios u ofertaban sin pedir nada a cambio.
Era hombre de negocios en casi todos los aspectos de su vida. Efectivista, directo, pragmático. Se orientaba por su no creencia generalizada, a la que atribuía cada uno de los logros de su vida pública.
A contrapelo de su costado floridamente cínico escondía una fe ciega en unas pocas personas. Eran el núcleo mas profundo de sus amistades. Unos a los que respetaba y amaba con carácter casi sagrado. Ellos constituían su único punto de confianza. Allí descansaba de sus andamiajes defensivos, convencido de la honorabilidad de los hombres, del valor de la palabra dada y de los espíritus que jamás se doblegan ante las dulces tentaciones de la traición. Esos pocos eran su patria.
Un día cualquiera, durante una conversación sin importancia, supo que ésos con los que se sentía hermanado, se habían regodeado con los goces de una oratoria frívola sobre los penares de su vida. Sólo él reparó en lo impropio de esa escena que estratégicamente lo había excluido. Se sintió herido de muerte.
Su familia elegida, su núcleo irreductible, lo habían traicionado en ese obsceno festín verbal que ofrecieron a gente extraña. Lo expusieron irresponsablemente al vulgo de los lugares profanos sin siquiera intuir lo que estaban haciendo.
Ahora sí que no creía en nada.
(Publicado en ODRADEK Agosto.)

http://www.odradek.com.ar/

viernes, 6 de agosto de 2010

TERAPEUTICA PORNO


Caminar por Av. Cabildo es una experiencia cargada de estímulos. Componen el paisaje un montón de marquesinas arrancadas por las cuadrillas del gobierno, puestos ambulantes, transito infernal y el eclecticismo de las interminables vidrieras. Si a esto le agregamos un conglomerado de peatones desordenados ya tenemos una postal habitual de la zona.
Yo, como tantos otros atravieso sus cuadras abstraída del entorno. Conecto con los demás lo estrictamente necesario como para evitar la colisión sin fijar la vista en nadie.
Ese día pasé por uno de los puestos de diarios y la vi. No se porque, pero la vi y me detuve frente a ella.
En una ampliación de tapa de revista estaba esa joven de cuerpo perfecto. Ostentando su absoluta falta de marcas del fatídico paso del tiempo, posa contra natura, con una actitud majestuosamente lujuriosa.
No muestra, exhibe. Y lo hace de un modo que me resulta bastante abrumador. Su gesto también abruma.
No era la primera vez que veía una de esas imágenes. La avenida esta plagada de kioscos y la mayoría de las revistas muestran en sus tapas chicas con muy poca ropa. Siempre es posible encontrar bizarras discrepancias entre las frases entrecomilladas y las fotografías. Parece ser que lo despojado de la vestimenta es proporcional al uso de la confesión pública.
¿Será que en estos tiempos algunas mujeres elaboran sus duelos posando en tangas translúcidas?
¿Cuándo fue que se puso de moda este afán de querer decirlo o mostrar todo? -Como si fuera posible atrapar la categoría de lo “TODO”!!.
Tal vez, diez o quince años atrás esa foto estaría cubierta de rayitas negras censuradoras o de un plástico oscuro que no permitiría ver más que las caras de las extasiadas modelos de las misteriosas revistas XXX. Hoy es un poco difícil toparse con una de esas cubiertas opacas, los velos están pasados de moda. Casi nada queda librado a la imaginación del espectador. La agonía de lo sugerente deja todo a plena vista. Mucha carne expuesta bajo cualquier excusa y a cualquier hora del día.

Vuelvo a la escena.
“¿Estará cómoda esta chica?” me pregunte.
Algo me distrae justo cuando empezaba a sospechar que después de esa pose quedo absolutamente contracturada.
Alguien me observa. Bien! Un caballero de mediana edad. Intentando contagiarme de una pizca de la audacia que derrocha la chica de tapa, doy un cuarto de vuelta para mirarlo.
Patética me siento cuando compruebo que no es a mí a quien mira. Sus ojos me atraviesan como a un vidrio en estado de perfecta limpieza para fijarse en las curvas de la contorsionista. Caramba! Que ingenua fui.
Cambio mi posición y como para pasar desapercibida (como si lo necesitara frente a semejante joven voluptuosa) ojeo una revista de modas. Mi real objetivo son los hombres que pasan frente a esa imagen.
A la gran mayoría, esa foto les captura la atención. Algunos hacen una pausa para observarla de cerca. Los que van acompañados de otro comentan, se ríen o comparan. Quienes andan con sus parejas disimulan, quizás más tarde busquen la portada en Internet desde sus oficinas.
Descubrí lo poderosas que pueden ser estas imágenes y me asombre al comprobar que dejaba a un costado la automática pena burlona que me despertaban esas mujeres.
Los veo viendo y noto en ellos un fenómeno sorprendente.
¿Qué es lo que sutilmente los transforma?
Me aventuro a decir, que muchos de los que pasaron por ahí, creyeron que esa chica de extraña pose que muestra todo a la vez; es verdaderamente eso que les oferta. Ella es sin dudas una experta vendedora de ilusiones que les dedica, a cada uno en secreto y públicamente a todos los que componen ese género, lo que ahí deja ver.
Sonríen, sus miradas cambian…a muchos se les modifica el gesto. Sus rostros parecen más amables.
Ella también les ofrece un resarcimiento por esos años jóvenes de tiranías de rayitas prohibitivas o de frustrados anhelos de oscuros protectores rotos que habiliten al ojo curioso. Triunfan sobre el pasado impedimento plástico XXX, se vuelven victoriosos y libres de tomar prestado un cuerpo entero para sus más floridas fantasías.
Conclusión: esta chica tiene un poderoso efecto terapéutico en los espectadores masculinos. Flash terapéutico!

Posiblemente algunos de esos hombres también se pregunten sobre la utilización irrestricta del recurso de la poca ropa en los medios de comunicación, los límites de lo privado o las mostraciones obscenas. Tal vez otros simplemente no encuentren conveniente que estas imágenes estén a centímetros de las revistas para colorear de los más chicos.
¡Ojo! que no hablo de moralinas de espíritu pacato, sino de detenerse a pensar sobre una tendencia que irrumpe de manera excesiva y desordenada. Sin embargo, en el instante que la ven, parecen recortados de sus cotidianeidades. No importa si son 20, 90 o 3 segundos. Parecen disfrutar de algo así como unas brevísimas pero inmejorables vacaciones mentales.

¡Bravo contorsionista!

En Facebook
A contrapelo del cliché